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La corneja

13 de abril de 2013 063Por la mañana procuro salir temprano para no verla posada en uno de los árboles de la plazoleta o dando ridículos saltitos en mitad de la calle. Pero esta estrategia no siempre funciona y, a pesar de mis precauciones, se produce el encuentro.
A veces tengo la impresión de que surge de la noche, de una profundidad tenebrosa de la que se ha evadido para aguarles la fiesta a los pobres humanos. Y no lo digo por el color de sus plumas que no es negro sino grisáceo.
Si este incidente ocurre a mi vuelta del trabajo, cuando vengo cansado y sin ganas de nada, mi restablecimiento anímico es más difícil. Su imagen se me queda grabada en la mente y, por más que quiera, no logro borrarla. Ya sé que es un hecho psicológico que mientras más te esfuerzas en olvidar algo, más se afianza en la memoria. Lo tengo comprobado: uno olvida lo que no quiere olvidar y recuerda lo que quiere olvidar.
Es verdad que ella no mira a nadie, como si estuviese por encima de todos, como si fuese un ser superior que no se digna prestar atención a quien pasa a su lado, a quien, si se lo propusiera, le podría dar una buena patada y estrellarla contra un banco.
Su presencia es un mal presagio que inocula la inquietud y el malestar. Uno no puede evitar preguntarse qué desgracia va a pasar, qué mala noticia va a recibir, qué revés le aguarda.
En la plazoleta se la ve en compañía de una graja presuntuosa, de pico rojo y uñas negruzcas, con la que aparentemente hace buenas migas, aunque no soy yo el único que ha detectado rivalidad entre ambas.
Graznan sin mirarse, como si mantuviesen un diálogo de sordos y es probable que así sea, que cada una vaya a lo suyo sin importarle lo que la otra esté diciendo. La corneja intenta agradar, congraciarse con la otra, a la que, por alguna razón, seguramente por su mayor envergadura, considera más señora.
Las dos hacen alarde de recato y buenas maneras. Sus roncos graznidos se mantienen en un tono discreto, que en nada se parecen a los que emiten cuando revolotean solas. Pero entre ellas guardan las distancias. Se diría que no paran de estudiarse mutuamente.
¿Cómo puede ese bicho – me pregunta desazonada mi vecina de abajo tras cruzarse con la corneja – tener el inaudito poder de hacerte sentir incómoda, incluso violenta? Le respondo que no lo sé. Pero desde luego corroboro su opinión. Esa corneja es, sin duda, un pájaro de mal agüero.
Hablando con esta vecina y otras personas hemos llegado a la conclusión de que ese avechucho ceniciento es vanidoso y antipático.
El vecino del segundo es categórico. Afirma que en esa corneja hay un fondo de resentimiento y de envidia. Ésa es la razón de que cree un profundo malestar a su alrededor.
Cuando pasas a su lado, no se asusta como los demás pájaros, sino que sigue abstraída, ajena, como si no viese ni oyese.
Ese comportamiento provoca el asombro de este vecino. No se explica cómo hay gente con ánimos de lanzarle puñados de pipas o un trozo de pan que ella picotea displicentemente.
Él se cuenta entre los que sienten un vivo deseo de arrear un puntapié a esa derramasolaces. Sólo lo detiene el temor de que alguien lo denuncie a la Sociedad Protectora de Animales.

 

 

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