Te asaltan a deshora
Cuando menos lo esperas
Cuando estás distraído
Cuando no tienes fuerzas
Te tienden emboscadas
En mitad del camino
En mitad de la noche
Espectros vengativos
Quieren beber tu sangre
Insaciables vampiros
Convertirte en un títere
Tenerte sometido
Esas apariciones
Emponzoñan el alma
Visitantes no gratos
Silenciosos fantasmas
Que impunemente actúan
Dondequiera que vayas
Te persiguen sin tregua
Colonizan tu casa
Vaya, los demonios andan sueltos y hay que atarlos cortito para que no den mucho la lata. Está muy bien el poema, buenísimo
Sí, más cuenta trae atar cortos a los demonios y a las fieras. Pero los del poema son más bien fantasmas que, como es sabido, atraviesan las paredes y no se dejan apresar por cadenas ni grilletes. Van y vienen a su antojo. Aparecen y desaparecen como la Santa Compañía por la fraga gallega. Cuando crees haberte librado de ellos, emergen como medusas del fondo de tí mismo. Y ahí se quedan flotando, ante tus narices, tal vez sonriendo socarronamente. Eso es difícil de averiguar, pues van cubiertos con una sábana blanca de los pies a la cabeza. Pero yo diría que sí, que sus labios esbozan una mueca sarcástica.
En mi vida hubo una época de fantasmas y aparecidos, que volvían de vez en cuando a martirizarme la existencia, pero poco a poco fui aprendiendo de ellos y cuando volvían les abría la otra puerta rápidamente hasta que aprendieron a pasar de largo….
Pero me tomó un buen tiempo…
Es una buena técnica. Ellos entran y tú le abres otra puerta para que salgan. Puesto que son visitantes indeseados, ése es el trato que merecen. Recordaré tu táctica para cuando uno de esos fantasmas pretenda amargarme la existencia. Lo mejor es saludarlos y despedirlos, no sin antes recordarles que ésta no es su casa sino la nuestra.