Poco más tarde, Rostov da las indicaciones para la caza. Él se dirige al coto rodeándolo por el barranco.
Todos ocupan sus puestos y deben atenerse a “las leyes de la cacería”.
Los perros son presentados desde su individualidad bien definida y tratados como otros personajes cualesquiera.
Son los ladridos de estos animales, seguidos del grito de los cazadores, los que anuncian el avistamiento de la presa. Luego se oye el ronco cuerno de caza del montero mayor y un prolongado aullido, que confirman la presencia del lobo.
La jauría se divide en dos grupos para acorralarlo. Se produce la primera escaramuza de la que el lobo sale airoso.
“La fiera detuvo un instante su carrera. Volvió pesadamente, como si padeciese angina de pecho, su alargada cabeza hacia los perros y después, con el mismo balanceo, dio un salto, seguido de otro, y, moviendo la cola, desapareció en el bosque. Simultáneamente, con un aullido quejumbroso, surgieron uno, dos, tres perros, y toda la jauría corriendo a través del campo detrás de la bestia”.
El lobo ha burlado al conde y a sus acompañantes que se ganan de esta forma el desprecio de Danilo.
Esta victoria de la bestia enardece los ánimos.
En estas circunstancias, se produce el encuentro del lobo y Rostov.
“¿Los suelto o no los suelto?”, se preguntó Nikolái, mientras el lobo, ya fuera del bosque, avanzaba hacia él. De pronto la expresión de la bestia cambió del todo; dio un salto, como si por primera vez en su vida viera unos ojos humanos fijos en ella, y, volviendo ligeramente la cabeza hacia el cazador, se detuvo. “¿Atrás o adelante? ¡Bah! ¡Es lo mismo! ¡Adelante!”…pareció decirse, y, sin mirar, siguió avanzando a saltos tranquilos, seguros y decididos.
− ¡Hululu, hululu! –se desgañitó Nikolái; y su caballo por sí mismo se lanzó cuesta abajo y saltó unos charcos, tratando de cortar el camino del lobo”.
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