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Posts Tagged ‘fortín’

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No podíamos prever que fuesen a tomárselo tan a mal. ¿O sí? Creo que no nos planteamos siquiera semejante cuestión.
Habíamos batido un record y nos sentíamos orgullosos. Por increíble que parezca, habíamos conseguido cazar cuatro lagartijas.
Cualquiera que haya intentado atrapar a uno de estos veloces y escurridizos animales, sabrá de qué hablo y apreciará nuestra proeza.
Nuestra felicidad era comparable a la que experimentan los adultos cuando les toca un premio importante de la lotería y se ponen a dar saltos, proferir incoherencias y descorchar botellas de champán que han agitado previamente.
Así de contentos estábamos mi amigo Rafael y yo.
No es inmodestia, pero yo obtenía mejores resultados por estar dotado de una cualidad de la que él estaba escasamente provisto: paciencia.
Podía estar al acecho todo el tiempo que fuera necesario. Aunque no lograra cazar a la lagartija, me encantaba observarla. Su movilidad, que le permitía trasladarse de un lugar a otro como por ensalmo, me causaba una admiración sin límites. Era tan veloz que lograba burlar los ojos que la vigilaban atentamente.

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Desde el viejo fortín, antaño utilizado para controlar la bocana del puerto, la panorámica sobre la bahía y Ciparsa es magnífica.
Esa antigua construcción militar y sus alrededores eran uno de nuestros lugares favoritos de aventuras y juegos.
Teníamos prohibido andar por esos parajes porque eran solitarios y peligrosos, pero esta circunstancia constituía un acicate.
Y había, sobre todo, una razón decisiva que nos atraía al baluarte: la abundancia de lagartijas que se calentaban al sol.

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Con una beatífica sonrisa en los labios y a buen paso, marchábamos por el camino con las cuatro lagartijas que habíamos capturado.
Llevábamos una en cada mano, cogidas con firmeza a la par que con cuidado para no hacerles daño.
Las lagartijas, retorciéndose y dando coletazos, trataban de zafarse.
Nosotros las dejábamos hacer. Ya se cansarían de batallar y se darían por vencidas.
El mayor peligro estribaba en que nos mordieran. Pero nosotros éramos unos expertos y, para evitar esa eventualidad, las teníamos sujetas justo por debajo de la cabeza.

Nota.- En esta entrada puedes leer el cuento completo.

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Al principio dispersas y a continuación formando una calle, aparecieron las casas de la ciudad, pequeñas y primorosamente encaladas.
Cruzamos el barrio de los pescadores y nos dirigimos al nuestro, llamado del Monasterio, aunque en la actualidad no hay ninguno.
Exhibiendo nuestros trofeos, entramos en la única calle porticada con que cuenta Ciparsa.
No íbamos maquinando nada, como más tarde nos echarían en cara.
Caminábamos tranquilos y callados, contemplando los arcos almohadillados de un cálido color ocre.
Y de repente se nos ocurrió a los dos la misma idea.
Fue cuando descubrimos al final de la calle a Agustina y a la madre de Rafael, que venían charlando. Ellas no se percataron de nuestra presencia.

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Escondiéndonos tras los pilares, seguimos avanzando. Estábamos tan compenetrados que sólo fue necesario que cruzásemos tres o cuatro palabras.
Las esperamos agazapados cerca del callejón. Cuando bajaron los dos escalones del soportal, salimos a su encuentro con las lagartijas apuntando hacia ellas y las obligamos a entrar en ese pasaje cerrado por una cancela.
Haciendo caso omiso de sus protestas y amenazas, las acorralamos en un rincón.
Agustina no paraba de despotricar, pero nosotros no nos amilanamos.
Al comprobar que no lograban nada con las recriminaciones, pasaron a los ruegos. Pero Rafaelito y yo éramos duros de pelar.
Bien plantados sobre nuestros pies y con las lagartijas coleando en las manos, permanecimos impasibles.
Las dos mujeres, temiendo lo peor, se habían puesto de lado.
Cuando dimos un paso adelante, dejaron de suplicar y nos lanzaron un furibundo ultimátum.
Como nosotros éramos los dueños de la situación, no nos arrugamos.
− ¿Se las tiramos a mi madre?
−No, a tu madre no. A Agustina, que le dan más miedo.

