Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘el Chamán’

El Jefe estaba en la cabaña. Me quedé en la puerta.
El Chamán es robusto y achaparrado, de hombros anchos y manos grandes. Como cualquier otro habitante de la aldea.
Pero hay algo que lo singulariza, algo que descubre su verdadera naturaleza incluso al más lerdo: sus ojos celestes que, dependiendo de la luz, cambian de color y adoptan un tono verdoso.
Me pidió que me sentase en una esterilla, y que me descalzase. Luego se arrodilló y examinó la planta de mi pie derecho, en la que sobresalían esos dos botones negros y ovalados.
El Jefe dijo:
-Parecen dos insectos.
Como le gusta hablar, siguió explicando que él veía una cabeza gorda y un cuerpo alargado.
El Chamán no replicó nada, pero observé un leve cambio de expresión. Una fugaz culebrilla le cruzó la cara.
Cogió su cuchillo, introdujo la punta en el borde de una de las excrecencias y la sacó limpiamente. Luego hizo lo mismo con la otra.
Nos las mostró. Tenían, en efecto, cierta semejanza con un insecto cuyas alas estuviesen pegadas al cuerpo.
El Chamán las arrojó al fuego donde se consumieron sin ruido. El Jefe hizo un comentario jocoso.
Yo contemplaba los huecos que habían quedado en mi pie. No me sangraban ni me dolían. Me preguntaba si podría andar normalmente.
El Chamán me tranquilizó con un gesto de la mano.

Read Full Post »

Nadie quiere ir a ver al Chamán. Su cabaña está cerca de un barranco tan profundo que, si te asomas, ves volar a los pájaros allá abajo.
Primero vamos al Curandero que intenta arreglarlo todo con sus hierbas. También fui a hablar con las parteras, que movieron la cabeza de un lado a otro y cuchichearon entre ellas. No les gustaban esas dos habas negras que tenía en la planta del pie derecho. Tras un intercambio de pareceres, me aconsejaron que las frotase con hiel de oso.
Ningún remedio dio resultado. Yo seguía cojeando. Para andar debía apoyarme en el borde del talón o en la punta del pie. Por orgullo no me servía de un bastón.
Durante la noche soñaba con caballos que, raudos como el viento, cruzaban la llanura. Eran blancos y de gran alzada. Nunca llegué a montar en uno de ellos, pero ese deseo aleteaba en mí.
Me dirigí a la choza del Chamán como quien va a un entierro. Aunque sólo sean ciertas la mitad de las historias que se cuentan de él, son más que suficientes para inspirar temor.
En voz baja se habla de sus viajes al inframundo, de los que vuelve desfallecido y ojeroso. Y más sabio, según dicen.
Nadie duda de su poder. Él no se jacta de ello, pero ni los vivos ni los espíritus de los muertos se atreven a desafiarlo.

 

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported

Read Full Post »

No son altos. Metro y medio tal vez. Bajo su abundante pelaje pardo se adivina su robustez. Incluso de lejos, mientras pastan sosegadamente ajenos al peligro, el rasgo más llamativo es su vigorosa constitución.
Algunos tienen bandas oscuras que les recorren el lomo. Otros tienen las patas negras. Todos lucen crines tupidas que el viento agita o que ellos sacuden ufanos.
El Chamán los llama caballos esteparios. En las reuniones nocturnas cuenta que sus ancestros vinieron de una lejana región oriental. Esta emigración se produjo hace mucho tiempo.
La manada se componía de unos treinta ejemplares, sin contar los potrillos que siguen dóciles a sus madres.
Los caballos salvajes son veloces. Pero lo que los convierte en una presa difícil de apresar es su extraordinaria resistencia.
Pueden correr kilómetros y kilómetros sin dar muestras de cansancio. Cuando por fin se detienen, dan un par de resoplidos y se abanican con su larga cola.
La tropilla estaba dirigida por un semental corpulento que se mantenía vigilante. Tenía la cabeza alta. De vez en cuando miraba a sus congéneres que la tenían hundida en la hierba.
El semental era nuestro principal objetivo. Se le veía arrogante, consciente de su poder. Un relincho confirmó esta impresión. Cuando lo oyeron, los otros caballos dejaron de comer y lo miraron.

Read Full Post »

No podía andar bien. Me dolían las piernas y la espalda, sobre todo los hombros. Sabía que el origen de mi mal estaba exactamente en mi pie derecho.
Pero me resistía a ir a ver al Chamán. Ése es siempre el último recurso. Una vez que fui porque cojeaba, como ahora, a causa de unas durezas cruzadas de grietas que me circundaban los calcañares, y que sangraban en cuanto forzaba la marcha, me dijo que tenía talones equinos.
Se estaba organizando una expedición para capturar caballos salvajes y yo quería participar en ella. Pero si no podía correr, me vería obligado a quedarme en la aldea.
Fui a hablar con el Jefe, un hombretón que te mira como si te estuviese tasando. Fue categórico. Si renqueaba, tendría que hacer compañía a las mujeres. Los tullidos son un estorbo, añadió.
– ¿Has ido a ver al Curandero? –preguntó.
Yo asentí.
– ¿Y no te ha solucionado el problema?
Yo negué.
Calló un momento. Observándome de esa forma suya tan molesta, concluyó:
-Pues entonces tendrás que hacerle una visita al Chamán.

