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Posts Tagged ‘Azufaifa’

El profesor de inglés venía echando humo. El de matemáticas, que se cruzó con él, al verlo tan indignado, no pudo por menos que preguntarle: “¿Qué te pasa?”.
Como su colega tenía muchas ganas de contar lo ocurrido, no se hizo rogar.
“¿Sabes quién es Azufaifa?” “¿No lo voy a saber si tengo el honor y el placer de intentar enseñarle las ecuaciones de primer grado?” “Entonces me salto la introducción. Esa alumna me preguntó anteayer en su impecable estilo arrabalero si yo podía escribir una carta en inglés. Me contó que tiene una amiga canadiense con la que se cartea en español, a la cual quiere sorprender contestándole esta vez en inglés”.
“Para empezar, quería que yo escribiese la carta sobre la marcha a partir de sus indicaciones. Algo así como: ponle esto y ahora ponle lo otro…” “Ella te dictaba y tú traducías” “No, no he dicho eso. Ella me daba indicaciones más o menos precisas y yo redactaba en inglés, lo cual no es sólo un trabajo de traducción simultánea sino también creativa”.
“Prudentemente repuse: Mira, Azufaifa, es mejor que traigas la carta escrita en español el próximo día. Después, aquí en clase, mientras tus compañeros hacen una tarea, nosotros la traducimos”.
“Hoy teníamos que hacer ese trabajo. Temiendo que en dicha carta apareciesen expresiones y palabras desconocidas por mí, tuve la precaución, como puedes ver, de llevar un diccionario a clase para consultarlo en caso de necesidad”.
“Pues bien, cuando hoy se acercó a la mesa con la carta y vio el diccionario, me espetó: Yo pensaba que tú sabías inglés”.

 
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En la clase predominaban los nombres bíblicos. Una de las alumnas, llamada Abigail, se daba manotazos como si estuviera espantando moscas.
El profesor de matemáticas, interrumpiendo su explicación en la pizarra, le preguntó: “¿Te pasa algo, Abigail?” “Me están tirando bolitas de papel” declaró.
El profesor se había percatado ya de ese bombardeo, pues algunos proyectiles habían caído en su propia mesa.
“¡Quien esté disparando bolitas de papel que deje de hacerlo!”.
Proferida lo más contundentemente posible, esta orden fue olímpicamente ignorada, de forma que acabó descubriendo al responsable.
Era Noé quien, escudándose tras sus compañeros, lanzaba los diminutos proyectiles a través de un bolígrafo que le servía de cerbatana.
El profesor, impostando la voz, repitió: “¡Quien esté tirando bolitas de papel que deje de hacerlo, si no quiere que lo mande al jefe de estudio con un parte de disciplina!”, medida que no pensaba tomar porque seguramente iba a traerle todavía más problemas.
Ni que decir tiene que, cuando el profesor se volvió para escribir en la pizarra, Noé reanudó su actividad.
Pero hete aquí que una de las que recibió un impacto fue Azufaifa.
Sin cortarse un pelo, cosa que estaba en absoluta contradicción con su personalidad, se levantó y dijo: “¿Quién es el maricón que está tirando bolitas?”.
Noé, que sabía con quién se estaba jugando los cuartos, en lugar de achantarse, se envalentonó.
“Yo soy, ¿pasa algo?”.
La filípica de Azufaifa, plagada de improperios y amenazas, azoró al profesor que se apresuró a intervenir: “Tranquilízate, que no es para tanto. A Abigail también le ha disparado. Incluso a mi mesa han llegado bolitas de papel. Siéntate, por favor, y deja este asunto en mis manos”.
Azufaifa, haciendo caso omiso de la recomendación, siguió fustigando a Noé que, puesto también de pie con su arma en la mano, desaprovechó otra magnífica ocasión de callarse.
“¿Tú quieres ver que te doy una hostia?”
Poniéndose en jarra y enfilándolo con ojos de gorgona, Azufaifa silabeó: “¿Que tú me vas a dar una hostia? Tú me vas a…”

 
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Los padres pusieron a la niña un nombre moro. “Se llamará Azufaifa”. Y así la inscribieron en el registro civil.
La niña creció y se convirtió en una moza de armas tomar. En el instituto la temían. No había ni profesor ni conserje que fuese capaz de ponerle el cascabel a Azufaifa.
Innecesario es señalar que sobre esta gentil doncella no se posaban las moscas.
A final de curso, “cuando hace la calor y los trigos encañan”, Azufaifa iba a clase con unas mallas de color violeta tan ceñidas que las costuras parecían a punto de estallar.
Pero a ella no le importaba que sus generosas formas quedasen subrayadas tan ostentosamente. Al contrario, a juzgar por sus andares sinuosos, la complacía.
Uno de esos días estivales en que se dignaba hacer acto de presencia, Azufaifa llegó tarde, como era habitual en ella.
Cruzó sin problemas los dos controles: el que había a la puerta del instituto y el que había en el vestíbulo. Es decir, nadie se atrevió a chistarle.
Finalmente entró en la clase, situada en la segunda planta, con la misma naturalidad que Pedro en su casa.
El profesor de matemáticas, que a esas alturas debía estar curado de espanto, se violentó, no porque entrase sin llamar ni pedir permiso, sino por cómo iba vestida.
A las mallas de color violeta había añadido una camiseta todavía más ajustada si cabe.
Una camiseta que no sólo dejaba ver su ombligo sino que apenas resistía el empuje de sus dos buenos melones.
El atribulado profesor se sintió en la obligación de decir algo al ver a la alumna con esa vestimenta.
Muy educadamente apuntó: “Azufaifa, esa camiseta te está chica” “Es que no es mía. Es de mi hermana” replicó la susodicha.
Informado de la edad de la hermana, que tenía tres años menos que Azufaifa, el profesor concluyó con lógica cartesiana: “Cuando se la devuelvas, no se la va a poder poner de lo grande que le va quedar”.
La moza puso punto final a este asunto con una grosería de las que quitan el hipo, facilitando de este modo la continuación de la clase hasta nueva orden.

 
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