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Posts Tagged ‘Apolo’

                                IV
Esa radiante mañana primaveral, con la tienda de Hortensia llena de parroquianas que solicitaban ser atendidas con premura, pues todas sin excepción tenían muchas cosas que hacer y no podían perder un minuto, Isabelita, ojerosa por la mala noche pasada, entró y permaneció callada hasta que le preguntaron cuál era la causa de su pesaroso estado.
Sin hacerse rogar, les contó el lamentable incidente. Le había pedido a su hermano que la llevase en coche al cortijo de la Ruzafa. Allí trabajaban de caseros Manolo y su prima Rafaela, a la que quería hacer una visita porque no se veían desde hacía mucho tiempo.
Manolo insistió en que Nicolás no volviese a recogerla. Él mismo, con mucho gusto, de todo corazón, prestaría ese servicio. Era lo menos que podía hacer, añadió.
Ella hubiese preferido que su hermano se tomase esa molestia, pero como se mostró encantado con la propuesta, ella tuvo que resignarse a hacer el viaje de vuelta con Manolo.
La narradora finalizó su introducción señalando que el percance sufrido tuvo repercusiones filosóficas.
“¿Tan grave fue?” “Por poco me cuesta un ojo” respondió Isabelita engurruñendo los dos.
Por fortuna el maldito gallo era alicorto y, aunque lo intentó, no logró picarle en la cara por no alcanzar su vuelo suficiente altura. Este fiasco le produjo una enorme frustración que pagó ensañándose con las enflaquecidas piernas de Isabelita. A Dios gracias llevaba pantalones.
Todavía temblaba al recordar el salto y el tenaz aleteo del iracundo animal. Ella se quedó de piedra. Por su cabeza cruzó la espantosa idea de perder uno o los dos ojos, de tener que renunciar a la lectura. Comprendió que no estaba preparada para soportar semejante sacrificio.
“Si hubiese tenido el poder de Apolo” comunicó a la concurrencia, “habría convertido a ese bandido en un boniato”.
Rafaela y su marido tuvieron que salvarla de la furia asesina del ave que no cejaba en su empeño de dejarla como un colador. Por cierto, el memo de Manolo andaba diciendo por ahí que la culpa era suya por haber provocado al gallo.

 

 

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2.-Sobriedad y embriaguez, disciplina y desenfreno. El eterno problema de los contrarios y de cómo lograr su reconciliación. Si se admite que ésta es imposible, entonces hay que inclinarse por una de las dos opciones o fluctuar fatigosamente entre ambas. Apolo o Baco. La solución radica en operar una síntesis y trascender esa dicotomía. Pero si ese expediente no está a nuestro alcance, la contención parece preferible a la disipación.

 

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Todos los santos la vilipendian, y todos los hombres graves
Que se rigen por el justo medio del dios Apolo –
Despreciando a los cuales navegué en su busca
A lejanas regiones donde era más probable encontrar
A la que deseaba conocer más que todas las cosas,
La hermana del espejismo y del eco.

Era una virtud no detenerse,
Seguir mi obstinado y heroico camino
Buscando en el cráter del volcán,
Entre los témpanos de hielo, o donde se borraba la huella
Más allá de la caverna de los siete durmientes:
A aquella cuya frente ancha y alta era blanca como la del leproso,
Y sus ojos azules, y sus labios como bayas de fresno,
Y su cabello rizado del color de la miel hasta las blancas caderas.

La verde savia de la primavera que en el árbol joven se agita
Celebrará a la Madre de la Montaña,
Y todos los pájaros canoros la aclamarán un día,
Pero yo estoy dotado, inclusive en noviembre,
La más desapacible de las estaciones, con una sensación tan grande
De su claramente raída magnificencia
Que olvido la crueldad y la traición,
Indiferente a dónde puede caer el próximo rayo.

Robert Graves

Traducción de Luis Echávarri

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