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Percy

Recordó la primera vez que tomó un dry-martini en el hotel Knickernoker. Le aburrían las polémicas sobre las proporciones idóneas del cóctel. Una parte de vermut y dos de ginebra. Una y cinco. Una y siete.
Se levantó del sillón y se sirvió una copa de ginebra, sin vermut y sin esa tontada de la aceituna. Dio un trago aspirando el aroma a bayas de enebro y se sentó.
Alejado de la política y de sus amigos y de sus conmilitones y de sus enconados detractores, tenía tiempo sobrado de pensar.
Dio otro trago mientras contemplaba el secreter, un valioso mueble del siglo XVIII, con infinidad de cajones y escondrijos, donde había documentos y cartas con los que podía poner en un brete a más de uno. Había planeado escribir un libro.
¿Valía la pena teniendo en cuenta que había sustituido sus impecables trajes, sus camisas blancas y sus corbatas de seda por un cárdigan y unos pantalones de franela?
Había roto con su mentor no por divergencias tácticas o por un choque de ambiciones sino por cuestiones teóricas.
Percy no aceptaba que el mal fuese interpretado como una banalidad. Le escandalizaba su justificación como un daño colateral de la ignorancia. Su experiencia le demostraba que el mal es una entidad.
No podía negar que sentía la tentación de hacer algunos ajustes de cuentas.
Apurando la ginebra se dijo: “La tentación de convertirme en otro eslabón de esa cadena infernal”.
Miró el secreter con su tablero extendido. Y luego las botellas de ginebra y de Martini en una bandeja.
Tras echarse otra copa, se dirigió a la biblioteca y cogió un libro, el primero que se le vino a la mano, uno de Dostoievski.

 

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Dragones (VI)

Rebeliones, caídas
El grito de un dragón
La entrada es la salida

Temerosos del hierro
Los dragones se enroscan
Y moran en el centro

Y en grutas y en abismos
Y en bosque milenarios
Y en foscos laberintos

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Dragones (V)

Acecha el Tentador
Acecha la Quimera
Acechan día y noche
Constantemente acechan

La hipnótica mirada
De sus ojos sin párpados
Paraliza, desarma

Cuando un dragón desciende
Con la luna adornado
¡San Jorge nos ampare
A lomos de un caballo!

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Los ríos subterráneos
De formas sorprendentes
Recuerdan uroboros
Demenciales serpientes
Que se muerden la cola
Que no comen ni duermen

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Tomillo (I)

 

 

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Quiméricos reptiles
Corpulentos endriagos
Serpientes emplumadas
De rostro casi humano

Como constelaciones
Dragones voladores
Con alas de murciélagos
Con ojos bicolores

Bestias apocalípticas
Que guardan los secretos
Horribles leviatanes
Que devoran los sueños

Jactanciosos, feroces
De fauces entreabiertas
En su cabeza tienen
La fabulosa piedra

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