Ofelia flota en el agua del río.
La corriente la arrastra mansamente,
rodeada de flores, hacia poniente,
liberada de todo desvarío.
En las postrimerías del estío,
cuando crecen las sombras, y el relente,
bocanada de la noche inminente,
infiltra un prematuro escalofrío,
quiso adornar un sauce de la orilla
con los vivos colores del verano.
Sobre el agua volcó su canastilla,
tras la que alargó presurosa mano.
El río se estremece, tiembla, brilla.
El sauce, dolorido, gime en vano.

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