I
Sobre las mieses que amarillean
su tamborileo.
Sobre los juncos de la ribera
su fresca mano.
Sobre el ceño arrugado de los hombres
desciende
como un querubín mofletudo y juguetón.
Ella sabe de canciones de cuna
que susurra entre los eucaliptos.
Ella se posa sobre las flores y las hojas
que son diminutos toboganes
en su honor.
Su salmodia en los tejados
la envidian los músicos más afamados,
que en ella se inspiran
para componer sus propias melodías.
Sobre los cerros pelados y resecos
su canto persistente.
Sobre el lomo del dinosaurio
y otros animales antediluvianos
su teclear de secretaria eficiente.
Sobre los labios entreabiertos
y las manos extendidas,
la paz de su contacto.

Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported

Qué hermoso! Cuánta frescura para empezar la mañana, me vino a la mente una lavandera jugando con las gotas de rocío! Un abrazo enorme
Bonita imagen la de la lavandera jugando con las gotas de rocío. Soy un enamorado de la lluvia, siempre y cuando no sea torrencial. Este poema se puede entender como un homenaje a ella, naturalmente. Un abrazo.
El juego de imágenes, de símbolos hacen tan delicioso este primer poema de esta nueva serie, Antonio, que sólo queda decir: hermoso. Y en castizo español: «Me quito el sombrero». Abrazo fraterno, cher Antonio.
Gracias, Ernesto. Este poema, que es una celebración de las bienhechoras virtudes de la lluvia y de su inagotable riqueza estética, apareció completo hace tiempo en una revista cordobesa. Me pareció largo. Por eso lo he dividido en dos partes, de las que hoy publico la segunda. Un abrazo.