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Desde una región que sólo conoce la oscuridad. Espesa. Asfixiante. Desde esa hondura. Desde ese sustrato.
Desde ese lugar sin fronteras, cuyo nombre es caos. Desde ese agujero que está en mí y en el Universo.
Desde el fondo de ese pozo insondable se deja oír un ruido de vagonetas. Un chirrido metálico de rieles bajo la presión de unas ruedas que empiezan a girar.
Todo está tan negro que es imposible identificar nada. El único sentido que sirve de algo es el oído. Una interminable fila de vagonetas que asciende a toda velocidad.
Pocos segundos me bastan para comprender.
Ese ruido de hierro no procede de una máquina que ha arrancado en ese momento.
Ese estrépito lejano se debe a la distancia que nos separa. Distancia que se va acortando vertiginosamente.

Girasoles (IV)

Este poema del escritor senegalés Birago Diop, de su libro Leurres et lueurs (Señuelos y fulgores), está dotado de un ritmo marcado por el tono de voz de quien desgrana esta salmodia sobre la presencia de los antepasados. Esa voz transmite sabios consejos que, gracias a la musicalidad de los versos, seguirán resonando largo tiempo en los oídos de los recitadores. 

« Écoute plus souvent
Les choses que les êtres,
La voix du feu s’entend,
Entends la voix de l’eau.
Écoute dans le vent
Le buisson en sanglots :
C’est le souffle des ancêtres. »

«Ceux qui sont morts ne sont jamais partis :
Ils sont dans l’ombre qui s’éclaire
Et dans l’ombre qui s’épaissit.
Les morts ne sont pas sous la terre :
Ils sont dans l’arbre qui frémit,
Ils sont dans le bois qui gémit,
Ils sont dans l’eau qui coule,
Ils sont dans l’eau qui dort,
Ils sont dans la case, ils sont dans la foule,
Les morts ne sont pas morts. »

« Écoute plus souvent
Les choses que les êtres.
La voix du Feu s’entend ;
Entends la voix de l’eau.
Écoute dans le vent
Le buisson en sanglots :
C’est le souffle des ancêtres morts,
Qui ne son pas partis,
Qui ne sont pas sous la terre,
Qui ne sont pas morts. »

 

“Escucha más a menudo
Las cosas que a los seres,
La voz del fuego se oye,
Oye la voz del agua.
Escucha en el viento
Los sollozos del monte:
Es el aliento de los antepasados.”

“Los que están muertos nunca se han ido:
Están en la sombra que se aclara
Y en la sombra que se espesa.
Los muertos no están bajo tierra:
Están en el árbol que se estremece,
Están en el bosque que gime,
Están en el agua que corre,
Están en el agua que duerme,
Están en la cabaña, están en la multitud,
Los muertos no están muertos.”

“Escucha más a menudo
Las cosas que a los seres.
La voz del fuego se oye;
Oye la voz del agua.
Escucha en el viento
Los sollozos del monte:
Es el aliento de los antepasados muertos,
Que no se han ido,
Que no están bajo tierra,
Que no están muertos.”

http://www.youtube.com/watch?v=ZpA0l2WB86E

Chumberas de frutas anaranjadas,
que nacieron de flores amarillas,
en apretadas y glaucas traíllas
de paletas de púas erizadas.

Monjes de túnicas azafranadas,
flanqueando del camino las orillas,
no empuñan címbalos ni campanillas,
ni tienen las cabezas rasuradas.

Perinolas de cobre mentirosas,
farolillos pintados de azarcón,
quien alarga las manos anhelosas,

seducido por su coloración
de luz dorada y encarnadas rosas,
lacerado es sin conmiseración.

 

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Cierta mañana, en un autobús atestado de trabajadores y algunos estudiantes, con la atmósfera sobrecargada por el humo de los cigarrillos. Un autobús traqueteante con los cristales empañados por el vaho de tantas respiraciones. Una desabrida mañana de invierno en la que los viajeros recorrían las calles como sonámbulos. Con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, de la cazadora o del abrigo. Sin ganas de hablar. Esperando la salida. Hasta que llegaba el autobús y nos precipitábamos dentro. Allí se estaba calentito. Incluso cambiaba el humor. Se gastaba bromas, se gritaba. Aún no había amanecido. Las mortecinas luces del autobús daban a los rostros un tinte cadavérico. Como si estuviésemos enfermos. El autobús arrancaba. A veces un murmullo constante reinaba durante todo el trayecto. Cierta mañana tan semejante a otras. El cobrador se desliza por el pasillo con su cartera colgada del hombro. La gente fuma, tose. Alguien entreabre una ventanilla que cierra inmediatamente hostigado por las protestas de los viajeros, a los que una ráfaga de aire helado saca de su agradable modorra.
¿Qué mañana cuando todas eran iguales? ¿Tal día que subimos empujándonos porque no había asientos para todos y los últimos tendrían que ir de pie? ¿Tal otro en que descubrimos una cara nueva o preguntamos extrañados por qué se retrasaba fulano, que acostumbraba a llegar el primero?
Veo mi imagen borrosa en los cristales cubiertos de vapor, que limpio con una manga de mi abrigo. En ese autobús repleto de trabajadores y algunos estudiantes. Cierta mañana.

Cardos (I)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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No tenía nada que decir. Nada me atraía hasta el punto de hacer que cambiara de actitud. Asi que callaba y no me oponía a las ocurrencias de unos y otros.
Era más fácil asentir (bastaba un simple movimiento de cabeza) que tratar de convencer a mi padre, a Jorge o al amigo de turno que hubiesen sobornado para que hablase conmigo, de que al mayor servicio que podían prestarme era no inmiscuirse en mi vida.
Aunque no lo sospechasen, yo era consciente del peligro que corría. Un peligro en cuyo menosprecio encontraba una forma espuria de placer.
No había en mí ningún sentimiento de orgullo o soberbia. Ningún destello luciferino. Ello hubiese implicado un espíritu de lucha del que carecía.
Iba quemando mis naves una a una. Mejor dicho, miraba cómo ardían sin mover un solo dedo.
O tal vez iba soltando las amarras que me unían a un puerto resguardado de los huracanes y las tempestades.
Si persistía, el barco sería pronto un punto en la raya del horizonte. Un juguete de las corrientes marinas que lo arrojarían desarbolado en cualquier playa sin nombre.
El peligro a que me enfrentaba era de signo distinto al que ellos imaginaban.
Para poner en pie este embrollo necesitaba tiempo.
Así que haría lo que me mandasen con tal de que me dejasen tranquilo.

 

 

 

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La intención de Danilo no es matar al animal sino cogerlo vivo. Y eso es lo que hace metiéndole un palo en la boca, atándole las patas y volteándolo en el suelo.
Sobre un caballo asustado por esa carga, se llevaron al lobo viejo.
La fiera se convirtió en la gran atracción que todos querían ver e incluso tocar.

“El gran lobo viejo, con la cabeza caída de ancha testuz, el palo mordido en la boca, miraba a aquella muchedumbre de hombres y perros que lo rodeaba con grandes ojos vidriosos. Cuando alguien lo tocaba, sus patas atadas se estremecían: su mirada salvaje, y al mismo tiempo ingenua, seguía los movimientos de todos”.

Tolstoi resuelve la partida de caza en una serie de espléndidos cuadros que el lector visualiza como si, en lugar de estar leyendo, estuviera paseando por la sala de una pinacoteca consagrada a este lance cinegético.

Traducción del ruso por Lydia Kúper