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Balsámico silencio de la tarde,
cercano ya el momento del ocaso.
El cielo, poco a poco, va apagándose.
Lentamente se empañan los cristales.
En el jardín hay formas fantasmales
recorriendo el recinto con sus dedos.
Los campos van tornándose, a lo lejos,
de verdes y brillantes en opacos.
El silencio y la paz lo impregnan todo,
como una lluvia fina y persistente
que saciara, por fin, la sed del alma.
Al contacto de esta inefable calma,
que al espíritu nutre y ennoblece,
el mundo se sosiega y se embellece.

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De color negro azulado, las bayas del «myrtus communis», en las fotos, aparecen blancas y brillantes a causa de la escarcha.

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4
Minotauro, agradecido,
ve brillar las velas blancas
surcando el azul Egeo.
No obstante, a veces le pasa
que echa su cubil de menos,
su laberinto, su casa.
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3
Este bravo torerillo
que se adentró sin un hilo
en el negro laberinto,
enfrentándose a la fiera,
¡oh Virgen de Valvanera!,
con la gracia de un delfín,
a esta historia puso fin.
Por un cuerno lo cogió,
la testuz le acarició
y lo llevó a una pradera
desde donde se ve el mar.
Le mandó no hacer más tretas
en Naxos, Patmos o Creta.
Que en lugar del laberinto
gozara del terebinto,
y escuchara las consejas
que bisbisean las viejas.
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2
En el fosco laberinto
donde habita Minotauro,
cual Teseo redivivo,
descendió un gentil heraldo
para decirle a la fiera,
¡oh Virgen de Valvanera!,
que se dejara de dengues,
bufidos y perendengues,
y de devorar doncellas,
que mirara las estrellas.
Así que era necesario
que saliese del bestiario.
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1
Un laberinto ideó
en el corazón de Creta
un arquitecto febril,
que a una sanguinaria fiera
sirvió de oscuro cubil.
Un oscuro laberinto
de intrincados pasadizos,
de habitaciones preñadas
de presagios y amenazas,
de angostos patios de luz
con un alto cielo azul.
El nombre del constructor
no se ha perdido: es Dédalo.
Y el monstruo devorador,
que deshojando los pétalos
de los mórbidos asfódelos
se entretiene, es Minotauro.
2
En el fosco laberinto
donde habita Minotauro,
cual Teseo redivivo,
descendió un gentil heraldo
para decirle a la fiera,
¡oh Virgen de Valvanera!,
que se dejara de dengues,
bufidos y perendengues,
y de devorar doncellas,
que mirara las estrellas.
Así que era necesario
que saliese del bestiario.
3
Este bravo torerillo
que se adentró sin un hilo
en el negro laberinto,
enfrentándose a la fiera,
¡oh Virgen de Valvanera!,
con la gracia de un delfín,
a esta historia puso fin.
Por un cuerno lo cogió,
la testuz le acarició
y lo llevó a una pradera
desde donde se ve el mar.
Le mandó no hacer más tretas
en Naxos, Patmos o Creta.
Que en lugar del laberinto
gozara del terebinto,
y escuchara las consejas
que bisbisean las viejas.
4
Minotauro, agradecido,
ve brillar las velas blancas
surcando el azul Egeo.
No obstante, a veces le pasa
que echa su cubil de menos,
su laberinto, su casa.

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