Este episodio, que se extiende a lo largo de los capítulos III, IV y V de la cuarta parte de Guerra y Paz, se inicia con una descripción otoñal en eficaces trazos, la cual incluye las notas de color necesarias para realzar el cuadro.
“Empezaban los primeros fríos. Las heladas matinales endurecían la tierra húmeda por las lluvias de otoño y los primeros brotes de las sementeras de invierno apuntaban ya con su verde intenso, destacándose entre los rastrojos amarillos de las siembras veraniegas, pisoteados por los animales, y las franjas rojizas del alforfón. Las copas de los árboles y los bosques, que a fines de agosto eran todavía islotes verdes en medio de los negros campos de cultivo, estaban ahora dorados y rojizos entre el verde de las sementeras de otoño. La liebre gris cambiaba el pelo; las crías de los zorros comenzaban a dispersarse por el campo y los lobos jóvenes eran ya más corpulentos que los perros”.
Tolstoi sigue profundizando en la descripción del día elegido para la partida de caza, el 15 de septiembre.
“El cielo parecía fundirse y descender a tierra; no soplaba viento. El único movimiento en el aire era el de la lenta caída de las microscópicas gotas de vapor o de niebla. De las ramas desnudas del jardín pendían unas gotas de agua transparentes que iban a caer sobre las hojas recién desprendidas. En la huerta, la tierra mojada y negra brillaba como la semilla de las amapolas y a cierta distancia se confundía con el velo deslucido y húmedo de la niebla. Nikólai salió al porche húmedo y con pisadas de barro. El aire olía a bosque marchito y a perros”.
Nota.- En esta entrada, encontrarás el artículo completo.
II
Una vez que ha sido sumergido en ese mundo sensorial, el lector asiste a los preparativos de la partida.
Danilo, el montero mayor, informa a Nikólai Rostov de la localización de la manada de lobos.
Traen la jauría de perros. Un grupo de ojeadores se adelanta para explorar el terreno.
Los cazadores montan a caballo y parten en dirección al coto de Otrádnoie.
“Iban cincuenta y cuatro perros de rastreo, conducidos por seis monteros; detrás, con los amos, otros ocho monteros y cuarenta galgos, de manera que, contando las jaurías de los amos, salían para cazar unos ciento treinta perros y veinte jinetes”.
Y otra descripción que permite al lector participar del ambiente del día señalado.
“Los caballos iban por los campos como sobre una blanda alfombra, chapoteando a veces en los charcos al atravesar un camino. El cielo, encapotado, seguía descendiendo insensiblemente hacia la tierra. El aire tibio era apacible y silencioso. De vez en cuando se oía el silbido de un cazador, el relincho de algún caballo, un trallazo o el gañido de un perro que no iba en su sitio”.
III
Poco más tarde, Rostov da las indicaciones para la caza. Él se dirige al coto rodeándolo por el barranco.
Todos ocupan sus puestos y deben atenerse a “las leyes de la cacería”.
Los perros son presentados desde su individualidad bien definida y tratados como otros personajes cualesquiera.
Son los ladridos de estos animales, seguidos del grito de los cazadores, los que anuncian el avistamiento de la presa. Luego se oye el ronco cuerno de caza del montero mayor y un prolongado aullido, que confirman la presencia del lobo.
La jauría se divide en dos grupos para acorralarlo. Se produce la primera escaramuza de la que el lobo sale airoso.
“La fiera detuvo un instante su carrera. Volvió pesadamente, como si padeciese angina de pecho, su alargada cabeza hacia los perros y después, con el mismo balanceo, dio un salto, seguido de otro, y, moviendo la cola, desapareció en el bosque. Simultáneamente, con un aullido quejumbroso, surgieron uno, dos, tres perros, y toda la jauría corriendo a través del campo detrás de la bestia”.
El lobo ha burlado al conde y a sus acompañantes que se ganan de esta forma el desprecio de Danilo.
Esta victoria de la bestia enardece los ánimos.
En estas circunstancias, se produce el encuentro del lobo y Rostov.
“¿Los suelto o no los suelto?”, se preguntó Nikolái, mientras el lobo, ya fuera del bosque, avanzaba hacia él. De pronto la expresión de la bestia cambió del todo; dio un salto, como si por primera vez en su vida viera unos ojos humanos fijos en ella, y, volviendo ligeramente la cabeza hacia el cazador, se detuvo. “¿Atrás o adelante? ¡Bah! ¡Es lo mismo! ¡Adelante!”…pareció decirse, y, sin mirar, siguió avanzando a saltos tranquilos, seguros y decididos.
− ¡Hululu, hululu! –se desgañitó Nikolái; y su caballo por sí mismo se lanzó cuesta abajo y saltó unos charcos, tratando de cortar el camino del lobo”.
IV
Se inicia el acoso de la fiera por parte de los perros que se lanzan veloces en su captura. Pero el viejo lobo infunde terror a sus perseguidores. La perra, que casi lo alcanza, detuvo en seco su carrera cuando la bestia la miró de reojo.
El segundo perro saltó sobre el lobo e incluso le clavó los dientes, pero también se asustó y se echó a un lado.
De esta forma, el lobo logró que la jauría fuera detrás de él pero perdiendo distancia.
Rostov se percata de que la fiera va a escapar. Le azuza entonces a Karai, que trata de cortarle el paso antes de que logre internarse en el bosque, en cuyo caso desaparecería. El perro, finalmente, le da alcance.
“El lobo rechinó desesperado los dientes (Karai ya no lo sujetaba del cuello); sacó las patas traseras y, con el rabo entre las piernas, se apartó nuevamente de los perros y siguió adelante. Karai, con la piel erizada, tal vez herido o maltratado, salió con trabajo de la charca”.
Un montonero y sus perros cortan la retirada al lobo, que se dirigía al bosque salvador, y lo cercan.
En esto, aparece Danilo que se aproxima siguiendo la línea del bosque para impedir la huida del lobo.
“Danilo galopaba en silencio con el puñal en la mano izquierda, fustigando sin duelo a su caballo.
Nikólai no lo vio ni oyó hasta que el caballo del montero pasó resoplando delante de él; entonces reparó en el ruido de un cuerpo que caía y vio a Danilo en medio de los perros, echado sobre el lobo, al que trataba de agarrar por las orejas. Tanto para los perros como para los cazadores y el lobo, era evidente que ahora todo estaba terminado. La bestia, asustada, con las orejas gachas, trataba de levantarse, pero los perros la tenían bien sujeta. Danilo se levantó, dio un paso y, como si se tumbase a descansar, se echó con todo su peso sobre el lobo y lo agarró por las orejas”.
V
La intención de Danilo no es matar al animal sino cogerlo vivo. Y eso es lo que hace metiéndole un palo en la boca, atándole las patas y volteándolo en el suelo.
Sobre un caballo asustado por esa carga, se llevaron al lobo viejo.
La fiera se convirtió en la gran atracción que todos querían ver e incluso tocar.
“El gran lobo viejo, con la cabeza caída de ancha testuz, el palo mordido en la boca, miraba a aquella muchedumbre de hombres y perros que lo rodeaba con grandes ojos vidriosos. Cuando alguien lo tocaba, sus patas atadas se estremecían: su mirada salvaje, y al mismo tiempo ingenua, seguía los movimientos de todos”.
Tolstoi resuelve la partida de caza en una serie de espléndidos cuadros que el lector visualiza como si, en lugar de estar leyendo, estuviera paseando por la sala de una pinacoteca consagrada a este lance cinegético.
Traducción del ruso por Lydia Kúper