El mar es una presencia. Lo percibía contemplándolo desde la costa y soñando con la navegación de altura.
Con su perenne murmullo, con su palpitar incesante, se transformaba en una realidad interior.
Luego miraba el sol o las estrellas que un día me marcarían el rumbo.
El mar es una poderosa presencia. Él es el amo y tú un servidor.
El mar es una presencia constante. No me refiero a los cabeceos, balanceos y bandazos con que zarandea a la nave.
Es una invisible compañía. Duermas o veles, hables o calles, siempre está ahí.
He atracado en puertos lejanos e invernado en regiones desconocidas. Casi todos los mareantes dicen que lo hacen por dinero, por comerciar, por ganarse la vida.
Yo decía que buscaba una isla de cuya existencia tenía constancia por unos mapas antiguos. E incluso daba su nombre: Kara.
Me preguntaban entonces qué había en Kara que la hacía tan codiciable. ¿Minas de diamantes, raras especias, pájaros exóticos?
Mi respuesta los movía a risa. Pero era una explicación e incluso los más burlones dejaban de molestarme.
Les decía que en la ubérrima isla de Kara se vivía sin hacer nada.
Contaba eso como podría haber contado que quería llegar al lugar por donde se pone el sol.
La verdad es que navego para sentir más intensamente la presencia del mar. Para glorificar su poder.
Mi pequeñez encuentra cobijo en su grandeza. Este gesto de sumisión me proporciona más felicidad que toda la que pudiera encontrar en la fabulosa isla de Kara.

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«mi pequeñez encuentra cobijo en su grandeza»… me gusta la historia, tal vez porque soy un poco como el nauta? Es probable.
Tal vez porque, como él, todos nos sentimos pequeños ante la inmensidad del mar o bajo la grandiosidad del cielo estrellado.