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El creyente

Siempre se había negado a asumirlo. Siempre intervenía ese demonio que lo incitaba a la rebelión, cuando hubiese sido mejor aceptarlo como se acepta un día lluvioso o soleado porque la meteorología es algo ajeno a nuestra voluntad y de nada sirve revolverse contra ella.
La semana pasada quedó con dos amigos a los que hacía tiempo que no veía. Los tres se encontraron en la calle por casualidad. Se saludaron, hablaron, rieron. Esa sorpresa les produjo una gran alegría. Pero los tres tenían algo que hacer y se dieron cita para el día siguiente, a tal hora, en tal cafetería.
Y allí estaba él, en el lugar que habían elegido para conversar tranquilamente, recordar los viejos tiempos y pasar un buen rato.
Ninguno de los dos se presentó. Ninguno tuvo la deferencia de llamar por teléfono para explicar que no podía acudir a la cita por la razón que fuese. Ni siquiera se tomaron esa mínima molestia.
Él estuvo sentado en la cafetería hasta que comprendió que no iban a venir.
Ayer le ocurrió lo mismo con una mujer. Risueña, afectuosa, le dijo: “Allí estaré sin falta”.
Él la creyó, como creyó a sus amigos. La estuvo esperando hasta que se hizo evidente la informalidad o el engaño.
Pero, en lugar de enfadarse o deprimirse, decidió aceptar el hecho incontestable de que él era un creyente. No iba a fustigarse, como en otras ocasiones, pensando que era un pardillo a quien se la daban con queso, un pobre inocente que se tragaba cualquier trola. Él era alguien que confiaba en la palabra dada. Alguien para quien las palabras tenían valor.
¿Por qué resistirse a integrar esa dimensión de su personalidad? Él creía a pesar de lo inconsecuentes, farsantes y olvidadizos que eran los demás.
La próxima vez que quedara a tal hora y en tal sitio con una persona, actuaría legalmente y acudiría puntual a la cita.

 

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