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Arrellanado en el sillón donde solía pasar mis tardes, soñaba con la Edad de Oro.
Nombres fulgurantes estallaban en mi cabeza. Y me ponía a reconstruir continentes perdidos en su época de máximo esplendor. Y hermosas ciudades con avenidas de cuyas aceras partían escalinatas que conducían a edificios sostenidos por columnas.
Los habitantes, de estatura superior a la media humana, vestían túnicas blancas, del mismo color que sus cabellos.
Llegado a este punto, advertí que el psicólogo seguía con interés mi descripción. Esto me animó a improvisar sobre la marcha.
También observé el pliegue de sus labios apretados.
El centro de la capital lo constituía una vasta plaza cuadrada en uno de cuyos lados se levantaba el Templo, en otro el Palacio y en el tercero la Biblioteca. Por el cuarto costado de esa explanada, descendía un jardín hasta la orilla de un lago.
Mirando en esta dirección, se podía contemplar, como telón de fondo, los picos nevados de una cadena de montañas.
Pero lo singular de esa urbe era la finura de su aire y la suavidad de su luz.
El psicólogo comentó que mis ensoñaciones tenían indudable valor. Cruzando los brazos sobre la mesa, habló de los profundos deseos personales que, a través de ese cauce, afloraban al exterior.
Concluyó que mis elucubraciones eran muy significativas.
Repliqué que una buena parte de lo que le había contado no era invención mía, sino datos y detalles procedentes de libros que había leído.
La seriedad del psicólogo se acentuó.
Estuve tentado de aclarar que lo expuesto era pura imaginería, de la que yo era consciente.
Pero opté por callarme y escuchar sus explicaciones académicas.
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Entre los poemas “terapéuticos”, Si, de Rudyard Kipling, ocupa un lugar de honor. Debería ser obligatorio leer, e incluso memorizar, estos versos en la adolescencia, cuando la desorientación y el extravío, que siempre acechan, adquieren con frecuencia un tinte dramático.
Si actúa como una vacuna que contrarresta las penalidades de los viajes emprendidos por los navegantes bisoños.
De la primera a la última línea, que es el colofón o conclusión de la cadena de condiciones anteriores, no hay una sola que pueda considerarse superflua. Todas y cada una de ellas encierran verdades como puños.
La lectura periódica de este poema ayuda a enderezar el rumbo y a no dejarse atrapar por los cantos de las mortíferas sirenas. Ayuda a mantener la cabeza alta y la confianza en uno mismo.
Si es un compañero de andadura que no te regalará los oídos, que te dirá lo que tiene que decirte llana y directamente.
Si guardas en tu puesto la cabeza tranquila
cuando todo a tu lado es cabeza perdida;
si en ti mismo tienes una fe que te niegan
y nunca desprecias las dudas que ellos tengan;
si esperas en tu puesto, sin fatiga en la espera;
si, engañado, no engañas;
si no buscas más odio que el odio que te tengan.
Si eres bueno y no finges ser mejor de lo que eres;
si al hablar no exageras lo que sabes y quieres;
si sueñas, y los sueños no te hacen su esclavo;
si piensas y rechazas lo que piensas en vano;
si tropiezas con el triunfo, si llega la derrota
y a los dos impostores los tratas de igual forma;
si logras que se sepa la verdad que has hablado,
a pesar del sofisma del orbe encanallado;
si vuelves al comienzo del trabajo perdido,
aunque esa obra sea la de toda tu vida;
si arriesgas al momento y lleno de alegría
tus ganancias de siempre a la suerte de un día,
y pierdes y te lanzas de nuevo a la pelea,
sin decir nada a nadie de lo que es y lo que era;
si logras que tus nervios y tu corazón te asistan,
aun después de su fuga de tu cuerpo en fatiga,
y se agarren contigo cuando no quede nada,
porque tú lo deseas y lo quieres y mandas;
si hablas con el pueblo y guardas tu virtud;
si marchas junto a reyes a tu paso y tu luz;
si nadie que te ofenda llega a hacerte una herida;
si todos te reclaman, y ninguno te precisa;
si llenas un minuto envidiable y certero
de sesenta segundos que te lleven al cielo,
toda esta tierra será dominio tuyo
y aún mucho más,
serás hombre, hijo mío.
