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Incluso en la oscuridad destacaba. Esa mole alargada, curvilínea y elegante era mi coche. Un Mercedes Benz de color café con leche claro, dotado de un potente motor de no sé cuántos cilindros. Conocidos y desconocidos lo piropeaban. A juzgar por su cara de complacencia, todos quedaban prendados del bólido.

Tras manifestar su admiración, venían las preguntas técnicas que ponían de manifiesto mi supina ignorancia. Mi balbuceo y mis incoherencias provocaban también el pasmo de mis interrogadores. ¿Cómo el dueño no sabía al dedillo todos los detalles relativos a esa fabulosa máquina?

A veces cortaba por lo sano. Otras me prestaba a hacer el paripé. Los entendidos y los impertinentes abundaban. He pasado demasiados exámenes en mi vida para que sea de mi agrado responder a ningún cuestionario.

Mi reacción más corriente era hacer un comentario jocoso que pusiese punto final a esa fastidiosa situación. “Lo único que sé es que los coches tienen cuatro ruedas, más la de repuesto” “Yo distingo a duras penas un coche de una moto”.

Cae por su peso que la idea de comprar esa maravilla de la tecnología alemana no fue mía. Me dejé convencer porque las razones esgrimidas eran aplastantes. Mi única defensa se basaba en afirmar que ese coche no iba conmigo. Pero ese argumento subjetivo nadie lo tomaba en serio.

El artífice de este negocio y, sospecho, beneficiario de la correspondiente comisión fue uno de mis cuñados. El coche, de segunda mano, en buen estado, era una ganga se mirase como se mirase. Acabé comprándolo para que me dejaran tranquilo.

Abrí la puerta y me arrellané en el asiento. Me desabroché el chaquetón e introduje la llave de contacto, pero no puse el motor en marcha. El interior estaba tapizado de cuero en un tono ocre a juego con el de la carrocería. Estuve unos minutos con las manos en el volante, sin pensar en nada, oyendo el golpeteo de la lluvia.

Arranqué el coche y encendí las luces. El motor emitió un potente rugido, como correspondía a su cilindrada. Puse en funcionamiento los limpiaparabrisas. En el morro del vehículo se dibujaba con nitidez la estrella de tres puntas.

Di marcha atrás y enfilé el camino. Tenía la perturbadora impresión de que el logotipo del Mercedes me marcaba la dirección. Lo que ocurrió después confirmó ese temor. Némesis se abate sobre quien traspasa sus propios límites.

Mi hibris era el Mercedes Benz, ese coche aparatoso que me sobrepasaba en todos los sentidos. En mi caso, más que de pecado, había que hablar de debilidad, pero ésta también se paga.

Es probable que el coche no haya sido más que el instrumento elegido por los dioses para dar cumplimiento a sus designios. Los cuales pueden coincidir milimétricamente con los deseos del ser humano.

 

 

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Doy las gracias a Jacobo Lozano, autor de un interesante blog literario, en el que a la creación poética corresponde un lugar privilegiado (http://literaturageneralycomparada.wordpress.com/), por otorgarme el premio Liebster Award.
A continuación paso a responder a las once preguntas de su cuestionario.

1. Creo que, como decía Don Quijote, la voluntad de ser nos convierte en lo que somos en esencia. Es decir, somos quienes queremos ser a condición de no negarnos a serlo. ¿Qué opinas sobre esto?

Don Quijote, además de caballero andante, era filósofo. Y en esta ocasión, como en tantas otras, tiene toda la razón.

2. Independientemente de si creemos en Dios, nuestra cultura tiene una influencia de catorce siglos de religión cristiana y otros tantos de religión musulmana. Ahora es un momento de auge para las religiones orientales como el budismo o el taoísmo. ¿Alguna vez has leído algún libro religioso con el que te sintieras un poco identificado? No hace falta que creas en nada. Yo por ejemplo creo en la poesía.

El hecho religioso es importante. Negarlo o menospreciarlo es una simpleza, un error. He leído libros religiosos entre los que destaco el Evangelio según San Mateo, el Evangelio según San Juan, la Bhagavad-Gita, el Tao Te King, los poemas de Rumi y la mística española.

3. ¿Qué idioma te parece más hermoso?

El español, que es el idioma que hablo, en el que leo y escribo (todo esto lo puedo hacer en otro), y en el que pienso y siento.

4. ¿Algún libro que haya cambiado tu vida?

La vida y la formación literaria se hacen con muchas aportaciones. No puedo mencionar un libro que haya constituido ese decisivo punto de inflexión. Tendría que hacer una lista de libros que fueron un descubrimiento, que me ampliaron el horizonte o que fueron un estímulo en su día.

5. Todos hemos tenido un profesor que nos ha fascinado ¿Podrías contarnos un poco la historia?

Recuerdo algunos buenos profesores, pero ninguno que haya alcanzado esa cota. Por otro lado, las fascinaciones me ponen en guardia.

6. La vida es estudio. ¿Qué estudias o qué te gustaría estudiar? Esto es un blog de poesía y conozco un hombre que está haciendo su tesis doctoral sobre la frase “ninfas de Judea”, puede ser algo tan pequeño y a la vez tan grande como eso.

Quizá no fuera mala idea hacer una tesis doctoral sobre este verso de R.M. Rilke: “Lo bello no es nada más que el comienzo de lo terrible”. Para ello tendría que ponerme a estudiar alemán, lengua que desconozco.

7. El siete es un número bíblico relacionado muchas veces con el apocalipsis. Hace poco mi maestro nos incluyó a algunos compañeros y a mí en una especie de “generación” que bautizó como “Generación del fin del mundo”, lo hizo después de invitarnos a tomar unas cañas a la salida del teatro. Vimos “Noche de reyes”. ¿Cuál es tu obra de teatro favorita?

Las tragedias de Sófocles.

8. Todos, en el instituto, hemos estudiado un poco de filosofía. ¿Qué autor se identifica más con tu filosofía de vida?

Seguimos en la Grecia antigua. Ese autor es Platón.

9. ¿Recuerdas cuál fue el primer libro que leíste y que te encantó?

No lo recuerdo, pero voy a citar el Quijote en honor a mi abuela materna que me leía pasajes cuando yo era todavía analfabeto.

10. La mitología griega y latina ha influenciado las grandes leyendas de occidente. Por otro lado, el hinduismo fue una de las grandes influencias en el Romanticismo. ¿Cuál es la leyenda que más te gusta? ¿Y cuál es la mitología que más te fascina?

Como últimamente he releído a Bécquer, voy a citar sus “Leyendas”, cualquiera de ellas: “Maese Pérez el organista”, “El rayo de luna”, “El monte de las ánimas”…
Mi imaginario está poblado por los mitos griegos. Los romanos son una copia. La mitología oriental es, en muchos sentidos, complementaria de la occidental. El origen es el mismo: un intento de explicar el mundo. Las diferencias son de matiz, de colorido, de fijar la mirada en tal o cual aspecto de la realidad. Me atraen las construcciones míticas y estéticas del Japón.

11. Once, me ahorro la de los doce pares de Francia. ¿Algún mantra?

“Ora et labora”.

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