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Posts Tagged ‘aceitunas’

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Por razones laborales teníamos que pernoctar en la ciudad donde trabajábamos. Acabábamos tarde y al día siguiente empezábamos a primera hora.
Por el camino, la conductora propuso que aceptásemos la invitación de otra colega. Aun siendo consciente de que no era una buena idea, no me negué.
No se trataba, por supuesto, de cenar sino de tomar una copa o, como la que convidaba dijo finamente, un aperitivo. La conductora insistió en que estaría encantada de recibirnos a todos en su casa. Puede que fuera cierto.
Mi reticencia se fundamentaba en el conocimiento que tenía de esa colega. Su apego al dinero era “vox populi”. Dependiendo del grado de afecto o de discreción, unos la calificaban de buena administradora y otros de tacaña.
Como a las otras dos les pareció bien la sugerencia de la conductora, no quise pasar por un aguafiestas y me sumé al consenso general.
El aperitivo no defraudó mi recelo. Nos puso de beber cerveza importada de Holanda que estaba en oferta a un precio irrisorio. Sin espuma y floja, parecía gaseosa sin burbujas, pero justo es decir que estaba lo suficientemente fría.
Para picar nos obsequió con unas aceitunas que, según explicó la anfitriona, había lavado en el grifo porque estaban un poco saladas. Y lo seguían estando después del baño. Haciendo gala de prudencia afirmamos, no obstante, que estaban buenas.
Nos sorprendimos cuando nos sacó un plato de queso. Los triángulos alargados formaban un círculo perfecto que elogiamos.
Se trataba de un queso industrial, de pasta semiblanda, de color amarillo pálido. Tal vez no podía alardear de una acusada personalidad, pero tenía buen aspecto.
Cuando comimos el primer trozo, los cuatro, sin poderlo evitar, pusimos una cara extraña.
Al masticar el queso no se apreciaba nada digno de mención ni en un sentido ni en otro, pero al tragarlo dejaba en la boca un regusto metálico, como si te hubieses comido la hoja de un cuchillo.
Los cuatro pensamos lo mismo: ¿nos estará envenenando?
En esto llegó de la calle el marido de la susodicha, que es catalán, lo cual es un dato irrelevante, igual podía ser murciano. De nuestros rasgos deformados por el repelús desvió la mirada a la mesa y comprendió.
“¿No me digas que les has puesto ese queso?” Ella, que no tiene sentido del límite ni del ridículo, con una desinhibición supuestamente festiva, respondió: “A nosotros no nos ha gustado, pero eso no quiere decir que a ellos no tenga que gustarles. Yo lo he puesto. Lo pueden comer o no. De todas formas ¿no íbamos a tirarlo?”.

 

 

 

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