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Archive for the ‘Cuentos’ Category

La navegación – El tercer nauta

El mar es una presencia. Lo percibía contemplándolo desde la costa y soñando con la navegación de altura.
Con su perenne murmullo, con su palpitar incesante, se transformaba en una realidad interior.
Luego miraba el sol o las estrellas que un día me marcarían el rumbo.
El mar es una poderosa presencia. Él es el amo y tú un servidor.
El mar es una presencia constante. No me refiero a los cabeceos, balanceos y bandazos con que zarandea a la nave.
Es una invisible compañía. Duermas o veles, hables o calles, siempre está ahí.
He atracado en puertos lejanos e invernado en regiones desconocidas. Casi todos los mareantes dicen que lo hacen por dinero, por comerciar, por ganarse la vida.
Yo decía que buscaba una isla de cuya existencia tenía constancia por unos mapas antiguos. E incluso daba su nombre: Kara.
Me preguntaban entonces qué había en Kara que la hacía tan codiciable. ¿Minas de diamantes, raras especias, pájaros exóticos?
Mi respuesta los movía a risa. Pero era una explicación e incluso los más burlones dejaban de molestarme.
Les decía que en la ubérrima isla de Kara se vivía sin hacer nada.
Contaba eso como podría haber contado que quería llegar al lugar por donde se pone el sol.
La verdad es que navego para sentir más intensamente la presencia del mar. Para glorificar su poder.
Mi pequeñez encuentra cobijo en su grandeza. Este gesto de sumisión me proporciona más felicidad que toda la que pudiera encontrar en la fabulosa isla de Kara.

 

 

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Mi único deseo era levar anclas y hender los mares. Cuando cerraba los ojos, veía cómo mi balandro tendía las velas. Esta imagen me producía un regocijo íntimo.
Y llegó el día de izar el foque y adentrarme en la parte acuática del mundo.
Pronto comprendí que la navegación no era sólo desatracar y marinear. Para que tuviese sentido y no fuese el periplo de un loco, tenía que haber algo más.
Tenía que haber un destino. O una misión, como me dijo un viejo capitán. Era necesario marcarse una y cumplirla. De esta forma, los imprevistos y las dificultades del viaje no serían meras sorpresas desagradables sino las ineludibles pruebas que hay que superar.
El océano está lleno de peligros. Podemos encallar o ser el juguete de los vientos. Perder el rumbo y tardar días o semanas en recuperarlo. Podemos fondear en un puerto, recibir una visita de sanidad y, por oírnos toser o vernos acalenturados, declarar el barco en cuarentena.
A ese viejo capitán de cabellos blancos y finos que la brisa alborotaba, le pregunté cuál había sido el objetivo de sus viajes.
Tenía la cara surcada de finas arrugas. Sus ojos estaban fijos en el oleaje. Se llevó la mano al pecho. Debajo del jersey negro tenía un objeto que colgaba de una cadena. Me lo mostró. Era una cruz con una amatista en el extremo de cada brazo.
En el centro de la cruz había un círculo con un nombre inscrito. Tuve tiempo de ver que estaba formado por cuatro consonantes, cada una situada en un punto cardinal, y por tres vocales en diagonal.
“¿Es el nombre de una persona, de una ciudad, de un santuario tal vez?” le pregunté.
“Tal vez” respondió, “pero qué importa eso”. Y tras una pausa añadió: “Esta cruz tiene su historia”.
Cuando dijo esto, ocurrió algo extraño. El viejo encorvado y frágil se transformó en un joven erguido e intrépido al que era fácil imaginárselo surcando los siete mares.
Esta visión se desvaneció pronto pero nunca se ha borrado de mi memoria.
El capitán me contó que había circunnavegado el globo catorce veces Ni una sola tuvo una travesía tranquila. Pero no quería hablar de sus penalidades. Todas las daba por buenas.

