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Ulises

1
En la borda del barco,
entornando los párpados,
escuchas los graznidos
de las aves marinas.

Ojeroso, cansado,
un poco arrepentido,
pones punto final
—al menos eso piensas
en ese mismo instante—
a tus vagabundeos.

Tu sueño tiene ahora
otro nombre distinto.
Un sueño que te arrastra,
que puede más que tú,
afirmas seriamente,
bribón de siete suelas.

Y ese sueño se llama
el retorno al hogar.

2
No tengas prisa, Ulises,
en llegar a tu casa.
Como siempre te ocurre,
pasados unos días,
unos meses quizás,
acabarás hartándote.

La esposa idealizada,
los gritos de los niños,
el huerto, los rebaños
y demás zarandajas
serán los arrecifes
en que te irás a pique.

3
Atiéndeme y escucha.
Más que un aventurero
eres un soñador.
No caigas en la trampa
que tú mismo te tiendes.
Estáte, pues, tranquilo,
disfrutando del viaje,
dejando que la brisa
revuelva tus cabellos.

No tengas por volver,
no tengas por llegar
prisa alguna, querido.
Lo tuyo es navegar.
Acepta tu destino.

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Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Caminos (III)

Anónimas, provincianas ciudades
de tonos grises y cielo violeta,
en las que siempre había una veleta
tornadiza y un grupo de cofrades.

Brujuleando buscábamos del hades
la puerta oculta o la sulfúrea grieta.
En sus calles tocábamos retreta.
¡Oh gozosas y lejanas ciudades!

Anduvimos sin rumbo, como lobos,
por sus aceras y por sus zaguanes,
venteando los embriagantes arrobos.

Cayeron las ilusiones inanes.
Ya de noche, un porfiado calabobos
ahuyentó a los intrépidos galanes.

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Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.


VI
Se derrumbaba y no podía hacer nada por impedirlo.
Sintió un amago de náusea que achacó al vaho acaramelado de la tarta de Saint Honoré.
La necesidad de crear un espacio interior ajeno a las contingencias emergió con más fuerza.
Era un pensamiento ridículo, se dijo. Ella era una mujer de su tiempo. Incluso, en algunos aspectos, una adelantada.
Aunque la actitud de su marido la irritase, su displicencia era comprensible. Con las diferencias propias de cada personalidad, ésa habría sido también la reacción que ella habría tenido en circunstancias similares.
¿Por qué se preguntaba si había un reino interior? ¿Para alcanzarlo tenía que traspasar esa raya tras la que se extendía un páramo?
¿Pero cómo se llegaba a un lugar que sólo existía en su imaginación? ¿Que sólo era el producto de su deseo?
Visualizó una cebolla de tantas capas que el corazón del bulbo era inaccesible. Luego, sin solución de continuidad, un juego de cajas chinas, en el que siempre había una embutida en otra.
¿No había eliminado de su vida el absurdo y la sordidez? Su pulcro salón era la prueba. Si acaso, se dijo tras echar una ojeada, habría un poco de polvo en las estanterías. Tal vez alguna pelusa debajo del sofá. Nada que se pudiera detectar a simple vista.
Pensó en ventanas tapiadas, en candiles cuya reserva de aceite se había agotado, en estrellas extintas.
Tenía que traspasar ese umbral.
Mercedes seguía balanceándose en el sillón. Raquel y Nicolás la contemplaban en silencio.
Tenía calzados los pies con unas flexibles zapatillas de cuero granate. Cuando detuvo su vaivén, se quedó mirándolos.
Los tenía tan fríos que habían perdido la sensibilidad. Era como si se los hubiesen amputado. Ahora no podía andar. Ni siquiera ponerse en pie porque caería redonda.

Nota.-En Una mala racha (I) puedes leer el relato completo.

