
Parecía que la tierra se había tragado al cochinito. Quizás se había escondido en una casa. Quizás había escapado al campo, en cuyo caso nada se podía hacer.
Pero ¿y si el bribón, cansado como tenía que estar después de esas locas carreras, se hallaba agazapado y tembloroso debajo de una cama, detrás de una maceta o en un rincón oscuro?
Cada escuadrón especulaba sobre las razones de la desaparición y sopesaba las medidas que había que adoptar.
Dado que la polémica suscitada tenía visos de eternizarse y nadie quería irse sin conocer el desenlace de esta historia, hombres y mujeres se fueron acomodando en las aceras, en sillas sacadas de las casas e incluso en mitad de la calle.
Pronto empezaron a circular botellas de vino que eran trasegadas mientras los líderes de esas asambleas desgranaban sus argumentos.
Sólo los viejos estaban ausentes de estas deliberaciones al aire libre. Algunos, haciendo valer su experiencia de la vida, se dirigieron a sus vecinos desde los balcones o desde las azoteas de sus casas, instándolos a dar por concluida esta jornada y a regresar a sus hogares.
Fueron abucheados.
Una viejecita, a quien la terquedad de los confabulados exasperaba, los llamó “partida de cretinos”.
A punto estuvo de ser descalabrada por una botella que le arrojó un malnacido; la cual, haciéndose añicos, se estrelló contra los hierros de la barandilla.
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In illo tempore (XXXI)
Posted in In illo tempore, tagged el cerdito, los viejos on octubre 13, 2011| Leave a Comment »
In illo tempore (XXX)
Posted in In illo tempore, tagged el cerdito, Liliput, los perros, los viejos on octubre 11, 2011| Leave a Comment »

Esa bola de sebo corredora, que se diría escapada de Liliput, era un mensajero que los dioses, movidos por la compasión, habían enviado.
Aires de fiesta se respiraban en el pueblo. Las casas se vaciaban de sus moradores que, en grupos compactos, se dirigían al lugar donde más recientemente había sido avistado el minúsculo paquidermo.
Los vecinos amenizaban su búsqueda con cantos y palmas al tiempo que reclutaban nuevos contingentes de curiosos.
Al cabo de una hora, varias columnas recorrían el pueblo con un único objetivo: acorralar y apresar al gorrino.
Sólo los viejos permanecían recostados en el quicio de la puerta o sentados en el umbral. Pero como la euforia era general, cuando una comitiva pasaba por delante de ellos, sentían el impulso de sumarse. Arrebato que sus cuerpos desgastados y achacasos impedían materializar.
Ellos fueron los primeros en advertir algo raro.
Se sucedían los desfiles con sus enjambres de niños que servían de enlace entre los distintos batallones, a los que escoltaban alborotando y soplando a pleno pulmón en unos trompetines que nadie sabía dónde los habían agenciado.
Con una punta de ansiedad, los viejos preguntaban si aún no habían dado caza al lechón. Ante la respuesta negativa, volvían a preguntar si al menos se sabía por dónde andaba. Sobre este particular las versiones eran contradictorias.
Procurando hacer oír su cascada voz en medio de la algarabía, planteaban la siguiente cuestión: “¿Quién ha sido el último que ha visto al cerdito?”.
Los interpelados se encogían de hombros y contestaban que no tenían ni idea.
Escamados, los viejos aconsejaban a sus convecinos que tuviesen cuidado, pero su advertencia se perdía en el tumulto sin tener eco.
In illo tempore (XXIX)
Posted in In illo tempore, tagged el cerdito on octubre 6, 2011| Leave a Comment »

Sobre las seis de la tarde solía ir a comprar tabaco.
Mientras recorría las calles, observaba los mismos corrillos en las mismas esquinas, los mismos parroquianos en los mismos bares, las mismas mujeres de cháchara.
Observaba los mismos rostros cazurros, las mismas manos cogiendo los vasos de café que eran sorbidos ruidosamente, los mismos chasquidos de la lengua, los mismos brazos cruzados, la misma colilla apagada en la comisura de los labios, los mismos dedos amarillentos.
Una tarde, los magnánimos dioses mandaron un emisario: un cerdo de proporciones diminutas que corría a increíble velocidad.
Como era previsible, se organizó un revuelo mayúsculo. Todo el mundo daba muestras de hallarse agitado.
El cerdito con su gracioso rabo rizado era inapresable. Se desplazaba de un lado a otro con absoluta impunidad.
Si le interceptaban el paso, se escabullía por entre las piernas de sus acosadores, que, dando media vuelta, contemplaban boquiabiertos cómo se alejaba el gorrino.
Si le tendían una emboscada, el instinto del animal le hacía girar bruscamente y enfilar hacia otra calle, dejando con un palmo de narices a los cazadores.
Los habitantes del pueblo, convencidos de que el cerdito de aladas pezuñas se estaba burlando de ellos, empezaron a manifestar los primeros síntomas de histeria colectiva.