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Cuándo no lo son. Mi amigo Felipe insiste en que éstos son peores, y me anima a contar lo que me sucedió.
Hice el descubrimiento al levantarme. Al principio no me llamó la atención. Estaba amaneciendo y no se veía bien. Podía ser cualquier cosa.
Se trataba de una mancha oscura a la que no di importancia. Fui al cuarto de baño y luego volví para vestirme.
La segunda vez que miré por la ventana me pareció un bulto flotando en la piscina. Este hecho me produjo extrañeza. Tal vez el viento había arrastrado una o varias prendas de vestir al agua. Pero el tendedero estaba alejado y aquella noche, como confirmaron varias personas, no sopló una ráfaga de aire.
Decidí salir al jardín. A medida que me acercaba, el bulto oscuro se fue perfilando hasta convertirse en un cuerpo humano.
El hombre estaba boca abajo.
Fui a despertar a mi mujer. Le tuve que repetir varias veces que en la piscina había un muerto.
“Alguien que ha saltado la tapia y se ha ahogado accidentalmente” concluí.
Era consciente de que mi explicación sonaba inverosímil. ¿Pero, habiendo cerrado la cancela como hago todas las noches, qué otra cosa podía haber ocurrido?
Según la policía, nadie había escalado la pared ni forzado la cerradura. El hombre había entrado por la cancela.
Cuando hicimos el recuento de los poseedores de una llave, cité a mi hermano, que se fue de la casa familiar y nunca más tuvimos noticias suyas.
Era él, me dijo el inspector. ¿Cómo no lo había reconocido? me preguntó.
Habían pasado muchos años, repliqué. Y aludí también a la lividez y a la desfiguración cadavéricas.
Felipe, que escucha atentamente, musita: “Secretum meum mihi”. Y añade: “Te quitarás un gran peso si lo compartes”. Le digo que no sé a qué se refiere.
No hay ningún secreto. Hasta este último gesto, yo había vivido sin acordarme de mi hermano, centrado en mi trabajo, en mi familia, en mis diversiones. Feliz, creo.

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Aunque sientes el pálpito en el fondo de ti
no logras apresar esa imagen feliz,
justa contrapartida del antiguo esplendor
que un día conociste. Y ahora miras de lejos
la iglesia, el campanario, las calles aledañas,
intentando atrapar su magia, su misterio.
Y miras el paisaje de casas encaladas,
de nidos de cigüeñas, de enmohecidas veletas
que de girar dejaron hace ya tantos años.
Y es verdad que ese pálpito te obliga a detenerte.
¿Qué es eso que musitas, que te dices dolido?
Me digo que no supe darle forma al olvido.
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Me acusaron de cobarde. Yo también lo pensé. Un hombre que prefiere hacerse a la mar en vez de hacer frente a su realidad puede pasar por eso o por un vulgar aventurero.
¿Qué motivos tenía para partir? ¿Y partir adónde?
Medio en serio, medio en broma, replicaba que sentía el llamado de las aguas vivas.
Aunque mis convecinos no lo sospechasen, yo había estado aguantando precisamente por compartir su opinión.
Un día compré una rosa náutica. Me pasaba el tiempo contemplándola, sobre todo de noche, cuando la ciudad se esfumaba en el silencio y en la oscuridad. Era un grabado corriente con los treinta y dos rumbos en forma de rosa o estrella.
Luego compré una brújula que llevaba siempre en el bolsillo. Y del techo de mi habitación quité la lámpara y colgué un farol.
También empecé a escribir en un cuaderno. Las anotaciones eran variadas y con frecuencia absurdas.
Me hice con una buena colección de mapas y cartas de marear. El dueño de la librería me preguntó para qué los quería puesto que yo no era navegante. Para estudiarlos, le respondí.
Un día zarpé. Ni yo mismo lo creía. Tenía miedo.
Estuve tres días consecutivos al timón, sin pisar el camarote donde entré una sola vez para dejar mi petate. Tres días respirando pausadamente para controlar mi ansiedad.
No buscaba puerto ni tenía destino. Las cartas, los compases, el sextante permanecían olvidados en la mesa.
No buscaba islas ni plácidas ensenadas. Navegaba por el gusto de navegar. A veces imaginaba que las corrientes eran delfines y los vientos hipocampos que tiraban de la nave. Ellos patroneaban y yo disfrutaba de la travesía.

