Nadie quiere ir a ver al Chamán. Su cabaña está cerca de un barranco tan profundo que, si te asomas, ves volar a los pájaros allá abajo.
Primero vamos al Curandero que intenta arreglarlo todo con sus hierbas. También fui a hablar con las parteras, que movieron la cabeza de un lado a otro y cuchichearon entre ellas. No les gustaban esas dos habas negras que tenía en la planta del pie derecho. Tras un intercambio de pareceres, me aconsejaron que las frotase con hiel de oso.
Ningún remedio dio resultado. Yo seguía cojeando. Para andar debía apoyarme en el borde del talón o en la punta del pie. Por orgullo no me servía de un bastón.
Durante la noche soñaba con caballos que, raudos como el viento, cruzaban la llanura. Eran blancos y de gran alzada. Nunca llegué a montar en uno de ellos, pero ese deseo aleteaba en mí.
Me dirigí a la choza del Chamán como quien va a un entierro. Aunque sólo sean ciertas la mitad de las historias que se cuentan de él, son más que suficientes para inspirar temor.
En voz baja se habla de sus viajes al inframundo, de los que vuelve desfallecido y ojeroso. Y más sabio, según dicen.
Nadie duda de su poder. Él no se jacta de ello, pero ni los vivos ni los espíritus de los muertos se atreven a desafiarlo.

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