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Posts Tagged ‘despacho’

El despacho de mi padre era austero, con un cierto aire monástico. El mobiliario de madera de nogal estaba compuesto por una mesa abarrotada de papeles, un sillón con espaldar de cuero y una estantería en cuyo anaquel superior destacaba el lomo rojizo de los volúmenes de la enciclopedia Sopena. Las paredes estaban desnudas. Del techo colgaba una lámpara con contrapeso.
Esta habitación era fresca en verano y se caldeaba fácilmente en invierno con una estufa eléctrica de pantalla parabólica. Era silenciosa, bien iluminada, no demasiado amplia.
Pese a estas ventajas, mi padre la frecuentaba poco. Pasaba la mayor parte del tiempo fuera, yendo de un lado para otro. Sólo cuando tenía que hacer números se encerraba en ella. Al cabo de un rato salía malhumorado porque las cuentas no cuadraban.
Mientras Jorge y su amigo intercambiaban impresiones, se me ocurrió pensar que mi padre se retrasaba por una bajada del precio de la carne de pollo. Lo imaginaba negociando con el comprador, que no daba su brazo a torcer.
La idea de un trato dificultoso y una devaluada partida de aves aguardando su destino me hizo sonreír.

 

 

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Sólo me apetecía hojear el periódico. La murria se había apoderado de mí. Era un sentimiento paralizante que, al removerlo, se intensificaba. De poco valían los análisis ni los exámenes de conciencia. Lo mejor era conservar la calma. Ni abandonarse ni resistirse. Dejarlo estar.
Esa marea que me inundaba, retrocedería. A la pleamar sucede la bajamar como a la noche el día.
Mi madre había golpeado la puerta de mi dormitorio con los nudillos para avisarme de que me estaban esperando.
“¿Estás ahí?” preguntó. “Sí” “Jorge y un amigo suyo acaban de llegar. Baja enseguida” “Sí”. Y me quedé escuchando cómo se alejaba.
Mi primera reacción fue desaparecer. Mi mente empezó a carburar. No estaba en condiciones de enfrentarme a Jorge y al otro.
Poseía mis propios recursos para remontar estos baches: la indiferencia ante los acontecimientos, el descenso de mi ritmo vital y, lo más difícil de conseguir, la aminoración del flujo mental.
Pensamientos caóticos y deslavazados se encadenaban sin fin como una burla o una maldición. Las ideas se desviaban de lo lógico a lo absurdo, de lo natural a lo grotesco, de lo divino a lo demoníaco.
Las emociones teñían de sombríos colores esa barahúnda.
A veces venía en mi auxilio un verso o una frase. Surgía del fondo de mi memoria y se ponía a revolotear dentro de mi cabeza, imponiendo su presencia, aventando esa sarta de disparates e incoherencias o dificultando su desarrollo y proliferación.
El trabajo que realizaba una simple cita de origen incierto, era titánico.
Mientras bajaba despacio los escalones, afloraron unas cuantas palabras en inglés. Cuando llegué ante la puerta del despacho, resonaban nítidamente en mi interior infundiéndome coraje. “Anywhere out of the world”…

 

 

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