Una mala racha (V)


V
Raquel se apresuró a coger la taza de Mercedes y ponerla en la mesa.
A continuación se levantaron los tres. Mercedes volvió a preguntar:
-Entonces ¿no me lo vas a decir? –y salió detrás de su marido.
Raquel y Nicolás permanecieron de pie delante del sofá.
Más tarde, en su propio salón, Raquel siguió contando a su marido las divagaciones de Mercedes.
-En otra ocasión me habló de un documental sobre poblados africanos que le produjo una fuerte impresión. Las chozas eran de adobe y paja, y estaban distribuidas en círculos. Los efectos del soplo caliente del viento y de las ráfagas de polvo eran patentes. Y sobre todo los de la sequedad.
-¿Y qué?
-Entonces se hizo una pregunta que la angustió: “¿Cómo puede vivir alguien en esas condiciones?”.
-Vaya –apuntó irónicamente Nicolás-, la correcta conciencia de una señora repantigada en un sillón, ante un televisor de pantalla plana, sufrió un ataque de desolación.
-No es eso.
Paco estaba en el cuarto de baño. Cuando Mercedes llegó, se echaba agua en la cara y en el cuello. Se mojaba la camisa y el jersey, pero no parecía darse cuenta.
Mercedes regresó al salón tiritando, como si tuviese frío o fiebre. Se sentó con las piernas juntas y empezó a balancearse. Luego dijo:
-¡Qué merienda os estamos dando!
Y prosiguió:
-Con la tarta tan buena que habéis traído. A mí se me han quitado las ganas. Comed vosotros.
-Por favor –replicó Raquel-, ¡qué importa la tarta!

Una mala racha (IV)


IV
Una vez Mercedes comentó a su marido que se sentía incapaz de trasponer ese umbral. La perspectiva de adentrarse en un desierto la atemorizaba.
-¿Y para qué tienes que cruzar ese desierto?
Mercedes calló. Sólo sabía que era algo que debía hacer.
Paco, dando a entender que ese asunto carecía de importancia, se encogió de hombros.
A Mercedes le resultaba más fácil sincerarse con Raquel. Ésta escuchaba sus divagaciones, las tomaba en serio. Pensó que había sido un error contar a Paco esa historia de puertas que hay que franquear y páramos que hay que atravesar.
No estaba perdiendo el sentido de la realidad. Tampoco le había dado por fantasear. Tenía los pies en la tierra. ¿Qué estaba rebullendo en su interior?
Junto a la tarta había un mechero de plástico, cuyo dueño era Paco, el único fumador del grupo. Raquel, que tenía declarada la guerra a dicho material, declaró que el uso de esa clase de objetos debería tipificarse como delito.
Cuando fue a exponer sus argumentos, sonó el teléfono y todos volvieron la cabeza hacia el aparato, que estaba en una mesita supletoria con enaguas, a un lado del sofá.
Se escucharon varias llamadas antes de que Paco se levantase del sillón y lo descolgase.
En el salón se hizo el silencio. Las mujeres se mantenían erguidas en sus asientos. Nicolás se recostó en el almohadón del respaldo.
Tras oír unos instantes, Paco se dio media vuelta y se puso de espaldas a los demás. Paco era de constitución fuerte, cargado de hombros. Estuvo un rato con el auricular pegado a la oreja. Sin decir nada. Al menos ninguna frase larga.
Luego colgó el teléfono con cuidado, como si fuera de cristal y pudiera romperse si procedía con brusquedad.
Mercedes esperó a que su marido acabara de realizar esa delicada operación antes de preguntar con una nota discordante en la voz:
-¿Qué pasa, Paco?
-No te va a gustar. Es una mala noticia.
Y como si esto fuera todo lo que tenía que comunicar, Paco se dirigió a la puerta del salón.
-¿No me lo vas a decir? ¿Adónde vas? Me estoy poniendo nerviosa.
La taza de café con leche que tenía en la mano, empezó a bailar.

