Más que un nauta soy un náufrago. Mi barquito chocó contra un arrecife que perforó el casco.
Sólo podía pensar en mi salvación. Una vez arrojado al mar, sería el juguete de las olas que, más pronto o más tarde, me engullirían.
Durante la eternidad de un instante viví la zozobra de quien sabe que su viaje ha tocado a su fin.
Mi barquito se iba a pique. Mi obsesión era sobrevivir. Me aferré a una tabla y a cierta distancia fui testigo de cómo el mástil disminuía de tamaño y desaparecía en el fondo del mar.
Ignoro cuánto tiempo estuve a merced de los vientos y de las corrientes, que me llevaron a un islote rocoso, frecuentado por las aves, donde pude descansar. Pero no podía quedarme en ese peñasco yermo. Me confié a mi tabla y me eché de nuevo al mar.
Después de ese islote vinieron otros. Yo no paraba de soñar con Tierra Firme.
Llegué a una isla donde vivía gente. Una isla donde podía haberme establecido. Allí trabajé duro y, cuando reuní el dinero suficiente, compré un velero.
En esa isla había problemas de convivencia. Donde hay hombres, hay siempre envidias, ambiciones, rivalidades. Y todo eso desemboca inevitablemente en enemistades y riñas.
Cuando has sido un náufrago, y como tal te sigues sintiendo, resulta difícil acostumbrarse a ese ambiente enrarecido.
Esperaba que me diesen información para llegar a Tierra Firme, el continente inmenso con el que seguía soñando.
Los habitantes de la isla me suministraban datos contradictorios. También eran proclives a divagar y perderse en conjeturas. Lo cierto era que ninguno había estado en Tierra Firme.
Yo les decía a todo que sí. No tenía interés en desmontar sus argumentos ni en señalar sus incoherencias. No quería discutir.
En una ocasión encontré a uno que sabía realmente algo. Pero era callado. Su charla, por llamarla de alguna forma, estaba llena de paréntesis tan largos que uno la daba por acabada aunque la última frase estuviese incompleta.
A este navegante taciturno no le gustaba compartir sus conocimientos. Pensaba que cada uno debía adquirirlos a costa de su propia experiencia.
Yo no era tampoco uno de los locuaces isleños. Yo era también de pocas palabras, como ese marinero que pasaba las horas mirando la vastedad marina. Pero yo era joven y estaba decidido a llegar a Tierra Firme en mi flamante velero.

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