
Rufo Fernández llegó a Argentina hace muchos años. De mediana edad, amable y servicial, este asturiano soporta las bromas sobre su soltería con buen humor, consciente de su improbable cambio de estado civil.
El panorama es magnífico. El mar encrespado y gris se extiende ante Rufo. Por encima de su cabeza, los nubarrones parecen otro mar igualmente gris. El restallar de las olas se mezcla con los gritos de las aves marinas.
En la playa, las gramíneas se doblan y se enderezan sin descanso. Detrás de las dunas están las casas de madera.
Cuando los Leyva lo invitaron a pasar unos días en el sur, no lo dudó un momento. Era un viaje largo, pero valía la pena. Sentía una atracción inexplicable por esa región meridional. “Un sur que para mí es un norte” se decía.
Había hecho el trayecto en avión desde Buenos Aires con unos amigos de los Leyva, que tenían también una casa de madera en esa remota región, adonde iban en cuanto podían permitírselo.
A Rufo le resulta difícil comprender que una pareja tan habladora y extrovertida como los Falcón se refugie en este lugar, al que le cuadran muchos adjetivos, pero no el de turístico.
Se vuelve y contempla a los dos matrimonios. A su lado, sobre unas trébedes, hay un caldero en el que se hace un guiso de pescado. Las llamas del fuego y los largos tallos de las gramíneas bailan al unísono.
Mónica Leyva mira cómo burbujea la bullabesa, aspira su aroma y hace un comentario.
Rufo se acerca al grupo y dice: “Sólo pensáis en comer”. Él aprecia la buena mesa, pero hoy no para de dar vueltas a un asunto.
Tiene noticia de una playa donde vive una colonia de pájaros bobos.
Los Leyva y los Falcón lo escuchan y, aunque no comparten su interés, acceden a hacer la excursión.
Hay pájaros bobos por todos sitios. Con sus largos y afilados picos. Moviendo la cabeza a un lado y a otro.
Rufo es el único que se adentra en esa aglomeración de aves. Va de aquí para allá hasta que se pierde detrás de un montón de rocas.
Y ahí está, al socaire. Con sus ojos redondos en su cara redonda. Con su nariz pequeña y ganchuda. Con el firme trazo de sus labios apretados. Erguido e inmóvil. Sin parpadear. Con un cuervo de brillante plumaje en las manos.

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Wow! Ahora estoy inglesa para mis expresiones! wow! qué final!
Te prometo que me imaginé que el tipo se moría, que caía al precipicio! (al parecer me quedé en el dramático final de las Encinas Secas).
Sorprendida con el final, identificandome con el estado civil de Rufo 🙂
Rufo va buscando otra cosa. Y tal vez la ha encontrado. A lo mejor no la que él esperaba, pero en cualquier caso una respuesta. Si el final, como indicas, es sorpresivo, para mí es una prueba de que el cuento funciona. Porque de eso se trata: de abrir una puerta a la imaginación.
En cuanto a los estados civiles, mi experiencia es que la vida da muchas vueltas.