Nota.-En esta entrada puedes leer el relato completo.

II
No son altos. Metro y medio tal vez. Bajo su abundante pelaje pardo se adivina su robustez. Incluso de lejos, mientras pastan sosegadamente ajenos al peligro, el rasgo más llamativo es su vigorosa constitución.
Algunos tienen bandas oscuras que les recorren el lomo. Otros tienen las patas negras. Todos lucen crines tupidas que el viento agita o que ellos sacuden ufanos.
El Chamán los llama caballos esteparios. En las reuniones nocturnas cuenta que sus ancestros vinieron de una lejana región oriental. Esta emigración se produjo hace mucho tiempo.
La manada se componía de unos treinta ejemplares, sin contar los potrillos que siguen dóciles a sus madres.
Los caballos salvajes son veloces. Pero lo que los convierte en una presa difícil de apresar es su extraordinaria resistencia.
Pueden correr kilómetros y kilómetros sin dar muestras de cansancio. Cuando por fin se detienen, dan un par de resoplidos y se abanican con su larga cola.
La tropilla estaba dirigida por un semental corpulento que se mantenía vigilante. Tenía la cabeza alta. De vez en cuando miraba a sus congéneres que la tenían hundida en la hierba.
El semental era nuestro principal objetivo. Se le veía arrogante, consciente de su poder. Un relincho confirmó esta impresión. Cuando lo oyeron, los otros caballos dejaron de comer y lo miraron.

III
Nadie quiere ir a ver al Chamán. Su cabaña está cerca de un barranco tan profundo que, si te asomas, ves volar a los pájaros allá abajo.
Primero vamos al Curandero que intenta arreglarlo todo con sus hierbas. También fui a hablar con las parteras, que movieron la cabeza de un lado a otro y cuchichearon entre ellas. No les gustaban esas dos habas negras que tenía en la planta del pie derecho. Tras un intercambio de pareceres, me aconsejaron que las frotase con hiel de oso.
Ningún remedio dio resultado. Yo seguía cojeando. Para andar, debía apoyarme en el borde del talón o en la punta del pie. Por orgullo, no me servía de un bastón.
Durante la noche, soñaba con caballos que, raudos como el viento, cruzaban la llanura. Eran blancos y de gran alzada. Nunca llegué a montar en uno de ellos, pero ese deseo aleteaba en mí.
Me dirigí a la choza del Chamán como quien va a un entierro. Aunque sólo sean ciertas la mitad de las historias que se cuentan de él, son más que suficientes para inspirar temor.
En voz baja se habla de sus viajes al inframundo, de los que vuelve desfallecido y ojeroso. Y más sabio, según dicen.
Nadie duda de su poder. Él no se jacta de ello, pero ni los vivos ni los espíritus de los muertos se atreven a desafiarlo.

IV
El Jefe estaba en la cabaña. Me quedé en la puerta.
El Chamán es robusto y achaparrado, de hombros anchos y manos grandes. Como cualquier otro habitante de la aldea.
Pero hay algo que lo singulariza, algo que descubre su verdadera naturaleza incluso al más lerdo: sus ojos celestes que, dependiendo de la luz, cambian de color y adoptan un tono verdoso.
Me pidió que me sentase en una esterilla, y que me descalzase. Luego se arrodilló y examinó la planta de mi pie derecho, en la que sobresalían esos dos botones negros y ovalados.
El Jefe dijo:
-Parecen dos insectos.
Como le gusta hablar, siguió explicando que él veía una cabeza gorda y un cuerpo alargado.
El Chamán no replicó nada, pero observé un leve cambio de expresión. Una fugaz culebrilla le cruzó la cara.
Cogió su cuchillo, introdujo la punta en el borde de una de las excrecencias y la sacó limpiamente. Luego hizo lo mismo con la otra.
Nos las mostró. Tenían, en efecto, cierta semejanza con un insecto cuyas alas estuviesen pegadas al cuerpo.
El Chamán las arrojó al fuego donde se consumieron sin ruido. El Jefe hizo un comentario jocoso.
Yo contemplaba los huecos que habían quedado en mi pie. No me sangraban ni me dolían. Me preguntaba si podría andar normalmente.
El Chamán me tranquilizó con un gesto de la mano.

