1
Estaba tirado en el suelo, en mitad de la calle, mascullando palabras ininteligibles. No podía levantarse. Se lamentaba mirando a su alrededor en busca de ayuda. Ni siquiera tenía fuerzas para arrastrarse y ponerse a un lado.
Era bastante tarde. En otras ocasiones lo había visto dando tumbos, pero no en un estado tan lastimoso como el de ahora.
Sus ojos suplicantes me produjeron un rechazo brutal. Extendió un brazo hacia mí. Haciendo un gran esfuerzo intentó hablar, pero de su garganta sólo salió un ronquido. Como el estertor de un moribundo.
Entendí una palabra. Dijo: “Muchacho”, que repitió mientras yo me alejaba.
2
Este hombre se llama Boris y vive solo, no lejos del lugar donde lo encontré.
Como el buen samaritano, podía haberlo ayudado a levantarse y haberlo llevado a su casa. Incluso haberlo echado en la cama para que durmiera la mona.
Pero pasé de largo. Boris es un desecho social. Por nada del mundo le hubiese tocado.
Hostigado por los gimoteos de ese solterón alcoholizado con una perenne colilla entre los labios, seguí mi camino más de prisa.
3
Este incidente sepultado en el olvido resurgió de forma imprevista.
Estábamos bebiendo ginebra y hablando de la claridad existencial. Tengo poco aguante y, además, no había comido. El espirituoso se me subió rápido a la cabeza. Me puse pesado. Me sentía infeliz. Nunca alcanzaría la meta que me había propuesto en la vida. Nunca mis sueños se harían realidad.
Mi amigo Carlos escuchaba pacientemente. Cuando metía baza, era para tratar de rebatir mis argumentos.
Sin proponérmelo, pillé una buena cogorza. Al andar me iba de un lado para otro. En uno de esos bandazos no di con mis huesos en tierra porque Carlos, cogiéndome por un brazo, lo impidió.
Mi reacción fue instantánea: me solté de un tirón y lo miré de hito en hito.
4
Apoyado en la pared, logro mantener el equilibrio.
Cuando extendió de nuevo sus brazos para ayudarme, mi cólera se convirtió en agresividad.
Que no se atreviese a tocarme. Que no se acercase a mí.
No había dado más de tres o cuatro zancadas cuando tropecé con el bordillo de la acera y pegué un batacazo.
Me incorporé lo más rápidamente que pude, pero ponerme en pie estaba por encima de mis posibilidades.
Arrastrándome llegué hasta la pared cercana, en donde me recosté.
No sé cuánto tiempo permanecí allí. Era bastante tarde. Lo último que recuerdo es una arcada y la vomitona.

Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.