¿Se presentaron de improviso o paulatinamente? ¿Juntas o por separado? En cualquier caso, allí estaban. Marcando el ritmo de mi vida. Tiranizándome. Amantes de dudoso encanto. Compañeras caprichosas. Omnipotentes y omnipresentes. Nueva encarnación de las Parcas. Zamarreándome. Hostigándome. Seductoras y mezquinas.
Entre ellas y yo surgió el inevitable enfrentamiento por alzarse con la hegemonía. Profundas conocedoras de las técnicas de la guerra, cambiaban de estrategia a tenor de las circunstancias.
Su objetivo era someterme por completo. Por mi parte, tan pronto les plantaba cara como me convertía en su vasallo.
Cuando me veían vencido o agotado, me acunaban en sus brazos, susurrándome promesas. Me adormecían con sus arrullos. Me juraban fidelidad eterna.
En la oscuridad de mi dormitorio, conversaba con ellas en un intento de llegar a un acuerdo.
En la soledad de mi dormitorio, conseguía sustraerme a su influjo. Me rebelaba. Rechazaba sus exigencias. Les arrebataba las concesiones otorgadas en momentos de debilidad.
Ellas no se inmutaban. Se limitaban a sonreír y a guardar las distancias. Aquello sólo era una tormenta de verano. Un chubasco que apenas moja la ropa.
Tras la noche vendría el día. Entonces recobrarían su poder fortalecido por la prueba sufrida.
Mis fanfarronadas nocturnas eran cuentas pendientes que no olvidaban cobrar más tarde o más temprano. Entonces mis súplicas no inspirarían compasión sino desdén.
No bastaba con que me humillase. No bastaba con que reconociese mi error. El insobornable tribunal de mis obsesiones y fobias me condenaba sin paliativos a la anulación.

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