V
Nos pusimos en marcha antes de que amaneciera, cuando todavía los caballos no han salido de los marjales donde pasan la noche.
Con los primeros rayos del sol, abandonan las tierras anegadas, al este de la llanura, junto al gran río, y se dirigen a los pastizales.
Avanzaban las tropillas encabezadas cada una de ellas por un semental. Dejamos que se desperdigasen.
La manada elegida estaba compuesta por unos treinta animales, sin contar los potrillos.
Los fuimos cercando sigilosamente. De vez en cuando soplaba una brisa racheada que podía crearnos problemas.
Nos habíamos repartido en dos alas que debían unirse en una sola línea con el objeto de cortar la retirada a los caballos. Había que impedir que regresasen a los marjales, en cuyo caso la expedición habría fracasado.
El semental advirtió algo extraño y empezó a dar zapatazos. Los golpes en el suelo alertaron a sus congéneres, que dejaron de comer.
Detuvimos el avance y nos agazapamos entre las gramíneas o nos escondimos tras los escasos arbustos de la llanura.
Se produjo una escapada. Los machos iban los primeros, seguidos de las yeguas flanqueadas de los potros.
Tras una carrera no demasiado larga, el semental se alzó de manos y detuvo la huida. Luego dio un par de coces. Lo mismo hicieron otros caballos, que se pusieron también a relinchar.
Nosotros no podíamos ser la causa de ese comportamiento. Miramos a nuestro alrededor y descubrimos que no éramos los únicos perseguidores.

VI
¿Cómo no nos habíamos percatado de su presencia? Eran unos grillos cabezones, negros como el azabache. Se apreciaba en su actitud una íntima satisfacción, como si nuestra perplejidad les resultase divertida.
Si los espantábamos, se alejaban, pero regresaban en cuanto les dábamos la espalda. De vez en cuando, discretamente, rechinaban un poco, lo justo para comunicarse.
Sabíamos que en los marjales había colonias de grillos. Pero éstos eran más pequeños y no abandonaban nunca los lodazales donde vivían.
Estábamos desconcertados. Tras unos momentos de vacilación, reanudamos la captura de los caballos.
En nuestra tarea de encaminarlos a la aldea, contamos con la ayuda de los grillos que, con sus saltos y sus chirridos, contribuyeron al éxito de la empresa.
Apresamos a toda la manada. Los viejos, las mujeres y los niños acudieron en tropel a los corrales. Querían ver a las yeguas y a los potrillos que, asustados, no se separaban de sus madres.
Pero la estrella fue el semental que, encolerizado, piafaba y bufaba sin parar.

VII
Nos felicitaron por nuestro éxito del que podíamos sentirnos orgullosos, aunque totalmente no lo estábamos.
No podíamos negar la indeseada ayuda que habíamos recibido. Los grillos nos habían humillado.
Esto, con ser malo, no fue lo peor. Esos bichos se quedaron a vivir en la aldea y bien que se hacían notar frotando sus patas contra sus alas.
Chirriaban día y noche. Su incesante estridor se metía en la cabeza. Llegaba un momento en que eras incapaz de distinguir si su origen estaba dentro o fuera de ella.
El silencio quedó desterrado desde la llegada de esos cabezones que, en una disparatada competición, se ponían a cantar todos a la vez.
Los intentos de atraparlos eran inútiles. En cuanto percibían una amenaza, se callaban y se escondían. Descubrimos que eran muy hábiles excavando galerías subterráneas, en las que empezaron a reproducirse.
El insomnio se extendió como una epidemia. Los tapones en los oídos no impedían que siguiésemos oyendo el chirrido de los grillos. Si conseguíamos adormilarnos, nos despertábamos sobresaltados y de mal humor. Como ese sonido metálico daba dentera, algunos vecinos dejaron de hablar e incluso de comer por estar mordiendo continuamente un pedazo de madera.

VIII
Empecé a preocuparme. Corrió la voz de que había que encontrar al responsable de esta calamidad, al culpable de que sobre la aldea se hubiese abatido esta desgracia.
La gente explotaba por cualquier motivo. También los caballos tenían los nervios a flor de piel y se peleaban sin razón aparente. Hombres y bestias estaban volviéndose locos.
Los primeros estaban siendo atacados por una peculiar forma de demencia. Iban con un freno en la boca, como si estuvieran a punto de desmandarse. Era una imagen penosa que no tenía nada de cómica.
Sus miradas no presagiaban nada bueno. Se daban cuenta de que yo no había sucumbido a ese concierto infernal, y se preguntaban por qué.
Sufrían vértigos espantosos que los dejaban exhaustos y empapados de sudor. Contaban que los árboles, las cabañas, los animales se deshacían en líneas sinuosas que se multiplicaban hasta el infinito, o bien disminuían de tamaño hasta ser engullidos por ellos mismos.
Vivían en una realidad distorsionada. Mi miedo era cada vez mayor. Yo no podía hacer nada por ayudarlos. Estaba seguro de que, si no me linchaban antes, acabaría siendo el único habitante cuerdo de la aldea.

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Read Full Post »