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El sentido de este poema de Sara de Ibáñez hay que buscarlo más allá de las palabras. Subyace tras ellas. Enraíza en las profundidades que sustentan a la poesía y la convierten en un apretado haz de significados, donde cada lector puede encontrar algo nuevo porque la literalidad ha sido trascendida.
Esta concatenación de versos surrealistas no es para ser leída de una forma convencional, sino para ser vivenciada, puesto que eso es en suma: una experiencia personal.
Quisiera abrir mis venas bajo los durazneros,
en aquel distraído verano de mi boca.
Quisiera abrir mis venas para buscar tus rastros,
lenta rueda comida por agrias amapolas.
Yo te ignoraba fina colmena vigilante.
Río de mariposas naciendo en mi cintura.
Y apartaba las yemas, el temblor de los álamos,
y el viento que venía con máscara de uvas.
Yo no quise borrarme cuando no te miraba
pero me sostenías, fresca mano de olivo.
Estrella navegante no pude ver tu borda
pero me atravesaste como a un mar distraído.
Ahora te descubro, tan herido extranjero,
paraíso cortado, esfera de mi sangre.
Una hierba de hierro me atraviesa la cara.
Sólo ahora mis ojos desheredados se abren.
(…)
Algunos de estos versos quedan destellando desafiantes, como ojos fijos en ti, invitándote a desvelar las razones del encantamiento.
Con esos alejandrinos relampagueantes, a veces con un hemistiquio, he compuesto mi propia y abreviada versión del poema:
Quisiera abrir mis venas bajo los durazneros.
Yo te ignoraba fina colmena vigilante.
Yo no quise borrarme cuando no te miraba.
Estrella navegante no pude ver tu borda
pero me atravesaste como a un mar distraído.
Ahora te descubro, tan herido extranjero,
paraíso cortado, esfera de mi sangre.
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En lugar de venir a recogernos a la puerta del hotel, somos nosotros quienes tenemos que desplazarnos con las maletas y las bolsas hasta el autocar, aparcado en un extremo de la explanada.
Nadie protesta ni pide una explicación. La buena actitud de nuestro grupo es ejemplar.
Rita, desentendiéndose del equipaje, habla con unos y con otros. Creo que ya conoce a todos los viajeros. Si se lo pidiera, me suministraría abundantes datos sobre cada uno de ellos.
Miro con ojo crítico la gran maleta roja que ella ha hecho a toda prisa. Remeto el pico de una prenda que sobresale, y aprieto las correas que están flojas.
Los turistas se dirigen al autocar. Aunque no la veo, supongo que Rita va con ellos. El caso es que me ha dejado con la maleta, la bolsa y el neceser. No me muevo. ¿Acaso piensa que soy su mozo de cuerda?
Observo cómo los viajeros entran y se acomodan en el vehículo, que ya está en marcha. Cuando sube el último, cierra sus puertas y se aleja primero lentamente, luego a una velocidad cada vez mayor hasta perderse de vista.
¿Qué hago aquí, en este lugar del que no recuerdo ni el nombre? Sólo sé que está cerca de la frontera boliviana. Eso y que me he quedado en tierra.
Mi padre tenía también una habilidad especial para perderse. Hace años que no tengo noticias suyas. Su última carta fue enviada desde este confín del mundo.
Tras esperar un rato, llamo a un taxi que me lleva a la estación donde cojo un autobús.
Mientras contemplo el páramo desolado, empiezo a entrever la razón de este disparatado viaje, que no es el ansia de pintoresquismo de Rita por quien suponía me había dejado arrastrar.
Estoy seguro de que mi padre no tiene oficio ni domicilio fijos. Lo más probable es que viva dando tumbos. No me extrañaría que sus actividades rozasen lo delictivo, que a veces tuviese que huir o esconderse, en el caso de que los años le permitan ese ajetreo.
Decido iniciar mis pesquisas recorriendo tabernas y garitos. Allí donde disponga de una oreja condescendiente, puedo encontrarlo desgranando sus infinitas historias.
Me bajo en la primera parada, sin preocuparme del equipaje que es un estorbo.
En este pueblo tendré que pasar la noche.
Callejeando llego a una plaza cuyos soportales están divididos en pulcros habitáculos. Las camas están hechas con esmero y las escasas pertenencias de sus ocupantes están ordenadas.
En cuanto a los niños, guardan una curiosa compostura. No gritan ni corren. No arman jaleo. Algunos están recostados en los pilares. Otros están de pie en mitad de la plaza. Tranquilos y callados. Esperando la hora de irse a dormir.

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Como interminables filas de hormigas entrecruzándose, soslayándose, presurosas siempre. Como moscas en los días de verano. Posándose en el brazo, en la nariz, en la frente. No dejándote en paz. Volviendo cuantas veces son espantadas.
Mariquitas anaranjadas y punteadas de negro que extienden sus élitros y levantan el vuelo. Libélulas de cuerpo rojizo y alargado. Mantis religiosas que se confunden con las ramas verdes. Cigarrones de patas saltadoras. Mariposas blancas, amarillas, azules. Zapateros con su caparazón rojinegro semejante al escudo de una tribu africana.
Y esa comezón sólo comparable al placer de apresar, de enjaular, de escribir, de ver cómo se mueven en la palma de la mano, de crear una frase.
Climatérico, perdulario, tunda, paripé, acharado, esmorecido, conchabarse, engolliparse, bitácora, cotufa, destemplanza, barbián, añil, al retortero. Y la magia contenida en mahaprajnaparamita.
Tan parecidas a los insectos. En un descuido las atrapas. Si las convocas, no vienen. Si les tiendes una trampa, la burlan. Si abandonas, se te agolpan en la cabeza. No hay tretas que desconozcan.
Las encuentras en cualquier parte. Del brazo de un palurdo incapaz de apreciar su belleza. En informes oficiales, folletos turísticos, seriales lacrimógenos. En prostíbulos, congresos, tabernas.
Pero cuando más las necesitas, no acuden a tu llamada, se hacen las sordas, permanecen ajenas. Y luego van y se venden al primer postor.
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