



Regiones luminosas
De longevos cipreses
Altos, incorruptibles
Con hojas siempre verdes

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Estos son los últimos versos del soneto que Fernando Villalón dedicó a su prima Carmela Halcón. Soneto que tengo el atrevimiento de considerar mal puntuado. Pero qué importa eso cuando el poema acaba en una pirueta metafórica que redime de cualquier despiste ortográfico.
El final es una sublime declaración poética, una breve y eficaz exposición de la esencia del arte literario simbolizado en ese lucero que resplandece en las noches de la infancia, para luego irse debilitando hasta su extinción.
Por eso el poeta invita a su prima a salir de esa oscuridad levantando la vista y dando un gran salto hacia las estrellas.
Si no es así, Carmela, si como yo caminas
en busca del lucero que se ahogó en la fuente,
no mires más el agua: sobre mis versos salta
y escalaremos juntos la montaña más alta.

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De pelaje gris y talla mediana, estaban aquejados de extraños tics. El pueblo se llenó de ellos. Ya no aparecían solitarios por las esquinas y ahí se quedaban. En grupos de tres o cuatro se aproximaban a esas aglomeraciones cuyos componentes se movían en zigzag o se entregaban a impúdicos manejos, donde nadie era dueño de sí mismo ni se atrevía a espantar a esos espectadores jadeantes.


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Otoñal mensajera:
una hoja abarquillada
y amarillenta.

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Cuando el viejecito se acercó a esa sombra más intensa que la oscuridad reinante en el zaguán, comprobó que no se había equivocado. Eso se movía, acezaba, tenía dos puntos brillantes.
Lentamente, con el bastón en alto para protegerse de un ataque, retrocedió hasta encontrar con la mano libre la cancela, que cerró con suavidad, siempre de cara a ese bulto negro.
La frente del viejo, que se quedó inmóvil, con la vista clavada en esa sombra, estaba cubierta de gotas de sudor.
Estaba tan sobrecogido que no se le había ocurrido encender la luz.
En el marco de la puerta del comedor se dibujó la silueta de una mujer encorvada. Preguntó a su marido por qué estaba tan callado. El viejo siseó, pero su mujer, intrigada, no sólo volvió a repetir la pregunta, sino que le hizo notar que el escándalo exterior había disminuido considerablemente.
El viejo no dijo nada.
“Enciende la luz” le ordenó.
El perro los miraba con ojos desencajados. Tenía el cuello torcido y los pelos erizados. Dio un paso y lanzó un gruñido. De la boca le manaba un hilo de baba.
Por un momento pareció que había tomado la decisión de irse.
Presa de una fulminante crisis de furor que anonadó a los ancianos, se abalanzó sobre la cancela, entre cuyos barrotes trataba de meter la cabeza. Como no podía, empezó a morderlos.
Mientras el perro, resollando, prodigaba dentelladas a los hierros, el viejo musitaba: “Rabioso, está rabioso”.
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El terrible ulular de la sirena
estremece la noche con su grito.
En el lecho me revuelvo y me agito,
como arrojado al fondo de la gehena.
Voy cayendo en la tenebrosa trena
sin descanso mientras resuena el pito,
que desgarra el silencio, y me repito:
“Sólo es de una ambulancia la sirena”.
Ni en temblores ni en ojos revirados
ni en cadavéricas emaciaciones
ni tampoco en tejidos gangrenados
debo pensar: insanas emociones
con las que nos mantienen aherrojados
las rancias y caducas tradiciones.

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En piedras ahuecadas
En conchas peregrinas
En vasos de cristal
De plata, bronce, arcilla
De los malos espíritus
Una llama nos libra

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