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Todos los bichos despertaban mi curiosidad. Esta afición fue una fuente de problemas para mí, pues a mi madre la horrorizaba cualquier animalejo con menos de veinte centímetros de largo, que es la longitud aproximada de una lagartija común.
Para su desesperación, uno de mis pasatiempos favoritos consistía en desenterrar lombrices, que mi madre me obligaba a despachurrar con el cuento de que eran dañinas para sus flores.
En el huertecillo, me dedicaba a levantar piedras para ver lo que había debajo. Normalmente encontraba cochinillas que, en cuanto las tocaba, se convertían en bolas de color gris, con las cuales me llenaba los bolsillos.
Lo malo era que, una vez en casa, se desenrollaban y trataban de recuperar su libertad.
Prefiero pasar por alto la reacción de mi madre cuando descubría estos intentos de evasión.
También cazaba saltamontes, escarabajos cornudos, negros como el azabache, y hermosas mariquitas de color naranja. E incluso escorpiones, que encerraba en un bote de cristal con la tapa agujereada.

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A Agustina le dio un soponcio. Se puso blanca como la pared y, a pesar de agarrarse a los barrotes de la cancela, cayó redonda.
La reanimaron con agua fresca. Poco a poco volvió en sí y, más muerta que viva, la llevaron a su casa.
En vista de que le seguían temblando las piernas y la voz, alguien propuso llamar a un médico. Agustina se opuso y sólo permitió que le preparasen una tila.
También se negó a que avisaran a su marido. Hijos no tenía.
A las vecinas no les pareció bien dejarla sola en ese estado de choque, por lo que una de ellas se ofreció a hacerle compañía.
Agustina, que era muy suya, se resistió alegando que se encontraba mejor. Pero como nadie gana en tozudez a un grupo de comadres decididas a realizar una buena acción, tuvo que transigir.

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Francisco, el marido de Agustina, estuvo a punto de soltar una carcajada cuando le contaron lo ocurrido. Las severas miradas que le dirigieron su mujer y la vecina, lo disuadieron de tomar a broma ese lance.
Fue el único que intercedió por nosotros, aunque sus buenos oficios no impidieron que nos librásemos del castigo. Ni siquiera consiguieron atenuarlo.
La amistad entre Rafaelito y yo se fue al traste. Según sus padres, yo no era una compañía recomendable. Los míos opinaban lo contrario.
Nuestras correrías en común pasaron a la historia.
Cuando nos cruzábamos por la calle, nos mirábamos de reojo e incluso esbozábamos una sonrisa, pero no nos hablábamos.
Por separado, nuestros padres nos obligaron a ir a casa de Agustina a pedirle perdón y a prometerle que nunca más cometeríamos una fechoría semejante ni con ella ni con nadie.
Agustina, que había recobrado el color y la firmeza en las piernas, se mostró seria y dolida durante toda la entrevista.
De mí, tras aceptar mis disculpas, se despidió dándome un pescozón al tiempo que decía:
−Anda que Dios te lo manda.

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A raíz de este incidente, tuve un sueño que, cada cierto tiempo, emergía como un recordatorio.
He cazado la lagartija más hermosa de mi vida, con una larga cola que se agita sin cesar, una cabeza triangular y afilada, unos ojillos vivos y una boca que se abre con fiereza.
Su vientre, blanco y blandito, es suave al tacto. En el dorso tiene una banda central de color pardo y otras dos laterales de color verde, que se van tornando azules conforme se acercan al abdomen.
Me dirijo al puerto, que está muy animado durante la mañana, pero que por la tarde es uno de los lugares más solitarios de Ciparsa.
Entre los almacenes, destaca la lonja de pescado con sus cenefas de color albero.
No tengo prisa por llegar. Y, además, debo estar atento a la lagartija, que se retuerce como un contorsionista.
Desde la esquina de uno de los tinglados, contemplo el Atlántico.
Atravieso la parte asfaltada del muelle y me encamino a la que está adoquinada.
En los noráis no hay amarrada ninguna embarcación.
Sólo se escucha el discreto chapoteo del oleaje contra el dique.
Las aguas azuladas, sobre las que cabrillea el sol pespunteándolas de fulgurantes destellos, permiten distinguir el fondo arenoso.
Peces solitarios o en pequeños grupos se desplazan plácidamente de acá para allá.
No lo pienso más y hago aquello para lo que he venido: arrojar la lagartija al océano.
Mientras da vueltas por los aires, diviso una criatura negra que se acerca a una velocidad alarmante.
Atribulado, miro cómo se hunde la lagartija en el agua al tiempo que avanza la gigantesca anguila con las fauces entreabiertas en lo que me parece una macabra sonrisa.