Catamarán

[De la pesada losa]

De la pesada losa
aparta la hojarasca
y déjame que lea
esas letras labradas,
ese nombre terrible,
esa secreta llaga,
indeleble leyenda,
fuente de la que mana
─venero inagotable─
el agua pura y clara.


III
Mercedes se quitó las gafas de montura rojiza y las enseñó a sus amigos.
-Son preciosas –dijo Raquel.
-Y buenas –precisó Paco. Y, con visible incomodidad por parte de su mujer, añadió los siguientes detalles-: Son de diseño. De Jasper Conran. Están hechas de una aleación de titanio. Por eso no pesan nada. Han costado un dineral.
-Paco, por favor –protestó Mercedes.
-Se ve que no son unas gafas cualesquiera –dijo Nicolás.
Paco pidió a su mujer que hiciera una demostración de la flexibilidad y resistencia de las patillas, las cuales, en efecto, se doblaban sin partirse hasta un extremo increíble.
Mercedes se justificó. Las otras gafas estaban pasadas de moda. Uno de los cristales estaba rayado. La miopía le había aumentado ligeramente. Y concluyó:
-Me probé este modelo y me vi tan favorecida que, a pesar de lo caras que son, me dije: “¿Por qué no darme este gusto?”.
-Claro que sí –la respaldó Raquel.
En su casa, Nicolás contradiría a su mujer. No fue entonces cuando sonó el timbre del teléfono y todos volvieron la cabeza en dirección al aparato, sino más tarde.
-Tú estabas hablando de los envases de plástico.
-Es posible –admitió Raquel.
Nicolás retomó el tema que le interesaba:
-No he entendido esa historia de la frontera y el desierto.
Raquel siguió contando que, en otras ocasiones, su amiga no llegaba a una frontera sino a un umbral. Nadie la obligaba a traspasarlo. Pero ¿qué sentido tenía estar allí parada? Si había llegado ante ese escalón, no era para dar media vuelta.

Una mala racha (II)


II
Las pastas de Paco fueron celebradas también. Las había dispuesto ordenadamente en una fuente de borde dorado. Parecían galletitas en las que destacaban las bolitas arrugadas y negras de las uvas pasas.
Todos las probaron, alabando su buen sabor. Paco, innecesariamente, remachó que no tenían comparación con la tarta.
Utilizando la cucharilla con la que se había llevado a la boca una porción de nata, Raquel señaló las gafas de Mercedes y dijo:
-¿Las estás estrenando?
Nicolás comentaría más tarde a su mujer la extrañeza que le causó el hecho de dejar pasar el tiempo hablando de nimiedades en vez de abordar el verdadero motivo de la visita.
-¿El verdadero motivo? Era una visita de cortesía.
-¿La razón de que fuésemos a su casa no era la mala racha que está pasando?
Raquel, que era compañera de trabajo de Mercedes, le había contado a su marido lo decaída que veía a ésta.
Se habían producido tres fallecimientos en los últimos meses. El primero en morir había sido el padre de Mercedes. Poco después le sucedió su suegro. Y finalmente, un cuñado que llevaba mucho tiempo penando.
Esta última muerte, quizá por tratarse de la persona más joven, fue la que más afectó a Mercedes, a pesar de no tener mucho trato con su cuñado, que vivía en otra ciudad.
En el bar adonde iban a tomar café a media mañana, Mercedes confesó a Raquel que esta desgracia había sido como un empujón.
-¿Un empujón?
-Me siento llevada a un límite. A veces, cualquier insignificancia me impulsa en esa dirección. Me ocurre a menudo. Pero la muerte de mi cuñado ha sido un empujón.
Según explicó, al otro lado de esa frontera se extendía una llanura. Debido al exceso de luz que la bañaba, no podía dar más detalles. Tal vez se trataba de un desierto. No había árboles ni vegetación. De eso estaba segura. Y la idea de tener que cruzar ese erial la desazonaba.