Aprendimos a amarlas
porque en ellas montados
cruzábamos el cielo.
Cedimos a su encanto
porque el azul
nos atraía irresistiblemente.
Su mensaje comprendimos mirándolas
sin parpadear.
Por entonces no existía otro amor
que el amor a la altura,
de la que nos hablaban
las simas de este mundo.
A leer empezamos en ellas
las líneas de nuestro destino,
deletreando con júbilo
las primeras palabras.
Si alguna vez
les hemos sido infieles,
preferimos tenerlo en el olvido.
Odiosa es la traición,
odiosa y degradante.
Si hemos incurrido en esa bajeza,
habrá sido sin duda
por apartar la vista
de esas blancas ciudades que flotan en el aire.

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Qué dramático el modo de describir la traición… bonito poema, parecía simple, pero es intenso…
Gracias, Pilar.
La traición, sobre todo a nuestros propios principios, es siempre odiosa y degradante. Es verdad que el ser humano es incoherente y contradictorio, pero no debería se un judas.