III
El niño había estado royendo un mendrugo mientras escuchaba. Su cara no traslució ninguna emoción cuando se enteró de la determinación paterna. Con anterioridad había asistido a escenas semejantes en las que un hermano suyo había sido el afectado. No había nada de qué extrañarse. Era algo con lo que había que contar. Algo que debía suceder tarde o temprano. Por eso, mientras su padre hablaba, él había seguido mordisqueando el pedazo de pan sin alterarse.
Fue el primero en subir al doblado donde dormían los muchachos. Era un camaranchón donde había que andar agachado. Su hermana y su abuela compartían con el matrimonio la habitación de abajo.
Arriba estaba oscuro. Ese cuchitril no tenía ventanuco ni tronera por lo que, además, la falta de oxígeno creaba una atmósfera enrarecida. La verdad era que el olfato acababa acostumbrándose a ese tufo a vejez y al cabo de cierto tiempo no advertía nada.
El niño no tenía problemas para conciliar el sueño. Caía como un fardo y no daba señales de vida hasta que lo despertaban dándole voces y zamarreándolo. Aún debían transcurrir algunos minutos antes de que recuperase el uso pleno de sus facultades mentales.
Esa noche tuvo la mala suerte de resbalar al poner el pie en uno de los travesaños de la escalera de mano que conducía al doblado, y estuvo a punto de dar un batacazo. El susto lo desveló. Se dirigió gateando y sorteando los jergones esparcidos en el piso de tablas al rincón donde estaba el suyo.
Se desvistió, amontonó la ropa junto a la cabecera y se tendió en el colchón de foñico que crujió bajo su peso.
Estuvo dando vueltas. Oyó a una de las vecinas desgañitándose e insultando a su marido que volvía borracho a casa. Sus hermanos llegaron y ocuparon sus respectivos lechos. Finalmente lo ganó el sopor que precede al sueño.

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