
Para pasar el tiempo inventaba juegos. Uno de ellos consistía en identificar todos los objetos que había en la habitación.
Este juego llegaba a provocarme ansiedad.
Empezaba por lo más fácil: paredes, suelo, techo, puerta, ventana. A partir de aquí había que andarse con cuidado y seguir un orden.
Objetos-suelo: baldosas, mesa camilla, seis sillas, dos sillones de mimbre con cojines, dos maceteros, una mesita con la radio.
Objetos-techo: florón de escayola, lámpara.
Objetos-pared 1 (la de la puerta): un cuadro, dos fotografías (una a cada lado del cuadro).
Objetos-pared 2 (a la derecha de la pared 1): tres platos de cerámica formando un triángulo y, a cada lado del triángulo, algunos chirimbolos de cobre.
Objetos-pared 3 (la de la ventana): una cortina de cretona con estampado de flores y los visillos blancos.
Objetos-pared 4: un cuadro apaisado y, a cada lado, una fotografía.
Éste era el primer paso. Había que realizar la misma operación con los objetos colocados encima de la mesa camilla, la mesita del radio y los maceteros, donde únicamente había macetas.
Este juego podía complicarse, por lo que a veces me atacaba los nervios y tenía que salir a dar un paseo. Durante un rato, los objetos de la habitación que estaba registrando seguían bailando en mi cabeza.
Publicado en In illo tempore | Leave a Comment »
Publicado en Música | 1 Comment »

Del círculo sutil
en el aire trazado,
donde nos debatimos
como peces plateados,
de esa invisible red
nunca nadie ha escapado.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.
Publicado en Poemas | 4 Comments »

No podía hacer nada. Escuchaba y sonreía de vez en cuando. Acariciaba al gato mientras ellos hablaban. Siempre había una vecina o un pariente. Siempre había un tema de conversación.
Nunca participaba en la charla, salvo cuando me preguntaban. Entonces respondía con monosílabos.
Sentía la mirada de mi madre clavada en mí. Pero yo no podía hacer nada, salvo acariciar al gato, mirar a través de la ventana y escuchar lo que decían unos y otros.
Notaba también las furtivas miradas que éstos me dirigían. Miradas de curiosidad, de compasión, de extrañeza.
Después hablarían de mí. Dirían: “Se llevó todo el tiempo acariciando al gato” o “No apartó los ojos de la ventana”.
A menudo, al levantar la cabeza, descubría sus miradas posadas en mí. Miradas superficiales que me dejaban indiferente.
En cambio, las miradas de mi madre me hacían pensar: “Te aseguro que no tengo la culpa”.
Publicado en In illo tempore | Leave a Comment »

Tenía la impresión de haber abandonado toda actividad, excepto las clases de solfeo, desde hacía mucho tiempo.
Jorge había dicho: “No es conveniente que permanezca cruzado de brazos”. Por eso iba a las clases, pero sin entusiasmo.
Me gustaba andar. Al anochecer, cogía el método y me dirigía a casa del profesor.
Salía media hora antes y daba un rodeo por el Paseo de las Acacias. Fue un invierno frío y lluvioso. A las ocho no había nadie en las calles.
Por el camino me demoraba mirando los árboles. Si disponía de suficiente tiempo, me paraba y observaba cómo las gotas de agua caían de las hojas. Cómo resbalaban y se precipitaban al vacío.
Las gotas de agua en las hojas de los rosales. Las gotas de agua internándose en los setos de tuya que rodean los bancos de la plaza Francisca. Las gotas de agua deslizándose por el granito pulido de la fuente.
Y así hasta que comprobaba que sólo faltaban cinco minutos. O hasta que un viandante me miraba extrañado. Trataba entonces de disimular y cruzaba la plaza, enfilando una callejuela que hacía aún más amplio mi rodeo.
Publicado en In illo tempore | Etiquetado Jorge, Paseo de las Acacias, plaza Francisca | Leave a Comment »

No sé de quién fue la idea de que yo diese clases de solfeo. Quizás de Jorge. Accedí para que me dejasen tranquilo. Al principio el do-re-mi llegó a interesarme, pero por poco tiempo.
El profesor de música vivía solo en una casa de la calle Tejano. Tendría cuarenta o cincuenta años. Soy torpe para calcular la edad de una persona. A lo mejor tenía más.
Trabajaba en Sevilla, en el conservatorio. La gente del pueblo no se explicaba que, teniendo su trabajo en la capital, se hubiese venido a vivir a un pueblo. A este respecto, corrían historias peregrinas.
En casa habían comentado este hecho en varias ocasiones. Como conclusión, mi padre decía: “Cada cual puede hacer de su capa un sayo. Y nosotros tenemos que estarle agradecidos”.
Se refería a mí. De no ser por el profesor de música, yo habría permanecido en la más completa inactividad, lo cual, según Jorge, era contraproducente.
Por eso creo que fue él quien sugirió las clases de solfeo. Pero dichas clases perdieron pronto su interés para mí.
Dejé de preocuparme y practicar, aunque no por ello faltaba a la cita con el profesor tres tardes por semana.
En cuanto a éste, estoy seguro de que lo habían aleccionado. Se mostraba siempre amable conmigo. Nunca me obligaba a nada. Por fortuna, yo no era el único solfista. Había otros deseosos de aprender.
Publicado en In illo tempore | Leave a Comment »

Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.
Publicado en Árboles y plantas, Fotos | 4 Comments »



