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Archive for the ‘Una apariencia de normalidad’ Category

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Me costó decidirme. Por dos razones principalmente. En primer lugar, por mi propio carácter demasiado “hamletiano”. Y en segundo, porque la información de que disponía no era precisamente alentadora.
A pesar de las vacilaciones y de los momentos de desánimo, acabé aceptando, sin dejar de preguntarme cada dos por tres quién me mandaba meterme en ese berenjenal.
Todo bastante contradictorio. No quería hacer más indagaciones. Sin embargo, como los oídos no se pueden cerrar, seguía enterándome de algún que otro dato.
En esta situación me puse a trabajar de un modo extraño. Como si no fuera yo sino otro quien debía asumir esa tarea. Como si la hubiese delegado en un “alter ego”.
Y así empecé o empezó a leer, tomar notas, elaborar un plan. Y lo más importante, elegir un tema. De este asunto me encargué yo que era, a fin de cuentas, quien iba a dar la cara.
Como tenía a mi disposición toda la Historia de la Humanidad, desde sus remotos albores hasta esta hora crepuscular y confusa, la elección resultó más problemática de lo que había previsto.
Vuelvo a repetir que no estaba convencido ni me sentía seguro. Mi confianza tropezaba en cada dificultad, por pequeña que fuese.

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Los aspirantes, todos con cara de circunstancias, no éramos numerosos. Aunque había grupos de dos o tres personas, en general predominaban los individuos solitarios, desperdigados por la nave, esperando la hora crucial.
Como no estaba bien visto dejar traslucir los nervios, todos procurábamos transmitir una imagen de tranquilidad.
Yo estaba allí sin realmente estar, sin acabármelo de creer. Incluso, puesto que todavía estaba a tiempo, consideré la posibilidad de retirarme.
Seguramente no era el único que, haciendo gala de control y prudencia, se hallaba en esa situación ambigua. Las sonrisas forzadas y las miradas furtivas confirmaban esta sospecha.

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El círculo estaba iluminado por un haz de luz cenital. La claridad se concentraba en este espacio, dejando en penumbra los rincones más alejados de la nave.
Este pabellón, que recordaba una lonja, formaba parte de un palacio-fortaleza situado en un monte, por el que descendía un muro almenado.
Del exterior no puedo dar más detalles porque, cuando llegamos, era noche cerrada. Y hacía un frío de los diablos.
En la nave, de techo alto, hacía casi el mismo frío que fuera.
Poco a poco fui avanzando hasta situarme a escasa distancia del círculo iluminado. Notaba cómo las miradas de los demás convergían en mí. Cómo me observaban en completo en silencio.
A pesar de la sensación ambivalente que experimentaba, di unos cuantos pasos más.
Desde donde estaba, podía distinguir las resquebrajaduras y desniveles de las placas de pizarra sobre las que se abatía el descarnado haz de luz.

Nota.- En esta entrada puedes leer el cuento completo.

4
Sentado sobre sus cuartos traseros, el mastín nos contemplaba con indiferencia canina. A nuestra aprensión se oponía su impasibilidad.
De hecho, daba la impresión de que sólo reparaba en nosotros de vez en cuando, tras bostezar de aburrimiento y enseñar su lengua rosada del tamaño de un buen filete. O tras levantarse y dar un corto paseo.
Al llegar al límite de la circunferencia, se paraba y se quedaba como un pasmarote. Luego se daba la vuelta y se echaba de nuevo.
El perro, casi tan grande como un San Bernardo, tenía largas guedejas negras, ligeramente onduladas. Su aspecto no era fiero. Por el contrario, parecía bonachón.
Esperaba no haberme equivocado en mi apreciación porque estaba decido a entrar en el círculo.
Como suelo hacer en estas circunstancias, procuré dejar la mente en blanco. No pensar en nada. Abandonarme, en la medida de lo posible.
Es el método más eficaz para no bloquearme. Para no quedar fuera de juego.
Nos habíamos preparado a fondo. El otro había hecho un buen trabajo. Por supuesto, ignorábamos si el planteamiento y desarrollo de la exposición iba a ser del gusto del examinador. Siempre interviene un factor subjetivo cuya importancia no es desdeñable.

