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La sibila

Estaba sentada en el alto trípode ante el que se abría la grieta como una boca deforme.
Los emisarios de la ciudad le expusieron la razón de su visita que era, otra vez, la guerra. Querían saber si debían aliarse o no con sus vecinos frente a la potencia extranjera o pactar con ésta para evitar la invasión.
La sibila, en su alto sitial de marfil, los miraba ausente. Ya había respondido anteriormente a esa cuestión. Y ellos fingían no captar el sentido de las revelaciones del dios. Se comportaban como sordos. En cualquier caso ellos tenían la última palabra. Tan presuntuosos eran y en tanta estima tenían su corto entendimiento.
A éstos o a otros ya les dijo: “Vuestra burda naturaleza es semejante a la del corcho. Sois incapaces de profundizar e incapaces de elevaros. No sois ni peces ni aves. No domináis ni el agua ni el aire. Estáis a merced de las corrientes y de los vientos”. Pero cuando una desgracia se abatía sobre ellos, peregrinaban hasta la gruta esperando que la sibila cayese en trance y a través de ella se manifestase la divinidad.
Ciertamente sus gestos descomedidos, sus visajes, sus inauditas contorsiones les inspiraban terror. Y sobre todo su voz inmemorial.
La delegación de notables contemplaba a la mujer de tez morena y ojos azules, que tenía recogido el pelo con una cinta del mismo color. Parecía en la flor de la edad o, más bien, sin edad.
En la cueva había varios gatos que se paseaban indolentes o permanecían echados, estudiando la escena con suprema indiferencia.
Un sapo gordo con la piel reluciente, al lado de la sibila, se puso en pie y se hinchó de aire.
Habían hecho un largo viaje en busca de una respuesta a sus problemas políticos. Una respuesta concreta a problemas concretos de alianzas y traiciones.
El último tramo del camino estaba bordeado de margaritas. Formaban a ambas márgenes una alfombra blanca y dorada que ningún suplicante se atrevió a pisar.
De la grieta que comunicaba con las entrañas de la tierra, salían nubes de gases cuyo olor sulfuroso impregnaba el recinto.
Sentada en su trípode, la mujer permanecía en una actitud solemne y distante.
Sus cabellos no se encresparon ni se puso a jadear echando espuma por la boca. De su pecho no se escaparon horrendos rugidos. No retumbó la voz del dios.
Los vapores provocaron náuseas en los miembros de la delegación. La sibila respiraba pausadamente, como si la hendidura, en lugar de fétidas emanaciones, exhalase ráfagas de brisa primaveral.

 

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