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El mar es una presencia. Lo percibía contemplándolo desde la costa y soñando con la navegación de altura.
Con su perenne murmullo, con su palpitar incesante, se transformaba en una realidad interior.
Luego miraba el sol o las estrellas que un día me marcarían el rumbo.
El mar es una poderosa presencia. Él es el amo y tú un servidor.
El mar es una presencia constante. No me refiero a los cabeceos, balanceos y bandazos con que zarandea a la nave.
Es una invisible compañía. Duermas o veles, hables o calles, siempre está ahí.
He atracado en puertos lejanos e invernado en regiones desconocidas. Casi todos los mareantes dicen que lo hacen por dinero, por comerciar, por ganarse la vida.
Yo decía que buscaba una isla de cuya existencia tenía constancia por unos mapas antiguos. E incluso daba su nombre: Kara.
Me preguntaban entonces qué había en Kara que la hacía tan codiciable. ¿Minas de diamantes, raras especias, pájaros exóticos?
Mi respuesta los movía a risa. Pero era una explicación e incluso los más burlones dejaban de molestarme.
Les decía que en la ubérrima isla de Kara se vivía sin hacer nada.
Contaba eso como podría haber contado que quería llegar al lugar por donde se pone el sol.
La verdad es que navego para sentir más intensamente la presencia del mar. Para glorificar su poder.
Mi pequeñez encuentra cobijo en su grandeza. Este gesto de sumisión me proporciona más felicidad que toda la que pudiera encontrar en la fabulosa isla de Kara.

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Mi único deseo era levar anclas y hender los mares. Cuando cerraba los ojos, veía cómo mi balandro tendía las velas. Esta imagen me producía un regocijo íntimo.
Y llegó el día de izar el foque y adentrarme en la parte acuática del mundo.
Pronto comprendí que la navegación no era sólo desatracar y marinear. Para que tuviese sentido y no fuese el periplo de un loco, tenía que haber algo más.
Tenía que haber un destino. O una misión, como me dijo un viejo capitán. Era necesario marcarse una y cumplirla. De esta forma, los imprevistos y las dificultades del viaje no serían meras sorpresas desagradables sino las ineludibles pruebas que hay que superar.
El océano está lleno de peligros. Podemos encallar o ser el juguete de los vientos. Perder el rumbo y tardar días o semanas en recuperarlo. Podemos fondear en un puerto, recibir una visita de sanidad y, por oírnos toser o vernos acalenturados, declarar el barco en cuarentena.
A ese viejo capitán de cabellos blancos y finos que la brisa alborotaba, le pregunté cuál había sido el objetivo de sus viajes.
Tenía la cara surcada de finas arrugas. Sus ojos estaban fijos en el oleaje. Se llevó la mano al pecho. Debajo del jersey negro tenía un objeto que colgaba de una cadena. Me lo mostró. Era una cruz con una amatista en el extremo de cada brazo.
En el centro de la cruz había un círculo con un nombre inscrito. Tuve tiempo de ver que estaba formado por cuatro consonantes, cada una situada en un punto cardinal, y por tres vocales en diagonal.
“¿Es el nombre de una persona, de una ciudad, de un santuario tal vez?” le pregunté.
“Tal vez” respondió, “pero qué importa eso”. Y tras una pausa añadió: “Esta cruz tiene su historia”.
Cuando dijo esto, ocurrió algo extraño. El viejo encorvado y frágil se transformó en un joven erguido e intrépido al que era fácil imaginárselo surcando los siete mares.
Esta visión se desvaneció pronto pero nunca se ha borrado de mi memoria.
El capitán me contó que había circunnavegado el globo catorce veces Ni una sola tuvo una travesía tranquila. Pero no quería hablar de sus penalidades. Todas las daba por buenas.

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