Feeds:
Entradas
Comentarios

Todo resuena

Este poema de Han Yu, citado por Octavio Paz en uno de sus lúcidos artículos, constituye una de las mejores exposiciones del significado de la literatura, de su origen y de su finalidad.
La clave del nacimiento de la palabra literaria aparece en la última estrofa (según la arbitraria división realizada por este glosador), que es la conclusión de este breve y denso tratado poético.
La ruptura del equilibrio provoca en cualquier ser la emergencia del sonido o de la voz. En el caso del hombre, la pérdida de la armonía convierte a los elegidos por el cielo en arpas cuya melodía resuena en un intento de recomponer el mundo con la belleza de sus acordes.

Los árboles y las hierbas son silenciosos;
el viento los agita y resuenan.
El agua está callada;
el aire la mueve y resuena.
Las olas mugen: algo las oprime.
La cascada se precipita: le falta el suelo.
El lago hierve: algo lo calienta.
Son muchos los metales y las piedras,
pero si algo los golpea, resuenan.

Así el hombre:
si habla, es porque no puede contenerse.
Si se emociona, canta.
Si sufre, se lamenta.

El más perfecto de los sonidos
es la palabra.
La literatura
es la forma más perfecta de la palabra.

Así,
cuando el equilibrio se rompe,
el cielo escoge entre los hombres
a aquellos que son más sensibles
y los hace resonar.

La bruja

La muchedumbre vociferante que enarbolaba objetos puntiagudos, avanzaba por el camino en dirección al puente.
Los lugareños venían dispuestos a todo. Nadie les iba a impedir cruzar esa ciclópea construcción sobre el profundo tajo tras el cual se extendía el bosque.
El invierno estaba siendo particularmente duro. Ésta era la razón de que los aldeanos se atreviesen a desafiar a la inquilina de esa sombría espesura.
Traían horquetas, bieldos, hoces, guadañas, enmohecidas picas. Venían decididos a ensartar a la bruja y a arrojarla al abismo.
La mujer los estaba esperando en mitad del puente. Cuando la vieron allí sola, sin el menor asomo de miedo, la turba se paró en seco.
Los cabecillas, perplejos, perdieron más tiempo del necesario en reaccionar.
El pelo revuelto de la bruja se erizó. Luego se dividió en dos crenchas que adoptaron la forma de cuernos.
Este prodigio era sin duda una prueba de su poder. Los aldeanos recordaron que esa mujer tenía fama de dominar a los vientos. Los instigadores de la revuelta habían tenido que convencerlos de que los vientos son libres y no se someten a nadie.
La bruja alzó los brazos y extendió las manos de largos dedos descarnados y empezó a soplar una brisa que pronto se convirtió en vendaval.
El aire embravecido trajo consigo nubes grises que se fueron acumulando hasta formar un fúnebre dosel.
Una oscuridad tan espesa como el alquitrán, acompañada de un plúmbeo silencio, engulló a la sobrecogida muchedumbre.
Sólo la imagen bicorne de la bruja con los brazos en alto y los dedos engarabitados, como un insecto prehistórico atrapado en una piedra de ámbar, fosforecía en el seno de las tinieblas.

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Granado

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

El vampiro

Me levanté temprano para ir a trabajar. Cuando salí, vi surgir de la oscuridad del jardín una figura con una estaca en el pecho que agarraba con ambos manos, como si estuviera sosteniéndola.
Con paso inseguro, subió los escalones del porche. Un halo violáceo circundaba las cuencas de sus ojos.
Se detuvo bajo el arco. Encuadrado entre los pilares, en cada uno de los cuales había embutido un azulejo con una palabra inscrita, en el de la derecha “Spes” y en el de la izquierda “Caritas”, parecía la parodia blasfema de un santo.
Venía huyendo. Tal vez no le habían clavado la estaca en el lugar preciso. O no lo bastante profunda. Tal vez esta criatura almacenaba una ingente cantidad de energía.
La luz del farol acentuaba su palidez y resaltaba la mancha negra de sangre de su camisa. Un espasmo, que dejó al descubierto un afilado colmillo, le contrajo el labio superior.
Faltaba poco para que amaneciese. A lo lejos se escuchaba el rumor de una jauría.
Su mirada fija no era suplicante. Dijo: “Necesito entrar”.
Mi vista se nubló y los latidos de mi corazón empezaron a retumbar en mis oídos. Retrocedí azorado y cerré la puerta de golpe.