 

 

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La navegación – El primer nauta

Más que un nauta soy un náufrago. Mi barquito chocó contra un arrecife que perforó el casco.
Sólo podía pensar en mi salvación. Una vez arrojado al mar, sería el juguete de las olas que, más pronto o más tarde, me engullirían.
Durante la eternidad de un instante viví la zozobra de quien sabe que su viaje ha tocado a su fin.
Mi barquito se iba a pique. Mi obsesión era sobrevivir. Me aferré a una tabla y a cierta distancia fui testigo de cómo el mástil disminuía de tamaño y desaparecía en el fondo del mar.
Ignoro cuánto tiempo estuve a merced de los vientos y de las corrientes, que me llevaron a un islote rocoso, frecuentado por las aves, donde pude descansar. Pero no podía quedarme en ese peñasco yermo. Me confié a mi tabla y me eché de nuevo al mar.
Después de ese islote vinieron otros. Yo no paraba de soñar con Tierra Firme.
Llegué a una isla donde vivía gente. Una isla donde podía haberme establecido. Allí trabajé duro y, cuando reuní el dinero suficiente, compré un velero.
En esa isla había problemas de convivencia. Donde hay hombres, hay siempre envidias, ambiciones, rivalidades. Y todo eso desemboca inevitablemente en enemistades y riñas.
Cuando has sido un náufrago, y como tal te sigues sintiendo, resulta difícil acostumbrarse a ese ambiente enrarecido.
Esperaba que me diesen información para llegar a Tierra Firme, el continente inmenso con el que seguía soñando.
Los habitantes de la isla me suministraban datos contradictorios. También eran proclives a divagar y perderse en conjeturas. Lo cierto era que ninguno había estado en Tierra Firme.
Yo les decía a todo que sí. No tenía interés en desmontar sus argumentos ni en señalar sus incoherencias. No quería discutir.
En una ocasión encontré a uno que sabía realmente algo. Pero era callado. Su charla, por llamarla de alguna forma, estaba llena de paréntesis tan largos que uno la daba por acabada aunque la última frase estuviese incompleta.
A este navegante taciturno no le gustaba compartir sus conocimientos. Pensaba que cada uno debía adquirirlos a costa de su propia experiencia.
Yo no era tampoco uno de los locuaces isleños. Yo era también de pocas palabras, como ese marinero que pasaba las horas mirando la vastedad marina. Pero yo era joven y estaba decidido a llegar a Tierra Firme en mi flamante velero.

 

 

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El alien

La gente no sabe qué clase de engendro es. Ni siquiera los que se declaran especialistas en monstruos. Ni tampoco los que han tenido alguna vez en su vida una mala experiencia con animales.
No hablo de perros ladradores ni de caballos espantadizos.
Hablo de una criatura que, tras hacerme morder el polvo, se introdujo dentro de mí y ahí vive desde entonces.
Entre él y yo hay una guerra sin cuartel.
Adondequiera que voy me acompaña mi inquilino. Adondequiera que voy no se priva de mostrarme sus grotescas facciones ni me libro de bregar con sus intolerables exigencias. En todo momento y en todo lugar hace valer su poder y extiende hacia mí sus brazos como tentáculos.
La gente no sabe la energía que consumes tratando de sustraerte a su influencia.
Desde el lejano día en que ese monstruo bostezó y lanzó su primer zarpazo, no he conocido la paz.
Es mi espada de Damocles que, en cuanto me descuido, se abate sobre mi cabeza. A veces, la suerte o un quiebro providencial me ahorran el golpe. O el percance se reduce a una herida en el hombro o un rasguño en el brazo. Otras veces no salgo tan bien parado.
Por eso resultan tan chuscos los consejos que, bienintencionadamente sin duda, me dan. No le hagas caso, me dicen. Sobreponte. No pienses en él. En realidad ocurre lo contrario. Es él quien no deja de pensar en mí. Quien no me pierde vista.
Cómo me gustaría abrir las puertas de mi nave para que esa aberración sea absorbida por el espacio exterior, como en la película. Hasta ahora no he tenido éxito.
En cuanto a esos especialistas y a esos paladines que presumen de matar dragones y domesticar toda clase de alimañas, aunque se les llena la boca de armas mortíferas y estrategias infalibles, ninguno de ellos ha conseguido tampoco expulsar al okupa.
Cuando el alien dormita, puedo hacerme el valiente y afirmar que no le tengo miedo ni me voy a arrugar cuando entorne los párpados. Mi experiencia me confirma que esa declaración no es más que una bravuconería.
Si el inquilino cabecea somnoliento o anda perdido por los recovecos de mi ser, eso significa que puedo hacer una vida más o menos normal. El resto son fantaseos y ganas de buscarle tres pies al gato.

