Entrada la noche, siento la llamada imperiosa y me adentro en esas calles oscuras y torcidas.
¿Mi alma no aprecia la belleza del mundo, no se contenta con ella y por eso desciende al antro en el que se rinde culto al ídolo?
Mientras me pierdo por esos andurriales, me hago esa pregunta.
Quiero desvelar el secreto de mi fascinación por el ídolo ante el que, a pesar de mis rebeliones y mis propósitos de enmienda, acabo postrándome.
Esa imagen merece que la destruyan, y que luego esparzan los pedazos por los cuatro puntos cardinales para que nadie pueda recomponerla y ofrecerla a la adoración, para que nadie pueda entregarse a esos ritos, de los que se regresa mustio y cabizbajo.
¿Cuántas veces, a la vuelta, me he preguntado por qué no me sacudo ese yugo y me convierto en un hombre libre, por qué no dejo de ser un despreciable idólatra?
Pero soy consciente de que carezco de fuerza para tomar y, sobre todo, mantener esa decisión.
Alguna vez me he plantado y no he ido. Pero ese arrebato es la rabieta de un niño que acaba cediendo.
El ídolo ejerce su tiranía sin aspavientos ni alboroto. En sus toscas facciones de gran manitú se lee la certeza de quien se sabe dueño de los círculos viciosos por los que vagan sus fieles, a los que contempla indiferente desde su hornacina en penumbra. La certeza de quien sabe que ellos por sí solos no serán capaces de salir del laberinto.
También yo lo creo. Sólo un acontecimiento imprevisto, una intervención providencial, un desastre, pueden imprimir un giro a esta situación y hacer que prevalezcan los beneficios del aire, del sol y de la lluvia.

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