Mi único deseo era levar anclas y hender los mares. Cuando cerraba los ojos, veía cómo mi balandro tendía las velas. Esta imagen me producía un regocijo íntimo.
Y llegó el día de izar el foque y adentrarme en la parte acuática del mundo.
Pronto comprendí que la navegación no era sólo desatracar y marinear. Para que tuviese sentido y no fuese el periplo de un loco, tenía que haber algo más.
Tenía que haber un destino. O una misión, como me dijo un viejo capitán. Era necesario marcarse una y cumplirla. De esta forma, los imprevistos y las dificultades del viaje no serían meras sorpresas desagradables sino las ineludibles pruebas que hay que superar.
El océano está lleno de peligros. Podemos encallar o ser el juguete de los vientos. Perder el rumbo y tardar días o semanas en recuperarlo. Podemos fondear en un puerto, recibir una visita de sanidad y, por oírnos toser o vernos acalenturados, declarar el barco en cuarentena.
A ese viejo capitán de cabellos blancos y finos que la brisa alborotaba, le pregunté cuál había sido el objetivo de sus viajes.
Tenía la cara surcada de finas arrugas. Sus ojos estaban fijos en el oleaje. Se llevó la mano al pecho. Debajo del jersey negro tenía un objeto que colgaba de una cadena. Me lo mostró. Era una cruz con una amatista en el extremo de cada brazo.
En el centro de la cruz había un círculo con un nombre inscrito. Tuve tiempo de ver que estaba formado por cuatro consonantes, cada una situada en un punto cardinal, y por tres vocales en diagonal.
“¿Es el nombre de una persona, de una ciudad, de un santuario tal vez?” le pregunté.
“Tal vez” respondió, “pero qué importa eso”. Y tras una pausa añadió: “Esta cruz tiene su historia”.
Cuando dijo esto, ocurrió algo extraño. El viejo encorvado y frágil se transformó en un joven erguido e intrépido al que era fácil imaginárselo surcando los siete mares.
Esta visión se desvaneció pronto pero nunca se ha borrado de mi memoria.
El capitán me contó que había circunnavegado el globo catorce veces Ni una sola tuvo una travesía tranquila. Pero no quería hablar de sus penalidades. Todas las daba por buenas.

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