VIII
Aunque ciertamente ningún bando lo quería en sus filas cuando jugaban a marro, el que se veía en el brete de incorporarlo no se arrepentía.
El zangolotino, dada su complexión, era presa fácil para un corredor mediano, pero su falta de agilidad y rapidez la suplía con su euforia que contagiaba a los miembros de su equipo haciéndolos redoblar sus esfuerzos y realizar increíbles hazañas, así como también con una notable perspicacia a la hora de planear jugadas.
Posteriormente nadie le reconocía sus méritos, lo cual no parecía importarle demasiado. Con su sonrisa bobalicona escuchaba los comentarios sin que se le pasara por la cabeza reivindicar su aportación que otro se apropiaba, que era minimizada por las proezas físicas con que otros chavales se cubrían de gloria, o que quedaba diluida en el contexto general del encuentro.
Pero donde brillaba su ingenio era en la construcción de represas y en todas las actividades que implicaran habilidad manual.
Mengano que no comparte en absoluto la opinión de fulano respecto a este niño de aire tranquilo y bonachón, siempre dispuesto a colaborar, cuenta entre sus recuerdos más felices las lluviosas jornadas pasadas en su compañía.
Repartidos en grupos que no sobrepasaban los tres o cuatro miembros, se dedicaban a embalsar el agua de los arroyos. Una vez realizados dichos trabajos de ingeniería, se hacía un estudio comparativo de los mismos para dirimir la delicada cuestión de cuál era el mejor.
Normalmente no se llegaba a un acuerdo. El amor propio de los participantes, aparte de impedirles ser imparciales, aguzaba su capacidad técnica convirtiéndolos en verdaderos expertos en descubrir fallos y fullerías.
No era insólito que este examen acabase en la destrucción a patadas de uno o varios de estos rudimentarios pantanos por motivos de vanidad o de envidia.

Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.
Bosque, estás nominado 😉
Muchas gracias, Judith, por tu nominación. Es una gentileza por tu parte que te agradezco de corazón. Saludos cordiales.
La historia de este niño, sus interrelaciones, es una aguda metáfora para muchos contextos humanos.
Me place esa observación. Eso quiere decir que el relato trasciende las meras anécdotas que en él se suceden. Pero lo primero para mí, como escritor, ha sido el estudio del personaje, el compromiso de profundizar todo lo posible en su alma, en su individualidad. Eso y plasmar la época en que se darrolla la acción con fidelidad, respeto y cariño.
Tengo casi la impresión que se nace zangolotino, que no se puede aprender ni desaprender. El personaje lo lleva además bastante bien. Curiosamente.
Y, sin haberlo esperado, tiene su lado ‘espiritual’, a lo mejor sin darse cuenta el mismo… Pues, si no me equivoco.
Podría replicar que se nace buena o mala persona. Pienso más bien que la vida es un aprendizaje. El mito del buen salvaje me parece eso: un cuento chino. Pero es verdad que el zangolotino, este zangolotino, tiene un indiscutible fondo de bondad. Decir un ramalazo de santón me parece exagerado. Sí tiene, como tú apuntas, una faceta espiritual que no sólo lo redime a él sino también a su entorno.
🙂 Me gusta cada vez más.
Y sigo leyendo con avidez esta gran narración tuya, Antonio, ansiando la siguiente entrega. Espero estés consciente de que este texto nacido de tu hermoso ingenio tiene todo el cariz de una obra maestra: en estilo, en contenido y por la forma como enfocas el tema.
Abrazo enorme, querido amigo.
Valoras el relato no sólo con los ojos del experto literario, sino también con los del amigo, lo cual te agradezco. «El niño zangolotino» es un texto trabajado y sentido. El hecho de que cree en ti la expectativa de seguir leyéndolo es para mí una gran recompensa. Un fuerte abrazo.
Otro enorme abrazo para el amigo y con admiración para el sentido escritor que eres, cher Antonio.