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Tan pronto como entré en el círculo, el mastín se levantó y se acercó a mí.
Se detuvo a pocos pasos y, plantado sobre sus grandes pies, me observó.
Así transcurrieron unos minutos que me parecieron horas. Por fin, el perro resopló y meneó su voluminosa cabeza. Al apartar los largos mechones de pelo, quedaron al descubierto sus ojos negros, que tenía fijos en mí.
Hubiese deseado desviar la mirada, pero intuía que era necesario mantener este cara a cara hasta que el perro decidiera otra cosa.
Con un golpe de su hocico me indicó que me situara en el centro, allí donde la intensidad de la luz imprimía un tinte cadavérico a la piel. Incluso la sentía perforándome la coronilla.
El mastín siguió inspeccionándome. A veces, con una ligera sacudida apartaba las negras guedejas que le dificultaban la visión.
En una ocasión, sentí sus belfos rozándome una mano. En otra, su aliento a través de la tela del pantalón.
Cuando hubo acabado su reconocimiento, me dio otro golpe con el hocico para que saliera del círculo.

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Ante mí se extendía un largo corredor pavimentado de grandes lajas de pizarra que rezumaban humedad.
Era consciente de que no podía retroceder.
Los muros eran altos y sin aberturas. El techo, abovedado.
Aunque no fuera necesaria esa comprobación, pasé la mano por los sillares de piedra que estaban mojados. Mi propio vaho se condensaba en una nube.
Me obsesioné con la humedad. La sentía en la ropa, en el pelo. Se me metió en los huesos, provocándome temblores que no podía controlar. Era peor que el frío.
Andaba despacio por miedo a resbalar. Iba pisando huevos, como decía mi madre cuando me quedaba rezagado.
El otro, habitualmente tan callado, dijo que tenía que relajarme. Y me recordó que habíamos superado la primera prueba.
Hice movimientos rotatorios con los hombros y el cuello, que notaba especialmente contraídos. Y a un paso normal seguí avanzando por esa interminable galería.
De trecho en trecho, pegada al muro a bastante altura y protegida por una red metálica, había una bombilla que, como si llevase una eternidad encendida y estuviese a punto de fundirse, arrojaba una luz mortecina.

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Escuché un gruñido y me paré en seco. Conteniendo la respiración, agucé el oído.
Había recorrido un buen tramo de la galería. No sabía, por supuesto, si más o menos de la mitad. Yo tenía la impresión de llevar andando mucho tiempo.
El sonido no se repitió. Con precaución, reanudé la marcha. Sea lo que fuere, tenía que estar preparado.
¿Preparado? ¿Qué significaba esta palabra en semejante situación? ¿Acaso se acercaba el momento de pronunciar mi discurso?
El otro respondió suavecito que tal vez había llegado el momento de mostrar entereza.

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A lo lejos distinguí una mancha clara en movimiento. Fue una visión fugaz, pero no un engaño de los sentidos o un invento de mi ansiedad.
Seguí andando con la mirada puesta en ese borrón que, conforme me aproximaba, se iba delineando. Sentía las gotas de sudor en la frente y en el cuello.
Caminaba cada vez más despacio. Cuando descubrí que la mancha era un lobo plateado, me quedé clavado en el suelo.
De no ser por el vaho que expulsaba por la boca y la nariz, habría podido pasar por un animal disecado.
Sentado sobre sus cuartos traseros, muy erguido, esperaba pacientemente.
Su pelaje gris perla era casi blanco en el vientre y en el cuello. Tenía los ojos celestes y el hocico afilado.
Era la viva imagen de la inexorabilidad.
Se puso en pie y, lanzando un gruñido apagado, se situó en mitad de la galería.

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1
Se lo tenía prometido a mi hijo Raúl desde nuestra llegada a la isla de Maweli, pero, por una razón o por otra, había ido postergando este asunto. Hacía tres meses que nos habíamos instalado y aún no había encontrado el momento de cumplir mi palabra. En definitiva, yo también estaba interesado. No en vano se trata de uno de los atractivos de la isla.
Aunque ese fenómeno natural apenas es conocido fuera de las fronteras de este exiguo país, sus responsables turísticos tienen depositada en él toda su confianza.
Es un acontecimiento curioso y, probablemente, único en su género. No obstante, tengo mis dudas respecto al resultado de la campaña publicitaria en ciernes.
No niego que acuda gente. Pero la respuesta no va a ser masiva como cree Probone, el secretario de Turismo, a quien la boca se le llena de cifras con muchos dígitos. Escuchándolo, se diría que estamos a punto de sufrir una invasión.
En una de las reuniones propuse una diversificación de la oferta turística. Argumenté que los murciélagos producen repeluzno a numerosas personas. Si éste era el único reclamo para su desplazamiento a un lugar tan a trasmano como Maweli, muchas desistirían. Lo cual era una pena, pues la isla cuenta con atractivos indiscutibles.