 

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Recordó la primera vez que tomó un dry-martini en el hotel Knickernoker. Le aburrían las polémicas sobre las proporciones idóneas del cóctel. Una parte de vermut y dos de ginebra. Una y cinco. Una y siete.
Se levantó del sillón y se sirvió una copa de ginebra, sin vermut y sin esa tontada de la aceituna. Dio un trago aspirando el aroma a bayas de enebro y se sentó.
Alejado de la política y de sus amigos y de sus conmilitones y de sus enconados detractores, tenía tiempo sobrado de pensar.
Dio otro trago mientras contemplaba el secreter, un valioso mueble del siglo XVIII, con infinidad de cajones y escondrijos, donde había documentos y cartas con los que podía poner en un brete a más de uno. Había planeado escribir un libro.
¿Valía la pena teniendo en cuenta que había sustituido sus impecables trajes, sus camisas blancas y sus corbatas de seda por un cárdigan y unos pantalones de franela?
Había roto con su mentor no por divergencias tácticas o por un choque de ambiciones sino por cuestiones teóricas.
Percy no aceptaba que el mal fuese interpretado como una banalidad. Le escandalizaba su justificación como un daño colateral de la ignorancia. Su experiencia le demostraba que el mal es una entidad.
No podía negar que sentía la tentación de hacer algunos ajustes de cuentas.
Apurando la ginebra se dijo: “La tentación de convertirme en otro eslabón de esa cadena infernal”.
Miró el secreter con su tablero extendido. Y luego las botellas de ginebra y de Martini en una bandeja.
Tras echarse otra copa, se dirigió a la biblioteca y cogió un libro, el primero que se le vino a la mano, uno de Dostoievski.

 

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Empecé a preocuparme. Corrió la voz de que había que encontrar al responsable de esta calamidad, al culpable de que sobre la aldea se hubiese abatido esta desgracia.
La gente explotaba por cualquier motivo. También los caballos tenían los nervios a flor de piel y se peleaban sin razón aparente. Hombres y bestias estaban volviéndose locos.
Los primeros estaban siendo atacados por una peculiar forma de demencia. Iban con un freno en la boca, como si estuvieran a punto de desmandarse. Era una imagen penosa que no tenía nada de cómica.
Sus miradas no presagiaban nada bueno. Se daban cuenta de que yo no había sucumbido a ese concierto infernal, y se preguntaban por qué.
Sufrían vértigos espantosos que los dejaban exhaustos y empapados de sudor. Contaban que los árboles, las cabañas, los animales se deshacían en líneas sinuosas que se multiplicaban hasta el infinito, o bien disminuían de tamaño hasta ser engullidos por ellos mismos.
Vivían en una realidad distorsionada. Mi miedo era cada vez mayor. Yo no podía hacer nada por ayudarlos. Estaba seguro de que, si no me linchaban antes, acabaría siendo el único habitante cuerdo de la aldea.

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Nos felicitaron por nuestro éxito del que podíamos sentirnos orgullosos, aunque totalmente no lo estábamos.
No podíamos negar la indeseada ayuda que habíamos recibido. Los grillos nos habían humillado.
Esto, con ser malo, no fue lo peor. Esos bichos se quedaron a vivir en la aldea y bien que se hacían notar frotando sus patas contra sus alas.
Chirriaban día y noche. Su incesante estridor se metía en la cabeza. Llegaba un momento en que eras incapaz de distinguir si su origen estaba dentro o fuera de ella.
El silencio quedó desterrado desde la llegada de esos cabezones que, en una disparatada competición, se ponían a cantar todos a la vez.
Los intentos de atraparlos eran inútiles. En cuanto percibían una amenaza, se callaban y se escondían. Descubrimos que eran muy hábiles excavando galerías subterráneas, en las que empezaron a reproducirse.
El insomnio se extendió como una epidemia. Los tapones en los oídos no impedían que siguiésemos oyendo el chirrido de los grillos. Si conseguíamos adormilarnos, nos despertábamos sobresaltados y de mal humor. Como ese sonido metálico daba dentera, algunos vecinos dejaron de hablar e incluso de comer por estar mordiendo continuamente un pedazo de madera.

