Los demás se estrellaban contra mi mutismo. Un mutismo pequeño, desdeñable. Un mutismo de adolescente ensimismado que se pasea junto al río. Pero sólo yo empezaba a intuir las dimensiones pavorosas de un mundo tan silencioso como el de los fondos abisales.
No me comportaba como los demás. He aquí la prueba palmaria de que algo no andaba bien.
Algunos hechos corroboraban este juicio. El primero de ellos, mi negativa a seguir estudiando. Con el agravante de que era un alumno aplicado. No había nada que justificase mi abandono de los libros. Mi determinación era incomprensible.
Si hubiese presentado una alternativa, aun refunfuñando, se habrían dado por satisfechos. Se habrían podido decir a sí mismos y habrían podido decir a los demás: “Se niega a seguir estudiando, fijaos qué pena. Quiere hacer tal cosa o tal otra”.
Pero yo no me había tomado siquiera la molestia de buscar un subterfugio. No me había servido de ningún argumento para legitimar mi decisión. Me sustraía de entrada a cualquier escaramuza dialéctica.
Mi actitud corría el riesgo de ser entendida como una vulgar provocación.
La intervención de Jorge fue capital. Más tarde supe que logró convencer a mis padres de que se trataba de una “crisis propia de la edad”.
No creo que mi madre se tragase ese cuento. Pero eso era mejor que nada.
Reconozco que, gracias a esa “crisis de personalidad”, conseguí lo que más anhelaba en esos momentos: una tregua.
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En algún lado estaba el secreto.
A veces lo percibía en las cosas más familiares. Una alegría súbita estallaba dentro de mí, como el hongo gigantesco de una explosión atómica.
Me embargaba un sentimiento tan fuerte de felicidad que temía romper a llorar.
En esos momentos sentía cómo la sangre me bullía en las venas y me cosquilleaban las yemas de los dedos.
El Universo todo, con sus mil líneas de fuerzas, convergía en mí.
En algún lado estaba el secreto.
Esta palabra preñada de sugerencias dio a luz un vocablo bisilábico, duro como el acero, afilado y cortante.
Sus dos vocales eran como dos ojos que me mirasen fijamente.
Y este vocablo se plantó ante mí. Me perseguía durante el sueño y durante la vigilia. Me atormentaba.
Era el reto.
Quizás debí mantenerme firme aunque fuese al precio de taponarme los oídos con cera, como hizo Ulises con sus compañeros de viaje.
Quizás los dioses me consideraron indigno de adentrarme en esa tierra misteriosa por ellos celosamente custodiada.
¿Qué ocurrió con exactitud? ¿Sufrí una alucinación? ¿Di un traspié?
Caro pagué mi desliz.
El reto se transformó en otro vocablo de resonancia extranjera.
Sólo fue necesario un cambio de consonante. Después se produjo un descenso en picado.
Descubrí que, de las tres palabras, la última era la única real. La única que no engañaba.
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Constructores de mundos, forjadores de sueños,
vosotros que ofrecéis vuestros diarios esfuerzos,
vuestra paciente espera, vuestra entrega perfecta
en su altar perfumado con flores de estos campos,
vosotros comprendéis el tormento que sufro,
porque la Diosa otorga sus dones a quien quiere,
susurrando al oído las sílabas sagradas,
aquellas que enloquecen a los hombres, o sanan
sus profundas heridas, cuando ya desahuciados
a morir se disponen.
Por mi parte no estoy seguro de haber sido
tocado por su mano. Secretos sus designios,
no faltan los intérpretes que ven lo que desean.
Podría declararme un elegido suyo,
mas nunca mi osadía pregonará tal cosa.
Sólo puedo alegar que una tarde de estío
escuché, o eso creo, la voz del ruiseñor,
luego una bocanada de imprevisto frescor
entró por la ventana. No más que un servidor
de la Diosa soy.
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