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Mi ansiedad era el combustible que la máquina utilizaba para lanzarse a esa carrera suicida.
La pesadilla se repetía como si quisiera transmitirme un mensaje.
Un mensaje que me era imposible de descifrar.
Cuando percibía el rugido de la máquina, me ponía rígido. Rezaba para que el tren se desviase y pasase de largo. Rezaba para que ese ruido in crescendo fuese una falsa alarma.
Raramente ocurría ni una cosa ni otra.
Una vez que el tren se precipitaba, su ascensión era imparable.

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Por las tardes no había miedo de que me interrumpiesen con cualquier pretexto. Durante esas horas gozaba de una inmunidad que me permitía entregarme sin trabas a la lectura o a dormitar apaciblemente. Encerrado en mi habitación, podía hacer lo que me placiera, incluso aburrirme.
Quizá la palabra felicidad no sea la más adecuada para designar el sentimiento que me embargaba durante ese paréntesis cotidiano, máxime cuando la transitoriedad de mi situación no se me escapaba.
Así pues, de tratarse de felicidad, sería una felicidad ficticia, basada en el sacrificio o en la ignorancia. Y no era así.
Ni torre de marfil ni cárcel de oro.
Era también lo bastante lúcido para no pasar por alto que, si mi estado se hacía permanente, quedaría atrapado en una ratonera.
El riesgo de sucumbir era real.
La recuperación, además, podía revestir formas engañosas. No ser más que un fenómeno de mimetismo o de adaptación forzosa. Una cuestión de supervivencia.
Si abolía la distancia hasta el extremo de carecer de perspectiva, entonces no me quedaría más elección que creer todo. En primer lugar, que estaba enfermo.
A medida que me adentraba en este laberinto, se me hacía evidente que me iba a ser necesario echar mano de un coraje y de unos recursos dudosos, si no quería perderme en sus múltiples pasadizos.
En vez de en un sillón, estaba sentado en un polvorín. Resultaba, cuando menos, improcedente hablar de felicidad en semejante coyuntura.
Sin embargo…
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No te complazcas
en tu miseria,
ni adores ídolos
de cartón piedra.
Agarra y quiebra
el incensario
con que sahúmas
penas y agravios.

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Mi actitud se estaba convirtiendo en una fuente de malentendidos. Pero yo seguía sin dar importancia al revuelo que se había organizado. Ni siquiera me tomaba la molestia de intervenir cuando, en mi presencia, se abordaba el tema que traía de cabeza a la familia: yo, naturalmente.
La imagen de una persona apática e irritante se sobrepuso a cualquier otra.
Por otro lado, las reacciones que provocaban mis contadas manifestaciones verbales, eran desmesuradas. Ésta era otra razón para mantener la boca cerrada.
En una ocasión, ante su insistencia, dije que necesitaba tiempo. De inmediato me preguntaron para qué. Para pensar, respondí.
Pusieron tal cara que, ingenuamente, añadí: “Para ver más claro”.
En virtud de una regla diabólica, cualquier cosa que dijera se volvía contra mí. Mis palabras me traicionaban.
Puesto que no me representaban, las consideré espurias.
Me reafirmé en mi silencio que a los ojos de los demás pasaba por abulia.
Por desgracia, la cosa no quedó ahí.
Las pesadillas que de tarde en tarde me asaltaban, se hicieron más frecuentes durante ese invierno.
Nota.-En la entrada correspondiente a In illo tempore (I) puedes encontrar ordenadamente todos los fragmentos publicados hasta ahora.
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