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¿Cómo no nos habíamos percatado de su presencia? Eran unos grillos cabezones, negros como el azabache. Se apreciaba en su actitud una íntima satisfacción, como si nuestra perplejidad les resultase divertida.
Si los espantábamos, se alejaban, pero regresaban en cuanto les dábamos la espalda. De vez en cuando, discretamente, rechinaban un poco, lo justo para comunicarse.
Sabíamos que en los marjales había colonias de grillos. Pero éstos eran más pequeños y no abandonaban nunca los lodazales donde vivían.
Estábamos desconcertados. Tras unos momentos de vacilación, reanudamos la captura de los caballos.
En nuestra tarea de encaminarlos a la aldea, contamos con la ayuda de los grillos que, con sus saltos y sus chirridos, contribuyeron al éxito de la empresa.
Apresamos a toda la manada. Los viejos, las mujeres y los niños acudieron en tropel a los corrales. Querían ver a las yeguas y a los potrillos que, asustados, no se separaban de sus madres.
Pero la estrella fue el semental que, encolerizado, piafaba y bufaba sin parar.

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Nos pusimos en marcha antes de que amaneciera, cuando todavía los caballos no han salido de los marjales donde pasan la noche.
Con los primeros rayos del sol, abandonan las tierras anegadas, al este de la llanura, junto al gran río, y se dirigen a los pastizales.
Avanzaban las tropillas encabezadas cada una de ellas por un semental. Dejamos que se desperdigasen.
La manada elegida estaba compuesta por unos treinta animales, sin contar los potrillos.
Los fuimos cercando sigilosamente. De vez en cuando soplaba una brisa racheada que podía crearnos problemas.
Nos habíamos repartido en dos alas que debían unirse en una sola línea con el objeto de cortar la retirada a los caballos. Había que impedir que regresasen a los marjales, en cuyo caso la expedición habría fracasado.
El semental advirtió algo extraño y empezó a dar zapatazos. Los golpes en el suelo alertaron a sus congéneres, que dejaron de comer.
Detuvimos el avance y nos agazapamos entre las gramíneas o nos escondimos tras los escasos arbustos de la llanura.
Se produjo una escapada. Los machos iban los primeros, seguidos de las yeguas flanqueadas de los potros.
Tras una carrera no demasiado larga, el semental se alzó de manos y detuvo la huida. Luego dio un par de coces. Lo mismo hicieron otros caballos, que se pusieron también a relinchar.
Nosotros no podíamos ser la causa de ese comportamiento. Miramos a nuestro alrededor y descubrimos que no éramos los únicos perseguidores.

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El Jefe estaba en la cabaña. Me quedé en la puerta.
El Chamán es robusto y achaparrado, de hombros anchos y manos grandes. Como cualquier otro habitante de la aldea.
Pero hay algo que lo singulariza, algo que descubre su verdadera naturaleza incluso al más lerdo: sus ojos celestes que, dependiendo de la luz, cambian de color y adoptan un tono verdoso.
Me pidió que me sentase en una esterilla, y que me descalzase. Luego se arrodilló y examinó la planta de mi pie derecho, en la que sobresalían esos dos botones negros y ovalados.
El Jefe dijo:
-Parecen dos insectos.
Como le gusta hablar, siguió explicando que él veía una cabeza gorda y un cuerpo alargado.
El Chamán no replicó nada, pero observé un leve cambio de expresión. Una fugaz culebrilla le cruzó la cara.
Cogió su cuchillo, introdujo la punta en el borde de una de las excrecencias y la sacó limpiamente. Luego hizo lo mismo con la otra.
Nos las mostró. Tenían, en efecto, cierta semejanza con un insecto cuyas alas estuviesen pegadas al cuerpo.
El Chamán las arrojó al fuego donde se consumieron sin ruido. El Jefe hizo un comentario jocoso.
Yo contemplaba los huecos que habían quedado en mi pie. No me sangraban ni me dolían. Me preguntaba si podría andar normalmente.
El Chamán me tranquilizó con un gesto de la mano.

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