Me acusaron de cobarde. Yo también lo pensé. Un hombre que prefiere hacerse a la mar en vez de hacer frente a su realidad puede pasar por eso o por un vulgar aventurero.
¿Qué motivos tenía para partir? ¿Y partir adónde?
Medio en serio, medio en broma, replicaba que sentía el llamado de las aguas vivas.
Aunque mis convecinos no lo sospechasen, yo había estado aguantando precisamente por compartir su opinión.
Un día compré una rosa náutica. Me pasaba el tiempo contemplándola, sobre todo de noche, cuando la ciudad se esfumaba en el silencio y en la oscuridad. Era un grabado corriente con los treinta y dos rumbos en forma de rosa o estrella.
Luego compré una brújula que llevaba siempre en el bolsillo. Y del techo de mi habitación quité la lámpara y colgué un farol.
También empecé a escribir en un cuaderno. Las anotaciones eran variadas y con frecuencia absurdas.
Me hice con una buena colección de mapas y cartas de marear. El dueño de la librería me preguntó para qué los quería puesto que yo no era navegante. Para estudiarlos, le respondí.
Un día zarpé. Ni yo mismo lo creía. Tenía miedo.
Estuve tres días consecutivos al timón, sin pisar el camarote donde entré una sola vez para dejar mi petate. Tres días respirando pausadamente para controlar mi ansiedad.
No buscaba puerto ni tenía destino. Las cartas, los compases, el sextante permanecían olvidados en la mesa.
No buscaba islas ni plácidas ensenadas. Navegaba por el gusto de navegar. A veces imaginaba que las corrientes eran delfines y los vientos hipocampos que tiraban de la nave. Ellos patroneaban y yo disfrutaba de la travesía.

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Sí, soy como el nauta de tu cuento!!
Todos somos nautas, pero hay diferentes clases. En esta serie he intentado dibujar cuatro tipos. Creo que éste último es el más idealista y desprendido. El más auténtico en el sentido de que «navega por el gusto de navegar».