6
Ante mí se extendía un largo corredor pavimentado de grandes lajas de pizarra que rezumaban humedad.
Era consciente de que no podía retroceder.
Los muros eran altos y sin aberturas. El techo, abovedado.
Aunque no fuera necesaria esa comprobación, pasé la mano por los sillares de piedra que estaban mojados. Mi propio vaho se condensaba en una nube.
Me obsesioné con la humedad. La sentía en la ropa, en el pelo. Se me metió en los huesos, provocándome temblores que no podía controlar. Era peor que el frío.
Andaba despacio por miedo a resbalar. Iba pisando huevos, como decía mi madre cuando me quedaba rezagado.
El otro, habitualmente tan callado, dijo que tenía que relajarme. Y me recordó que habíamos superado la primera prueba.
Hice movimientos rotatorios con los hombros y el cuello, que notaba especialmente contraídos. Y a un paso normal seguí avanzando por esa interminable galería.
De trecho en trecho, pegada al muro a bastante altura y protegida por una red metálica, había una bombilla que, como si llevase una eternidad encendida y estuviese a punto de fundirse, arrojaba una luz mortecina.
7
Escuché un gruñido y me paré en seco. Conteniendo la respiración, agucé el oído.
Había recorrido un buen tramo de la galería. No sabía, por supuesto, si más o menos de la mitad. Yo tenía la impresión de llevar andando mucho tiempo.
El sonido no se repitió. Con precaución, reanudé la marcha. Sea lo que fuere, tenía que estar preparado.
¿Preparado? ¿Qué significaba esta palabra en semejante situación? ¿Acaso se acercaba el momento de pronunciar mi discurso?
El otro respondió suavecito que tal vez había llegado el momento de mostrar entereza.
8
A lo lejos distinguí una mancha clara en movimiento. Fue una visión fugaz, pero no un engaño de los sentidos o un invento de mi ansiedad.
Seguí andando con la mirada puesta en ese borrón que, conforme me aproximaba, se iba delineando. Sentía las gotas de sudor en la frente y en el cuello.
Caminaba cada vez más despacio. Cuando descubrí que la mancha era un lobo plateado, me quedé clavado en el suelo.
De no ser por el vaho que expulsaba por la boca y la nariz, habría podido pasar por un animal disecado.
Sentado sobre sus cuartos traseros, muy erguido, esperaba pacientemente.
Su pelaje gris perla era casi blanco en el vientre y en el cuello. Tenía los ojos celestes y el hocico afilado.
Era la viva imagen de la inexorabilidad.
Se puso en pie y, lanzando un gruñido apagado, se situó en mitad de la galería.

Bueno, me dejas tan intrigado como al principio, pero la verdad es que el relato me ha encantado.Has creado un clima de verdadera angustia que trasciende al mismo relato. Un diez, si señor
Gracias, Gonzalo. Se trataba de crear un clímax. El lector acompaña al protagonista o a los protagonistas, puesto que se produce un desdoblamento desde el principio, en esta aventura.
Hay relatos que acaban en un desenlace. Otros en el punto más alto de la acción, como sería este caso.
Me atrae escribir este tipo de relato en el que la explicación, suponiendo que sea necesaria, la pone quien lo lee. Un tipo de relato abierto con ramificaciones poéticas, oníricas y psicológicas.
Tú mismo puedes resolver la intriga, o contribuir a resolverla. Si te animas, comparte tus conclusiones.
Lo que propones no es fácil, yo creo que ese al que llamas «el otro» es , o puede ser, el ser superior del protagonista que casi siempre está callado pero observa continuamente y se manifiesta en los momentos importantes dando las claves sobre cual es el comportamiento adecuado, las pautas correctas que se deben seguir.
