Arrastrando los pies, las manos a la espalda,
abriéndome un camino entre la multitud
que lo invadía todo, tratando de no hacerme
la obstinada pregunta que surgía en mi mente,
pues me habría abatido definitivamente
bajo la luz de neón descarnada, inclemente,
que teñía los rostros de un tinte cadavérico,
arrastrando los pies, cansino, resignado,
por entre tantas calles repletas de productos
que llegan hasta el techo, que a los ojos se ofrecen
seductores, mimosos, con música de fondo
interrumpida a veces por una bien timbrada
voz que te recomienda, te informa, te sugiere,
en este paraíso del consumo a destajo,
donde lo artificial, lo engañoso, lo falso
dominan por doquier, entre grandes ofertas,
compre dos lleve tres, estamos liquidando,
entre tantos montones de cosas tentadoras,
de carros rebosantes, de flamantes artículos,
de gente presurosa, de apelotonamientos,
de gente cachazuda con los carros vacíos,
de cajeras cansadas con ganas de acabar,
sin saber lo que hacer ni hacia dónde mirar,
abandonado ya a mi destino cruel,
me dirijo mareado hacia un rincón tranquilo
dentro de lo que cabe, y mis ojos se posan
con incredulidad en una rosa enana,
en una rosa roja de delicados pétalos,
en una cosa viva, perfectamente hermosa,
no sé de qué me asombro puesto que así es la rosa.

Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported