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Iba pensando en todo esto y me había olvidado de mi hijo, que tenía un juguete en la mano y miraba el paisaje, capaz por sí solo de sacar a la isla del anonimato.
Raúl es un niño afable. Cuando le di un golpecito en el hombro, volvió la cabeza con la sonrisa en los labios. Después se enfrascó de nuevo en la contemplación del bosque tropical iluminado por el sol de la tarde.
El todoterreno avanzaba despacio por la pista de tierra batida. A causa de las lluvias torrenciales, había numerosos baches y protuberancias, sin contar algún que otro socavón encharcado.
− ¿Te gusta?
El niño asintió.
Recordé la primera vez que divisé la isla desde el barco. Estaba en cubierta, echado en una tumbona, leyendo o, al menos, con un libro en las manos.
Durante la travesía habíamos tenido marejada. En ese momento, después de tantos vaivenes, me encontraba increíblemente sereno.
Cerré el libro y me incorporé. A continuación, me puse en pie y me froté los ojos porque no les daba crédito.
Pero no era un espejismo ni una alucinación. Me acerqué a la borda y permanecí absorto hasta que mi mujer me tocó en el brazo.
La isla de Maweli se me apareció como un estallido de vegetación en mitad de océano.
Tras el tumultuoso oleaje, el mar se había alisado, adquiriendo una límpida tonalidad turquesa.
En esa bandeja inmensa que la quilla del barco hendía sin esfuerzo, se alzaba un penacho sombrío de árboles que parecían hundir sus raíces en las profundidades del abismo.

Nota.- En esta entrada puedes leer el cuento completo.

3
No disponíamos de mucho tiempo para llegar al observatorio.
El disco solar estaba a la altura de esos árboles altísimos que, como gigantes en medio de una tribu de pigmeos, sobresalían de la masa forestal circundante.
Por su lado derecho, la pista descendía en un suave talud que acababa en un terreno pantanoso.
Dejé el coche en la explanada que habían habilitado como aparcamiento, y nos dirigimos al mirador, una especie de fortín del Lejano Oeste.
Esta pintoresca construcción en armonía con el paisaje era provisional. Las autoridades habían recurrido a la madera porque era abundante y barata, pero tenían pensado sustituirla por sillares de piedra caliza, un material inexistente en la isla que había que importar.
Con los prismáticos colgados del cuello, subimos los dos cómodos tramos de escalera y llegamos a una espaciosa plataforma, en cuyo antepecho nos acodamos.
El sol se ocultaba tras la selva, desde donde los monos lanzaban agudos chillidos.
Aprovechando que todavía disfrutábamos de suficiente luz, propuse a mi hijo localizar en las horquetas de las ramas y en las grietas de los troncos las delicadas orquídeas de Maweli.
Se trata de una variedad que combina el anaranjado y el violeta. El resultado es de una insólita belleza. Con todo derecho figura en el escudo de este país.

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Pero lo que interesaba a Raúl era el famoso acantilado.
Tras la zona pantanosa, en el mismo lindero de una selva impenetrable, se erguía una cresta rocosa, que había generado multitud de hipótesis científicas a cual más descabellada.
Se podría pensar que la exuberancia vegetal acabaría engullendo esa mole de piedra. Nada más lejos de la realidad. Ni los bejucos ni los manglares cubrían un solo palmo de ese afloramiento.
Sólo los monos lo recorrían saltando de un saliente a otro, con total indiferencia por esa rareza geológica en la que se despiojaban tranquilamente.
A esa hora de la tarde quedaban pocos monos en el acantilado. Los que todavía andorreaban por allí saldrían corriendo de un momento a otro. Esta huída, acompañada del correspondiente griterío, formaba parte del espectáculo.

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La claridad diurna adoptó un tinte rosáceo que presagiaba la caída de la noche.
Durante un rato mi hijo y yo escudriñamos en silencio esa cresta rocosa, perforada de innumerables cuevas, que cobijaba a una nutrida colonia de murciélagos. La mayor del planeta, según la secretaría de Turismo de Maweli.
Este dato está pendiente de las últimas comprobaciones, pero, en cualquier caso, tan populosa y turbulenta como para tener el honor de convertirse en una atracción turística. A esto hay que añadir que los murciélagos tienen el tamaño de un conejo.
Di una pasada con los prismáticos por los manglares y distinguí enjambres de insectos entregados a una frenética actividad. Las compactas nubes, cuando se posaban en un arbusto o en un tronco descolorido, los recubrían por completo.
Raúl exclamó:
− ¡Cuántos mosquitos!
Como creí percibir en su voz una nota de alarma, dije para tranquilizarlo:
−No son mosquitos.
−Entonces ¿qué son?
No tenía ni idea. Seguramente eran mosquitos, ¿qué otra cosa podían ser?