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Estudié, ingresé en la administración pública y me instalé en Sevilla sin que el sueño dejara de aflorar regularmente, produciéndome siempre idéntica consternación.
Para poner fin a esta situación, una idea me rondaba la cabeza desde hacía tiempo, pero me sentía incapaz de ponerla en práctica.
Estaba convencido de que carecía de facultades artísticas. Así pues, por temor a meterme en camisa de once varas, pospuse este proyecto sine die, no por desidia sino por inseguridad.
Y acabé resignándome a que la solución me viniese de fuera. Incluso creí encontrarla en un compañero de trabajo.

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Alejandro Monzón había estudiado Bellas Artes, era pintor y había realizado varias exposiciones.
Era una persona insustancial que soltaba risotadas sin ton ni son, siempre empeñada en mostrarse alegre como si de una obligación se tratara.
Pensé que no le importaría ayudarme. Por mi parte, estaba dispuesto a pagar su trabajo.
Se negó a aceptar mi dinero, pero creo que si hubiese insistido un poco más, habría cambiado de opinión.
Reconozco que su manoteo y sus carcajadas extemporáneas me daban mala espina. Y, sobre todo, su atención dispersa que, pese a sus cabezadas de asentimiento, me hacía dudar de que me estuviese escuchando realmente.
Cuando me enseñó el boceto, mis sospechas se confirmaron.
Traté de disimular mi decepción. Lo que estaba contemplando, a pesar de las indicaciones que le había dado, sólo tenía un lejano parecido con lo que le había encargado.

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Me matriculé en una academia de dibujo, adonde iba tres tardes por semana.
El profesor, Carlos Pineda, tenía fama de cuentista. Era un pintor que no había logrado introducirse en los circuitos comerciales y, por razones de subsistencia, se veía abocado a dar clases.
Pero la enseñanza no le atraía y bien que se le notaba.
A las explicaciones técnicas, las inevitables repeticiones y las tediosas correcciones, prefería las disquisiciones sobre el Arte.
Aunque suplía la profesionalidad con una buena dosis de cara dura, es justo reconocer que, cuando se ponía a divagar, decía cosas interesantes.
Uno de sus ritornelos favoritos versaba sobre nuestra mediatizada visión del mundo y de nosotros mismos. Para recuperar las formas y los colores originales o verdaderos se hacía necesario un proceso que él llamaba de “purificación de la mirada”.

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El segundo año, cuando ya había alcanzado cierta pericia, expuse a Carlos el proyecto que quería realizar.
Le pareció una idea original y quiso saber la razón, en el caso de que hubiera alguna, por la que había escogido ese motivo.
Dije lo primero que se me vino a la cabeza:
−Conjurar un sueño recurrente.

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Titulé la obra “El escudo de armas”, que, lógicamente, consistía en un emblema de una gran sencillez, sin adornos exteriores como coronas, collares o banderas.
Tampoco inscribí ninguna divisa aunque pasé un tiempo buscando y, de hecho, disponía de varias.
Mi intención era que primara la estilización y que la composición fuera sobria y equilibrada.
Tuve que hacer y tirar muchos bocetos antes de lograr mi propósito.
Sobre un fondo negro, mirando a la izquierda, pinté de perfil dos lagartijas de cabeza triangular y afilada, ojos vivos y una larga cola curvada, una debajo de otra, enmarcadas en un borde ajedrezado de escaques azules y argentados.
Cuando Carlos me pidió una descripción del cuadro, respondí:
−Dos lagartijas de plata en campo de sable.

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