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Posts Tagged ‘la caída’

I
Me levanto temprano, hago las cuatro cosas necesarias y bajo la escalera deslizando la mano por la barandilla.
Empiezo un nuevo día, aunque todos son tan parecidos que, al recordarlos, resulta difícil distinguir uno de otro.
Mi vida se circunscribe a un único episodio. Toda ella está contenida en la cadena de actos anejos al hecho de recorrer la misma calle incansablemente.

II
La calle está silenciosa. A otras horas del día está bastante animada pero a las siete los vecinos duermen todavía.
No todos. Cuando paso delante del número seis, el viejo está en el portal con el libro.
Se acerca a la puerta y me lo muestra. “Léelo” me repite, “no pierdes nada”.
Sostiene el libro con una mano y lo señala con el índice de la otra.
El viejo tiene una barba larga y puntiaguda. Su cara me recuerda la de un animal doméstico: un gato o un perro.
Un transeúnte aparece por una esquina. Avanza con determinación pero sin prisa. Se me antoja que viene de lejos y aún le queda un largo camino. Pienso en peligros, naufragios y tribulaciones. Mi imaginación se puebla de mares, desiertos y ciudades.
Lleva la cabeza ligeramente inclinada, como si fuera meditando. De su hombro cuelga un bolso.
Una camioneta traqueteante profana la quietud de la calle en cuyo irregular adoquinado abundan los baches. Sin dejar de andar me vuelvo para contemplar cómo se aleja el ruidoso vehículo.
Tropiezo y, tras dar varias zancadas desiguales, caigo.
No hay nadie. Nadie ha sido testigo de ese ridículo percance. Si alguien me descubriera arrodillado en el suelo, creería que estoy rezando.
Me duelen los huesos y me he magullado la palma de la mano izquierda.
Quiero levantarme rápido pero no puedo.
Observo la calle, tan recta, sus edificios de fachadas roñosas, sus ventanas cerradas, sus portales oscuros, sus tiendas de olores abigarrados e intensos, sus bares de clientela fija, observo la calle que ando y desando tantas veces al día.
La calle a la que estoy condenado. La calle de la que nunca podré evadirme. La calle que en determinados momentos suscita en mí un rechazo visceral, aunque en verdad no la odio.
No sin trabajo me pongo en pie. Me sacudo los pantalones. Me masajeo las rodillas. Reemprendo la marcha cojeando levemente.

 

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