En cuanto al relato, es como la descripción de un mal sueño que podría ocurrir la víspera de un examen que deseas superar a toda costa pero sobre el que tienes serias dudas en cuanto a los resultados. También me sugiere un camino iniciático lleno de pruebas desconocidas e inesperadas que son necesarias superar para pasar a la siguiente.Los guardianes de los misterios son inexorables y solo dejaran pasar a aquellos que superen las duras pruebas a las que serán sometidos. El temor a lo desconocido, a la muerte, está latente todo el tiempo pero el protagonista sabe que es preferible morir antes que seguir en un estado de ignorancia. No sabemos el resultado, pero si sabemos que, pase lo que pase, el protagonista nunca volverá a ser el mismo.
Sabemos que, pase lo que pase, el protagonista no va a retroceder. Ya ha tomado la decisión, que tanto trabajo le costó.
Ahora soy yo quien tengo que darte un diez por tu interpretación. Aunque estuviese implícito, no se me había pasado por la cabeza identificar a ese «otro» con el ser superior del protagonista, es decir, con una dimensión que lo conecta con la trascendencia. Una especie de «daimon», con toda modestia y salvando las distancias, como el que aconsejaba a Sócrates en los momentos claves. A Sócrates le decía lo que no debía hacer, aquello de lo que debía abstenerse. Por cierto, el filósofo siempre le hacía caso.
La ignorancia es, en efecto, una forma de muerte. La ignorancia deliberada, aquella en la que uno se mantiene porque le resulta más cómodo, porque le conviene. Pero para acabar con ese estado hay que arriesgarse, descorrer los velos, pasar unas pruebas que, en el relato, están encarnadas (o supervisadas) en esos guardianes, a los que no se puede engañar porque, como habrás observado, no utilizan los recursos convencionales (asociados a conocimientos al uso, aquellos a los que se había agarrado el protagonista antes de dar el paso) para aprobar o suspender, sino unas instancias mucho más profundas y verdaderas: el instinto y la intuición. Los examinadores son un perro y un lobo. No hay que añadir que es más fácil camelar a un ser humano que a un animal, el cual detecta rápidamente nuestros sentimientos primarios.
Me demoré en leerlo pero lo hice. Al principio no lo entendí, pero después ya agarré vuelo como decimos acá. Me gusta como has escrito este relato, como se dibujan los espacios físicos en la mente y el modo en que el mundo sicológico del protagonista llega a parecerse al de uno mismo. Es de agradecer poder encontrar relatos en los que los lectores podamos aportar con algo a lo que va ocurriendo y para ser franca, me encantaría saber cómo va a examinar el lobo al protagonista…
El relato tiene, en efecto, una dimensión psicológica y, como decía en otro comentario, onírica. Me parece muy acertada tu apreciación de que en él «se dibujan los espacios físicos de la mente». Desde luego, los espacios mentales e interiores.
De nade vale, hablando desde el punto de vista de la eficacia literaria, explicitar las intenciones (se dice que el infierno está lleno de ellas y, además, de las buenas), pero la mía es profundizar en la naturaleza humana e incluso, y ya sé que esto suena desatinado, vislumbrar una salida.
Si el relato es abierto, el lector, como tú has hecho en este caso, puede aportar mucho, puede sorprender al autor y a otros lectores.
No hace falta decir que hay lectores más inteligentes y sensibles que los autores. Borges se vanagloriaba de ser uno agradecido.
Te doy las gracias por tu valoración crítica que, como siempre, me hace reflexionar, repensar lo que he escrito y disfrutar con tu comentario.
El hermoso lobo plateado es un animal implacable. No se trata del perro bonachón que se limita a «oler» el miedo del protagonista para saber si puede continuar o si es mejor suspenderlo, y mandarlo de vuelta a su casa.
Ante el lobo, el examinando va a tener que demostrar su valor. O de mostrar entereza, como le dice su voz interior. Va a tener que actuar.
That’s an all around well written post!
Siento no poder responderte en inglés, lengua en la que mis conocimientos son harto limitados, pero como veo que entiendes bien el español, lo hago en ésta. Many thanks.
I do not disagree with this writing.