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El cielo pasó del rojo fuego al cárdeno y al gris, mezclando vetas y tonos, como un grandioso calidoscopio que girase lentamente.
Las copas de los árboles se apelmazaron en una compacta masa verdinegra.
Con las últimas luces del día, las bocas de las cuevas se pusieron a arrojar murciélagos en una regurgitación que parecía no tener fin.
Salían de estampía al exterior, como reses a las que hubiesen mantenido apretujadas en un corral y les hubiesen abierto la puerta.
Su vuelo irregular y alocado hacía que uno se preguntase cómo no chocaban unos con otros a pesar de entrecruzarse continuamente.
Considerando que se contaban por miles, un encontronazo se tendría que haber producido tarde o temprano. Pero esa eventualidad, contra todo pronóstico, no se materializó.
Tras desentumecer las alas, regresaron a la pared rocosa, donde se posaron.
En poco tiempo, el acantilado, convertido en gigantesca alcándara, quedó ocupado en su totalidad por los murciélagos.
Los ruidos de la selva se habían apagado. Sólo se escuchaba de tarde en tarde un chillido lejano que moría rápidamente.
Por un momento, la sensación de estar viviendo una pesadilla fue tan intensa que me faltó el aire.
Mucha gente encuentra a estos animales repulsivos e incluso siniestros. Vuelan pero carecen de la gracia de los pájaros. Sus costumbres, como la de pasarse el día colgado cabeza abajo, poco tienen que ver con las del resto de los mamíferos. En fin, son unos híbridos raros que inspiran escasa simpatía.

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De repente, los orejudos abandonaron la cresta rocosa en silenciosas bandadas.
Sería falso afirmar que evolucionaban como un cuerpo de baile o que ejecutaban elegantes piruetas. Pero sus tumultuosos desplazamientos e inusitados giros sugerían los movimientos de una rudimentaria coreografía.
A veces, sin motivo que la justificase, se producía una espantada y los murciélagos salían disparados en todas las direcciones. Luego, se reagrupaban en multitudinarias formaciones en las que se apreciaba un cierto orden.
Sabía que se alimentaban de insectos y frutas, pero no vi un solo murciélago que se adentrara en la selva.
A pesar de sobrevolar constantemente los manglares, no se tenía tampoco la impresión de que estuvieran cazando mosquitos.
Fue entonces cuando uno de los quirópteros se destacó de la turbamulta y enfiló hacia el mirador.

8
Dando pesados aletazos, el murciélago avanzaba en dirección a nosotros.
En Maweli los llaman zorros voladores. Aunque no son tan grandes como estos animales, hay que reconocer que les falta poco.
A medida que se acercaba, su cara se fue perfilando hasta el punto de que pude apreciar a simple vista todos sus rasgos.
Tenía dos grandes orejas rematadas en punta y un hocico que, en efecto, recordaba el de un zorro o un perro. Y unos colmillos de un blanco luminoso. Y ojos enrojecidos, como los de un insomne.
Su vuelo era incierto, pero no había duda de que nosotros éramos su objetivo.
Mascullé que estos animales eran inofensivos. Que no se sabía de ningún caso en que hubiesen atacado a una persona.
El murciélago se puso a revolotear por encima de nuestras cabezas. Yo observaba con aprensión creciente sus idas y venidas.
¿Y si detrás de éste venían más? Desde luego, no pensaba quedarme para comprobarlo.
No me atrevía a desviar la mirada del orejudo, cuyas pasadas eran cada vez más bajas, por temor a que, en un descuido, nos atacase.
Cuando esa careta flotante, en la que sólo distinguía dos ojos sanguinolentos y dos colmillos de inmaculada blancura, alcanzó el punto más lejano antes de dar la vuelta, decidí que era el momento de escabullirse.
Al ir a coger a Raúl por el brazo, creyendo que estaba a mi lado, descubrí que el niño estaba en medio de la plataforma.
Grité azorado que teníamos que regresar al coche sin tardanza.
El niño me miró impasible. Luego, cogió su pistola de juguete que tenía metida en la correa del pantalón. Sosteniéndola con ambas manos, apuntó al murciélago, esperó a que se acercara lo suficiente y disparó.

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