XVIII
Había algo que no encajaba en ese grupo de niños sentados en corro. Uno de ellos, con una correa en la mano, daba vueltas por fuera del círculo entonando una canción monótona. De vez en cuando hacía amago de depositar la correa a espaldas de uno de los participantes, los cuales pasaban las manos por detrás para comprobar si habían sido elegidos, y librarse de las nefastas consecuencias si no se habían percatado.
Este detalle constituía el núcleo del juego haciendo que se trastocasen los papeles. El que giraba, si no ponía cuidado, corría el riesgo de pasar de verdugo a víctima.
Acompañándose de la misma letanía y vigilando el comportamiento de sus compañeros, a los que estaba prohibido cualquier movimiento que no fuese el de los brazos con el fin señalado, el dueño de la correa esperaba el momento adecuado de desprenderse de ella.
El que daba vueltas aceleró y se detuvo detrás del chaval cuyo cuerpo sobresalía más a pesar de estar más agachado que ninguno. Cogiendo la correa que había dejado detrás a una considerable distancia, y al grito de “¡levanta!”, empezó a zurrarle.
El zangolotino, que había tanteado el terreno a sus espaldas hacía escasos segundos, no comprendía por qué sus dedos no habían tropezado con la tira de cuero. Como no era el momento de ponerse a pensar, se puso en pie y echó a correr, seguido del otro que le arreaba sañudos azotes. Así recorrieron el círculo humano hasta llegar al punto de partida, sentándose apresuradamente el zangolotino en su sitio, con lo que puso fin a la paliza.
Le picaban las posaderas, los muslos y la espalda, pero no hizo ningún comentario. Ni siquiera se rascó. Más grande que la comezón era su miedo a ser conceptuado de blandengue.
Tenía razones para protestar, no siendo la menor, como todos habían sido testigos, el encarnizamiento de que había sido objeto.
No obstante, prefirió callar y, cuando sus compañeros le preguntaron si estaba dolorido, respondió alardeando de lo contrario.

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