Pedro, después de negar tres veces a Jesús, llora amargamente. La contralto, acompañada por los violines, expresa el dolor del discípulo.
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Los coros anuncian la Pasión de Jesús.
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Un mandarín de Pekín
mandó hacer un laberinto
(también el rey Recesvinto
tuvo una ocurrencia afín).
Un laberinto sin par
mandó hacer el mandarín,
en lugar de un balancín
u otra cosa similar.
Cuando estuvo edificado,
corrió a meterse en él
cual presuroso lebrel,
en su palanquín montado.
Llevaba puesto un pijama
de seda con dos dragones
azulencos, volantones,
y una coleta muy larga.
Llevaba también bonete
con un botón en el centro
y así se fue para adentro
con fe ciega en su caletre.
Pero pronto el mandarín
se dio cuenta de su error
y comprobó con terror
que no todo es el magín.
La salida anda buscando
el mandarín de la China,
que por cierto está que trina,
de ese tinglado nefando.
Como al mandarín del cuento,
que se creía muy listo
y se daba mucho pisto,
mas todavía está dentro
mordiéndose la coleta,
te pasará si, cretino,
haces un dédalo chino
y, no contento, te internas.
Haz más bien cual Recesvinto
que tuvo igual ocurrencia,
pero con mucha más ciencia
sólo miró el laberinto
y en vez de meterse en él
a palacio regresó,
más puntual que un reloj,
montado en blanco corcel.

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Rufo Fernández llegó a Argentina hace muchos años. De mediana edad, amable y servicial, este asturiano soporta las bromas sobre su soltería con buen humor, consciente de su improbable cambio de estado civil.
El panorama es magnífico. El mar encrespado y gris se extiende ante Rufo. Por encima de su cabeza, los nubarrones parecen otro mar igualmente gris. El restallar de las olas se mezcla con los gritos de las aves marinas.
En la playa, las gramíneas se doblan y se enderezan sin descanso. Detrás de las dunas están las casas de madera.
Cuando los Leyva lo invitaron a pasar unos días en el sur, no lo dudó un momento. Era un viaje largo, pero valía la pena. Sentía una atracción inexplicable por esa región meridional. “Un sur que para mí es un norte” se decía.
Había hecho el trayecto en avión desde Buenos Aires con unos amigos de los Leyva, que tenían también una casa de madera en esa remota región, adonde iban en cuanto podían permitírselo.
A Rufo le resulta difícil comprender que una pareja tan habladora y extrovertida como los Falcón se refugie en este lugar, al que le cuadran muchos adjetivos, pero no el de turístico.
Se vuelve y contempla a los dos matrimonios. A su lado, sobre unas trébedes, hay un caldero en el que se hace un guiso de pescado. Las llamas del fuego y los largos tallos de las gramíneas bailan al unísono.
Mónica Leyva mira cómo burbujea la bullabesa, aspira su aroma y hace un comentario.
Rufo se acerca al grupo y dice: “Sólo pensáis en comer”. Él aprecia la buena mesa, pero hoy no para de dar vueltas a un asunto.
Tiene noticia de una playa donde vive una colonia de pájaros bobos.
Los Leyva y los Falcón lo escuchan y, aunque no comparten su interés, acceden a hacer la excursión.
Hay pájaros bobos por todos sitios. Con sus largos y afilados picos. Moviendo la cabeza a un lado y a otro.
Rufo es el único que se adentra en esa aglomeración de aves. Va de aquí para allá hasta que se pierde detrás de un montón de rocas.
Y ahí está, al socaire. Con sus ojos redondos en su cara redonda. Con su nariz pequeña y ganchuda. Con el firme trazo de sus labios apretados. Erguido e inmóvil. Sin parpadear. Con un cuervo de brillante plumaje en las manos.

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