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                              Teresa

37.-Teresa no sufre en absoluto ataques de ansiedad ni nada parecido. Goza de buena salud tanto física como psíquica, por lo que da gracias al cielo
Mujer elegante y educada, apartando un rizo de la frente con un dedo en el que luce un anillo con un brillante, contaba con generosas dosis de sorna lo que había hecho Pablo, su consuegro, para asistir a la boda de su hijo y de la hija de Teresa.
Le fue necesaria una preparación psicológica que duró varias semanas, de las cuales la última se retiró además a un balneario. Como Teresa se apresuró a apostillar, lo que estaba diciendo sonaba increíble. Cualquiera que la escuchase pensaría que era un invento suyo.
Pues que quedara claro, recalcó, que ella carecía de tanta imaginación. Teresa tenía los pies bien plantados en la tierra. Su capacidad fabuladora era escasa o nula. La cantidad de detalles concretos que dio, incluidos los económicos, demostraban que ella había sido testigo de esa historia familiar.
Con retintín, en un tono influido por su propia cicatería, refirió que ese apuesto varón, de quien nadie a simple vista podía sospechar semejante debilidad, se había costeado una estancia en unas termas que incluía los servicios de un fisioterapeuta y de un psicólogo. Ella, al principio, pensó que ahí había gato encerrado. Pero su consuegra la convenció de que Pablo no la estaba engañando, no había otra mujer ni ningún asunto turbio. Pablo se había recluido para encajar el golpe, eso era todo.
Si su consuegra, en quien Teresa tenía confianza, confirmaba ese punto, es que esa ridiculez era verdad. Pero Teresa, presa de una súbita agitación, preguntó: “¿Qué hay que encajar?”
Como la cuestión pecuniaria la tenía siempre presente, añadió: “¿Sabes cuánto dinero se gastó o tiró?” Y me informó de la cantidad exacta que era elevada. Haciendo un gesto de desaprobación concluyó que esa actitud resultaba inaudita, notándose claramente que le hubiese gustado decir “estúpida”.
Ella no entendía ni quería hacer ningún esfuerzo por entender ese comportamiento que la sublevaba. El único problema de su consuegro era que se miraba demasiado el ombligo, y, como era rico, podía permitirse esos caprichos y extravagancias. Si estuviese en la situación de Teresa, iría al cuarto de baño a darse una ducha cuando quisiese relajarse.
Su veredicto era inapelable. Pablo era un maniático pudiente. Ya le gustaría a ella pasar una temporada en un balneario o en un buen hotel con mucha más razón, por todo lo que trajinaba y por tantas responsabilidades como tenía, que ese hombre de envidiable aspecto. O mejor aún: embolsarse ese dinero que, con la cantidad de gastos a los que tenía que hacer frente, buena falta le hacía.
Sus palabras rezumaban menosprecio. En la actitud de su consuegro no veía más que arrugamiento. Pero ella sabía cómo arreglar esa mojigatería masculina: dando un empujón al pusilánime para que entrase bien derecho primero en la iglesia y después en el convite.
No se le estaba pidiendo nada extraordinario. Sólo tenía que estar presente. No era él quien iba a oficiar la ceremonia ni servir el almuerzo. Lo que tenía que hacer era no comerse tanto el coco.
Ahí acertaba Teresa. Se trataba de estar presente sin mirar las salidas como un animal acorralado, de estar centrado en sí mismo y no disperso, en lucha con su creciente malestar.
Le pregunté a Teresa si ese recurso tan costoso dio resultado. Pablo, impecablemente trajeado, más que el novio que había optado por la informalidad, combinando chaqueta de vestir y pantalón vaquero, ambos de marca y con mucho estilo, pero que no por ello dejaban de ser lo que eran, como subrayó Teresa, a quien desagradó la libertad que se tomó su yerno el día de su boda, Pablo, que era a lo que íbamos, se comportó con toda normalidad, tranquilo, seguro, con una discreta sonrisa en los labios.

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