Habla Borges del poeta menor de la antología, pero sus reflexiones son aplicables a cualquier hombre que no vio cumplidos sus sueños.
En el caso del poeta menor quedará una palabra en un índice. En el del ser humano corriente ni siquiera eso. Pero tal destino no es una desgracia. Es, por el contrario, una gran fortuna.


¿Dónde está la memoria de los días
que fueron tuyos en la tierra, y tejieron
dicha y dolor y fueron para ti el universo?
(…)
Entre los asfodelos de la sombra, tu vana sombra
pensará que los dioses han sido avaros.
Pero los días son una red de triviales miserias,
¿y habrá suerte mejor que ser la ceniza,
de que está hecho el olvido?
(…)

Me han dado vértigo estos versos…
El poema acaba con un par de versos, que no he transcrito. Aluden a la razón de ser del poeta, a la experiencia fundacional que justifica y da sentido a su vida. La mayoria de nosotros seremos pasto del olvido; unos pocos no lo serán por poco o mucho tiempo. Pero en el caso del poeta, aunque se trate del último mono de la antología, lo que lo redime, lo que lo engrandece, en palabras de Borges es:
«En el éxtasis de un atardecer que no será noche,
oyes la voz del ruiseñor de Teócrito».
Lo decía porque me llevó a la reflexión de lo poco que somos y de cómo se nos va «el universo». Los que sois poetas tenéis la suerte de atraparlo en vuestros versos.
¿Quién no ha oído la voz del ruiseñor de Teócrito e incluso ha sentido el deseo de ponerse a cantar él mismo? Y ha hecho el intento. Otra cosa son los resultados.