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Bumerán

Ésta es la definición de amor que dio Víctor Barroca Moreira, un niño portugués de nueve años. Su poética visión de ese estado de plenitud que plasmó en estos sencillos y sugerentes versos

O amor é un pássaro verde
 num campo azul
 no alto
 da madrugada.

El amor es un pájaro verde
en un campo azul
en lo alto
de la madrugada.

Y ésta es la descripción de una hermosa mañana, que barre la tristeza y hace brotar de forma incontenible  la alegría en el corazón. Así la vio y la vivió Antonio Joaquim.

Manha clara
límpida e fresca
andorinhas
fazem o ar mais fresco
barcos
vao-e-vêm
como o senhor mar
que vento tao suave
neste momento
tristeza acabou-se
para dar lugar à alegría
que vem baloiçando
baloiçando
ao sabor das ondinhas
claras es frescas
como esta manha.

Mañana clara y limpia
las golondrinas
hacen el aire más fresco
los barcos
van y vienen
como el señor mar
qué viento tan suave
en este momento
se acabó la tristeza
para dar lugar a la alegría
que viene bailando
bailando
al son de las olas
claras y frescas
como esta mañana

En cuanto a los ángeles, éstas son algunas de las formas que revisten:

É um menino que morre e nasce alas.
Un homem que tem o sol pendurado atrás da cabeça.
Um criado de Deus
Um menino sem botas que da cambalhotas nas nuvens
Um pássaro cantador

Es un niño que muere y le nacen alas.
Un hombre que tiene el sol colgado detrás de la cabeza.
Un criado de Dios.
Un niño sin botas que da volteretas en las nubes.
Un pájaro cantor.

Estos poemas forman parte de la antología elaborada por la maestra María Rosa Colaço, que tituló “El niño y la vida”.  Sus autores eran niños que “no sabían nada de nada”, que “venían de las barcazas ancladas en el puerto, del barrio de las barracas, de Dios sabía dónde”,  hijos de marineros y de ladronzuelos en su mayor parte, que acabaron desperdigados por Europa, África o las islas perdidas del Atlántico. Pero todos ellos con un denominador común: supieron reflejar en sus versos “el Rostro Iluminado del Hombre”.
                                                   

FELIZ NATAL

Caminos (VI)

El pozo

Jaramagos

Sementeras

 

 

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Abatido y exhausto, me convertía en un pasajero de ese tren procedente de un abismo interior.
Encerrado en una de sus vagonetas cuadrangulares en las que apenas cabía un cuerpo en posición fetal, me veía reducido a la inmovilidad. Ciego a causa de la intensa negrura, ensordecido por el traqueteo de las ruedas, una sola sensación que se expandía en oleadas desde mi estómago me era dable experimentar: el vértigo.
El paso de espectador a ocupante de ese tren con destino a la nada se operaba según una inapelable lógica onírica.
El convoy que venía por mí surgía de una profundidad insondable. Su empuje no admitía resistencia.
Una vez empotrado en la vagoneta, no había escapatoria ni salvación.
Poseído por el pánico, sólo cabía esperar que la máquina franquease la pavorosa barrera del cero, a la cual nos acercábamos a la velocidad de la luz.

Dragones (II)

Ondulantes dragones
Bordados en la seda
De suave color crema
Feroces, retozones

 

 

 

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El rodar de las vagonetas venía acompañado de una cuenta atrás cuyos números retrocedían a la misma velocidad que avanzaba la máquina.
Removiéndome en la cama, presentía el curso de los acontecimientos. Debía tranquilizarme. Resistir. No dejarme llevar por los nervios.
Miraba el contador que marcaba una cifra astronómica y me decía aliviado que no tenía por qué preocuparme. Billones, trillones, cuatrillones se interponían entre la locomotora y yo.
Dada la cantidad de números que nos separaba, podía seguir durmiendo a pierna suelta hasta la mañana siguiente. Tenía tiempo sobrado de despertarme con ese ruido metálico en los oídos sin que se hubiese agotado la cuenta.
Así me engañaba, pues bastaba echar una mirada al contador para percatarse de la falsedad de ese razonamiento.
El tan temido cero no era una meta remota sino una posibilidad enloquecedoramente real.
¿Qué había tras el cero?
Asistía atónito a la marcha descendente de los números y ascendente de la máquina.
Mi cuerpo se iba tensando y cubriendo de sudor a medida que el miedo aumentaba en progresión geométrica hasta transmutarse en un ataque de pánico.

 

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Costilla de Adán


Hoja de «Philodendrom persutum»

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