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Las nubes

Aprendimos a amarlas
porque en ellas montados
cruzábamos el cielo.
Cedimos a su encanto
porque el azul
nos atraía irresistiblemente.

Su mensaje comprendimos mirándolas
sin parpadear.

Por entonces no existía otro amor
que el amor a la altura,
de la que nos hablaban
las simas de este mundo.

A leer empezamos en ellas
las líneas de nuestro destino,
deletreando con júbilo
las primeras palabras.

Si alguna vez
les hemos sido infieles,
preferimos tenerlo en el olvido.

Odiosa es la traición,
odiosa y degradante.
Si hemos incurrido en esa bajeza,
habrá sido sin duda
por apartar la vista
de esas blancas ciudades que flotan en el aire.

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Vela

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

El viejo

La luna redonda y blanca asomó por encima de las copas de los árboles. Se oyó el graznido de un cuervo. No pude evitar un estremecimiento, como cuando vivía el viejo y me llamaba con su voz ronca.
Cuando sintió cercana la muerte, se empeñó en nombrarme hijo suyo. No quería que su estirpe se extinguiera. Pero yo sólo era un sirviente. Me negué.
En los rincones oscuros advertía su presencia. En mi cabeza resonaban sus amenazas y sus maldiciones. ¿Hasta cuándo podría seguir resistiendo?
Yo había sido testigo y cómplice y víctima de sus crímenes y de sus obscenidades. Pero no quería ser su hijo.
Cuando flaqueaba, como conocía su afición a los juegos de azar, le proponía uno con la condición de que me diese ventaja, pues sabía también que era un redomado tahúr.
En esta ocasión, sobre la mesa había siete piedras blancas y tres piedras negras. Me acerqué y las eché en la bolsa. Luego la agité y, sosteniéndole la mirada al cuervo que se había posado en el alféizar de la ventana, metí la mano.

.

.

.

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Calle Betis

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Cuando salía de mi habitación, donde permanecía con la cortina echada y la lámpara apagada, a mis ojos les costaba trabajo acostumbrarse a la luz y a mis oídos a las voces.
Pero tarde o temprano tenía que cruzar la frontera de mi silencioso y oscuro reino y pasar al otro lado. Tarde o temprano tenía que poner los pies sobre la tierra, al decir de Jorge, para quien este asunto no tenía vuelta de hoja.
Además, no había dos mundos. El que yo forjaba al calor del brasero era ilusorio. Una triquiñuela para eludir la realidad. Un refugio.
Tenía que enfrentarme al verdadero, a ése que me parecía trazado con un tiralíneas, geométrico, lleno de aristas, maniqueo.
Fuera de mi recinto me sentía torpe. En los bares tropezaba con las patas de las mesas. Yo mismo reconocía mi ineptitud.
Sentado en el sillón, alargaba la mano y hurgaba en los papeles desparramados encima de la mesa. Cogía un folio y, sin encender el flexo, revolviendo libros, volcando el cenicero, buscaba un bolígrafo o un lápiz. También necesitaba una carpeta en la que apoyarme.
Tras estas accidentadas capturas, me concedía unos minutos de descanso. Luego garabateaba lo que se me fuera ocurriendo.
Los resultados de esta experiencia solían ser ininteligibles. Si conseguía desentrañar ese galimatías, la decepción era la recompensa.
Lugares comunes y sandeces originales constituían el cañamazo de esos textos redactados a oscuras cuyo destino era la papelera.
Si yo no salía, unos golpes en la puerta de la habitación me lo recordaban. Era mi madre anunciándome la hora de la clase de solfeo.

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.