Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘la tía Marta’


Cuando mi padre nos franqueó la entrada, la visión del zaguán ratificó nuestros presentimientos. Durante unos segundos, la tía Marta, su marido, la vecina y yo permanecimos indecisos.
El piso de ladrillos estaba comido de polvo y del techo de madera colgaban calandrajos de telaraña.
Antes de inspeccionar los dormitorios, pasamos al comedor y descorrimos las cortinas.
En el aparador, la blancura de la vajilla, que estaba incompleta, se había apagado. Esta veladura confería a las piezas restantes un aire de objetos antiguos y valiosos.
La tía Marta señaló que faltaba también el reloj de bronce dorado cuya esfera sostenían tres ninfas de obsidiana. Explicó que se trataba de un regalo del tío Pedro a su segunda mujer.
El cardenillo había coloreado de un verde ponzoñoso el brasero de cobre que decoraba una de las paredes. Los cuadros con escenas cinegéticas estaban todos.
La puerta que daba al patio, por donde había entrado mi padre rompiendo un cristal, estaba abierta. Pero la tía Marta, en un arrebato, abrió también de par en par la ventana, y a continuación, con gran alboroto de tablillas que crujían y se descascarillaban, enrolló hasta arriba la persiana.
Estábamos tan cerca que, antes de pasar a las habitaciones, nos asomamos a la cocina. Al marido de la tía Marta, que era aficionado a la literatura, le pareció el laboratorio de un alquimista obsesionado con la búsqueda de la piedra filosofal.
El batiburrillo de cazos, ollas, sartenes y otros utensilios pringosos arrancó exclamaciones de horror a las mujeres, que fueron las primeras en dar media vuelta.
Pasamos al primer dormitorio, en el que una percha en tenguerengue captó nuestra atención. Le faltaba un clavo y soportaba tal carga de ropa que su caída parecía un hecho inminente.
Como nos habíamos detenido a contemplarla, mi padre carraspeó. La percha, que llevaba así Dios sabe el tiempo, no iba a derrumbarse ahora para no defraudar el interés suscitado.

Read Full Post »

Era un anciano enjuto y entrecano, que se presentaba en casa de improviso. Se apoyaba en un bastón y, al hablar, espurreaba saliva.
Llegaba, se sentaba, se enjugaba la boca con el pañuelo y, tras enumerar sus achaques, empezaba a contar historias.
Mi madre mascullaba: “Ya está aquí”. Y se quitaba de en medio.
Si ella rondaba cerca y podía oírlo, él juraba que le haría un regalo muy pronto.
Pero la promesa, encaminada a ganarse su favor, no se cumplió nunca.
Este pariente había llevado una vida agitada y poco ortodoxa. Su situación actual era bastante delicada.
Cuando la tía Marta nos hacía una visita, mi madre y ella se despachaban a su gusto. Ambas estaban animadas por la misma antipatía hacia el anciano, ambas sufrían sus periódicas incursiones y ambas envidiaban a la tía Pepa que, como vivía en Sevilla, se libraba de ellas.
Él fue, porque así le convenía, quien dispuso la partición del patrimonio familiar tras la muerte de su hermano, mi abuelo materno, siendo todavía muy jóvenes sus tres sobrinas, de las que se desentendió, así como de su cuñada.
La tía Pepa, la más pequeña de las tres, opinaba que había que agradecerle su egoísmo, pues, dado que era un despilfarrador, mucho peor habría sido para ellas que se hubiese ocupado de la administración de todas las tierras.
A fin de cuentas, ellas habían salido adelante mientras que él…
Pero había más. Se casó tres veces, las mismas que enviudó. No tuvo descendencia de ninguno de sus matrimonios, el último de los cuales provocó un revuelo familiar.
La novia era también una viuda que lo sobrepasaba en edad pero en perfecto estado de salud. El tío Pedro parecía mayor que ella, pues, como consecuencia de sus vicios y correrías, estaba depauperado.
Era “vox populi” que ella se había casado con la intención de enterrar al tío Pedro y rapiñar (tal era el término empleado) lo que aún le quedara.
Cuando ya era tarde, comprobó horrorizada que su cónyuge no sólo no tenía un céntimo sino que estaba entrampado. Incluso sobre la casona pesaba una hipoteca.
La tía Marta aseguraba que, al descubrir su pifia monumental, murió del sofocón. Y concluía con retintín: “Fue por lana”…

Read Full Post »